Entre dembow, fiesta e incomodidad, el show de medio tiempo del Super Bowl abrió preguntas que vale la pena no cerrar de inmediato. Aquí comparto algunas reflexiones para pensar juntas en cómo resistir, amar y seguir viviendo en común desde nuestras diferencias.
Por Tonantzin Moya / @huitlacohi (X) / @tonantzin_moya (IG)
En el show de medio tiempo del Super Bowl, pasaron cosas no tan fáciles de nombrar. Tocó demasiadas capas para reflexionar al mismo tiempo entre salsa y fiesta ¿Les pasó que reaccionaron con juicio rápido, identificación con lagrimita automática o rechazo visceral? Por eso vale la pena abrir la conversación y aprovechar esta oportunidad que nos regaló Benito. Es un gran momento para pensar juntas.
Aquí comparto algunas de las reflexiones que más me han estado resonando, esperando escuchar también las suyas.
La representación importa (y no como consigna)
Empecemos por lo evidente, aunque no por eso menos incómodo: Casi el 20% de la población en Estados Unidos se considera latinoamericana. Aún así, hemos visto cómo desde su gobierno se desplegó una campaña discursiva y estructural para ridiculizarles, criminalizarles y violentarles. Resuenan ecos de la colonización con tambores estridentes. Por eso, gritar la dignidad de nuestras raíces no es un lujo: es una necesidad.
Ese escenario —uno de los más masivos del continente— no fue un espacio conquistado. Fue, más bien, el único espacio que se abrió ante una coyuntura política particular, y sin lamentarnos: nos dio la oportunidad para que el latino hablara desde sí mismo. Con contradicciones, sí. Con concesiones, también. Pero con algo que pocas veces se permite: con voz propia. El show se presentó con el símbolo del colonialismo y la explotación en el Caribe, la plantación, pero obligándonos a ver que pese a todas las violencias que atraviesan las islas, sus habitantes insisten en formar ahí un hogar cálido. Y lo han logrado enormemente.
Sostener la alegría también es resistir
Esta primera provocación escénica nos lleva a pensar en la alegría, la sonrisa, el baile, como una forma de resistencia. La representación que vimos no buscaba dividir, como sí lo hizo el show de medio tiempo alternativo de la extrema derecha. Dos puestas en escena presentaron dos proyectos de país profundamente distintos: uno que busca volver a un orden moral único, con una idea muy (en)cerrada de identidad, y otra que apostó por celebrar la convivencia —tensa pero viva— de muchas formas de ser y habitar que existen desde siempre en el territorio.
Y además, ¡fue en nuestro idioma! En un español contrahegemónico que suena distinto al acento que estamos acostumbrados, que incluso a los latinoamericanos nos confrontó con nuestros prejuicios. Un idioma que no se tradujo más que en el lenguaje de señas de Puerto Rico. Pero aquí no cabe la duda: la alegría y el candor se expresan con todo el cuerpo, en formas de vida, en la representación de lo que hace especiales a todas estas personas que el gobierno de un país —o más de uno— criminaliza cada día. Por eso, verlo en pantalla fue café calentito y ron fiestero. Fuerza de día y alegría de noche. Porque la fiesta, cuando se está cansado, agotado, se necesita para seguir bailando, y es la primera resistencia.
No somos salvajes, como dijo Bad Bunny. No somos caricaturas. Y la invitación a no soltar la alegría ni soltarnos entre nosotros es para mantener la fuerza de nuestro espíritu: nos empuja a dejar de mirar desde el balcón y salir con los demás a la calle. A bailar. A luchar. A estar.
Volvemos a hablar de lo incómodo
Fuera de estas emociones inmediatas que me dejó el show, lo más interesante fue lo que pasó con él en nuestras casas y círculos sociales. Produjo incontables conversaciones incómodas. Nos guste o no la protesta y el espectáculo, logró que volviéramos a hablar de temas complejos pero necesarios. Estas horas he aprendido mucho sobre Puerto Rico y su herencia de voz de los mismos boricuas reaccionando a cómo se vieron representados y por quién. Saltó a lo que compartimos sobre colonialismo, identidad, historia, y geopolítica. Y por si eso no fuera ya grande, abrió una bellísima discusión, sobre la dimensión política del arte. La disputa por la legitimidad estética y cultural ¿Por qué la música se mueve como se mueve? El sexo (y su canto y baile) ¿es gozoso y político o vulgar y doméstico? ¿o domesticado? ¿Perrear sola empodera o cosifica? ¿Quién tiene derecho a bailar? ¡Quién tiene derecho a la voz! No me imagino en Estados Unidos donde se debate, literalmente, el país que quieren. Aunque lo nombren la “América” que quieren, la “América” de verdad y quiénes son los buenos.
¿Cuándo fue la última vez que tantas personas discutieron todas estas cosas sin manual y sin consigna? En un tiempo que nos empuja a la despolitización y prefiere el silencio a la complejidad, abrir estas conversaciones —aunque sean torpes, incendiarias o inconclusas— es un gesto que se agradece.
Aprender a vivir en “un mundo donde quepan muchos mundos”
En estas discusiones hay una lección importantísima: no todo mensaje puede, ni tiene que, ser entendido de inmediato. Tampoco las subalternidades tienen que traducirse para la comodidad de la cultura dominante. Durante demasiado tiempo hemos exigido a las culturas subalternizadas explicarse, volverse legibles, acomodarse. Domesticarse.
En eso el “show” fue profundamente transgresor, hizo lo contrario: existió desde sí mismo y para sí mismo. No tradujo. No usó la estética dominante, no se disculpó por presentarse como es. Habló desde sus propios códigos, ritmos y afectos. Eso es una forma muy bella de dignidad y coraje.
Quizá por eso se hizo más transparente algo que ya estaba ocurriendo: la diversidad se está volviendo norma. Tenemos diferencias profundas, a veces incomprensibles entre sí. Y por eso enfrentamos resistencias fuertes a la descentralización: a que el centro deje de ser uno solo, y aprendamos a habitar un mundo de muchos centros, muchas órbitas y universos compartidos ¡El punto del show era ese! La diversidad no limita nuestro deseo profundo de vivir juntos. Lady Gaga, tan rubia, tan poderosa, tan distinta en su realidad a la propuesta de Bad Bunny, bailó feliz con él. Sin renunciar a su lenguaje ni a su canción. No es necesario clausurar el nosotros. Podemos dejarnos afectar, aprender y enriquecernos de lo que no somos.

Puerto Rico y su defensa territorial no están tan lejos
Pero el show no celebraba una unidad ya existente, al contrario. Con lo que más conecté y me sacó la lagrimita fue la interpretación de Ricky Martin sobre Hawaii y la defensa del territorio. Porque eso lo estamos disputando con uñas y dientes en Jalisco, en México y en todo el continente: ¿Quién puede quedarse y quién debe irse? Acá también quieren quitarnos el río, la playa, nuestro barrio… y que abuelita se vaya, porque no todas las formas de habitar son compatibles con esta forma de capitalismo.
Pero para que soltemos nuestro territorio, primero nos lo tienen que sacar del corazón. Empiezan por des-territorializar nuestra alma: que olvidemos el amor a nuestra herencia, que no tengamos tiempo para vivir y amar nuestros ríos y montañas, y entonces soltemos nuestros vínculos con ellos y nuestras formas de estar juntos en este espacio que nos tocó.
Las resistencias del sur global lo reconocimos: resistir comienza con la permanencia. Persistir, ser necios y seguir habitando con los demás. Y eso puede volverse cansado cuando hay tanto contra lo que defenderse. Por eso la fiesta es una forma tan poderosa de resistir. Así como tomar café juntos, jugar dominó, ponernos las uñas con calma y chisme. Recordé cuando mi mamá me llevaba a las bodas y fiestas familiares y me quedaba dormida entre sillas acomodadas. Y cuando hice lo mismo con mis hijos. Desde niños aprendimos que es posible descansar en medio del barullo. Que el estar juntos puede ser un lugar seguro, divertido, entrañable. Un lugar que recarga y sostiene. El cuerpo que baila es un cuerpo que sigue moviéndose, incluso cuando está agotado. Y cuando el baile individual se vuelve Carnaval… lo vimos en pantalla, no se puede domesticar.
Finalmente: Amar, amar y amar. Lo dijo San Agustín, Bob Marley, Bell Hooks y ahora lo grita Bad Bunny
Decir que solo el amor es más fuerte que el odio siempre ha sido transgresor. Es una invitación fuerte, tenaz, que exige mucho valor, y no se puede trivializar en una tarjeta de 14 de febrero. Porque amar no es sencillo, requiere coraje en este contexto tan difícil y aterrador. Amar es lo más complicado de aplicar en México.
¿Les pasó que todavía estábamos en la explosión de alegría cuando las noticias nos cachetearon con realidad? Las fosas clandestinas de la Concordia, la colusión de presidentes municipales de Jalisco, más casos de desapariciones múltiples. Es un dolor grande, ¿así vamos a sostener que en nuestro país cabe el amor?
Amar así es peligroso. Agotador. Y profundamente político. Porque es negarnos a ser lobos entre nosotros cuando la violencia nos empuja a romper todos los vínculos.
No podemos amar como Benito en Puerto Rico, lamentablemente. Y está bien, a veces toca amar con un cafecito sentados en la silla blanca, y otras veces toca amar sosteniéndonos. Bordando nombres con hilo rojo, marchando con consignas contra la exclusión y el despojo, abrazándonos con digna rabia. Pero siempre con la certeza de que mientras llegan los frutos de lo que hoy sembramos, no dejaremos de bailar juntos. Dirían los Cadillacs ¡Carnaval toda la vida! Es una promesa.



