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Solo pedimos justicia

Solo pedimos justicia

Por Alejandro Vélez Salas **

Acabo de dar una clase en la universidad sobre lo que es una reseña, así que compartí con mis alumnos una cita de Edward Copplestone, rector de uno de los colegios de la Universidad de Oxford en 1807, en la que afirma que los reseñadores tienen una función social. Aunque sospecho que Copplestone lo dijo en clave irónica para burlarse de los reseñadores de la época, después de ver el documental Hasta los dientes supe que tenía que creerme esa función social y colaborar para que el documental dirigido por Alberto Arnaut sea visto por el mayor número de personas posibles. ¿Por qué es importante? Porque Hasta los dientes nos muestra de manera fehaciente los peligros que existen para todas y todos en un país sumido en la violencia en el que además no podemos confiar en aquellos que nos deben cuidar o en aquellos que deben garantizar la justicia.

El documental inicia con el relato los familiares de Jorge y Javier, que narran de forma amorosa, orgullosa y nostálgica cómo ambos consiguieron una beca para estudiar un posgrado en el prestigioso Instituto de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM). En el relato se vislumbra el nerviosismo de los muchachos y sus ganas de superarse, así como el apoyo de padres y tíos para que pudieran conseguirlo. Al escuchar las palabras de los padres de Jorge y Javier, no pude evitar pensar en mis padres cuando entré a la universidad, o bien en los familiares de mis estudiantes del ITAM, que seguramente están henchidos de orgullo de que sus hijos estén estudiando. Ninguno de ellos se imagina que algo les pueda suceder.

La noche del 19 de marzo de 2010, Jorge y Javier decidieron quedarse hasta tarde en la universidad. Ignoro si preparaban un examen o estaban haciendo una tarea, pero es algo que cualquier estudiante ha hecho en su vida académica. Es más, es algo que muchas personas seguimos haciendo en la vida laboral cuando se necesita. Siempre está latente la preocupación a salir tarde en la noche, a tomar el transporte público, a sacar dinero de un cajero, pero por lo normal hubiera sido que Jorge y Javier regresaran a su casa sanos y salvos. No sucedió.

A partir de 2010, cuando la violencia se recrudeció en ciudades como Monterrey, los usuarios de redes sociales acuñaron el término “situación de riesgo” (SDR) para avisar de balaceras, retenes o alguna ejecución. En esa noche, Jorge y Javier salieron de la universidad y se encontraron en medio de una de esas alertas: un enfrentamiento entre elementos del ejército mexicano y miembros del llamado “crimen organizado” a las afueras de Tec. A diferencia de los videojuegos – o la narrativa oficial–, esos enfrentamientos son todo menos pulcros: hay balas perdidas, personas aterrorizadas y caos generalizado. Una de las virtudes del documental dirigido por Alberto Arnaut es que muestra ese caos de la manera más fidedigna posible. Arnaut acude a entrevistas a periodistas, transeúntes y estudiantes que estuvieron ahí esa noche, así como de material audiovisual de medios de comunicación.

En medio de ese caos, Jorge y Javier fueron asesinados, torturados e incriminados por quienes debían protegerlos: elementos del ejército mexicano, que entraron a las instalaciones del Tec en busca de los supuestos delincuentes y que se les hizo fácil disparar contra las primeras personas que vieron. Algunos podrían argumentar que los soldados y marinos que están en las calles ejerciendo labores de seguridad pública sufren los efectos psicológicos característicos de una guerra, por lo que es plausible que cometan errores. Quizás tengan razón, pero los errores con armas largas no se corrigen con una goma de borrar. En el caso que nos atañe, el error fue muy evidente, y en vez de aceptar las consecuencias, los soldados prefirieron el engaño: por eso sembraron fusiles de asalto junto a los cuerpos yertos de Jorge y Javier. Sabían muy bien que nadie investigaría, que nadie los castigaría porque son la institución mejor valorada del país y que, a pesar de otros casos similares, siempre han tenido el respaldo del gobierno.

Al día siguiente todos le siguieron la charada: las instituciones estatales de seguridad, así como la misma universidad informaron que las dos personas que habían sido asesinadas eran sicarios armados “hasta los dientes”. Cuando escucho la expresión, me imagino esos juegos de video en primera persona en los que tienes que ir recogiendo armas para enfrentar a zombis o mutantes, pero jamás me vendría a la mente dos estudiantes de posgrado que acaban de salir de una larga noche de estudio. El hecho de que el documental tome su título de esta desafortunada expresión me parece un gran acierto que acentúa el tremendo error que cometieron los militares y que nos trae el funesto eco de los llamados “falsos positivos” de Colombia.

Es de suponer que los soldados también apostaron por que nadie reclamaría los cadáveres. No lo dice el documental, pero quizás la fosa común hubiera sido el destino de los dos cuerpos si los familiares no se hubieran movilizado inmediatamente. Cuando Jorge y Javier no contestaron las llamadas, los familiares supieron que algo no andaba bien y movieron mar y tierra para encontrarlos. Como suele ser el caso, en vez de ayudar, las autoridades entorpecieron la búsqueda a base de mentiras. La celeridad con la que emprendieron la búsqueda, y el estatus de estudiantes de excelencia de Jorge y Javier, obró a favor de los familiares y finalmente dieron con su paradero en la pantalla de una computadora de Instituto de Ciencias Forenses de Monterrey. Eran ellos. Sus cuerpos estaban maltratados, pero la justicia estaba más mallugada.

Una vez que no pudieron hacerlos pasar como delincuentes, quedaba el control de daños: proteger a los culpables. Las mentiras siguieron: en material recuperado de noticieros posteriores al 19 de marzo, podemos ver como Fernando Gómez Mont, entonces Secretario de Gobernación, mencionó que los estudiantes habían sido alcanzados por balas disparadas por los presuntos miembros de la delincuencia organizada. Como todo indicaba que los soldados eran los culpables, a la semana la Secretaría de la Defensa Nacional aceptó la posibilidad de que los muchachos hubieran sido confundidos con sicarios. Se convirtieron en daños colaterales.

En México, el universo de los “daños colaterales” y el de las “víctimas que se lo merecían” es insondable. Por esta razón, no debe de sorprendernos que el primer objetivo de los familiares y amigos de Jorge y Javier sea limpiar sus nombres. El documental logra ese objetivo, pero va un paso más allá pues demuestra que cualquier estudiante pudo haber sido asesinado esa noche o cualquier noche Es una llamada de empatía a todos los que queremos vivir sin miedo en este país. También es una llamada de atención a todas las autoridades que fallaron en este caso y que han fallado cotidianamente en asesinatos, desapariciones y casos de tortura. Aunque las autoridades se tomen las marchas como una afrenta, no se dan cuenta que lo que queremos es volver a confiar en ellos, pero necesitamos pruebas. Una disculpa pública a los familiares de Jorge y Javier, y una condena para los soldados y los mandos altos implicados en su asesinato sería un buen inicio. No creo que sea mucho pedir, al igual que sus amigos y familiares: solo pedimos justicia.

** Profesor del Instituto Tecnológico Autónomo de México y experto en temas de educación para la paz y derechos humanos

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