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Los viejos mueren, sus luchas no

Los viejos mueren, sus luchas no

Enero es un mes donde confluyen los distintos temacapulinenses alrededor de una fiesta religiosa y pagana que los lleva del rezo en la basílica lateranense de la Virgen de los Remedios, al bailongo nocturno en la plaza bajo el águila real sobre los arcos de cantera. Temacapulín festeja de algún modo, también, la incumplida sentencia de muerte que le echó el gobierno federal en 2005, aunque este año, la fiesta no tuvo la presencia de cuatro representativos estandartes de la lucha: Zenaida Sánchez, Rosario Ibarra, Germán Aguayo y Lauro Jáuregui quienes murieron a lo largo de 2018 por diversos padecimientos físicos, pero sobre todo, con profunda angustia sobre el destino de su pueblo.

Aquí un breve recordatorio a su lucha.

Jade Ramírez Cuevas Villanueva

Al medio día en la zona más silenciosa del pueblo, las ardillas entre los pinos traen fiesta. Suben y bajan los troncos piando. Su sonido es intermitente, están llamando a la lluvia desde invierno.

La naturaleza no se rige por calendarios gregorianos, sino por ciclos propios y, aunque apenas es enero y todavía viene la temporada de estiaje, para las ardillas juguetonas del campo de beisbol en Temacapulín, al pie del cerro de la Mesa, ya es tiempo de cantarle al viento pidiendo lluvia para que por ende, ellas encuentren comida –semillas- por picotear.

Los doce cuetes que truena Chuy Jáuregui mejor conocido como “Rafita” –en Temaca todos tienen un nombre de nacimiento y un sobrenombre que, la más de las veces, proviene de alguna anécdota llena de picardía, ríos de alcohol o travesura-, el cuetero del pueblo, retumban en el amplio hueco que se produce entre cuatro cerros. Esa mítica imagen que ha circulado por todo el mundo dando a conocer la batalla del pueblo alteño contra el despojo.

A las 7 de la mañana, doce truenan, a las 6 de la tarde unos más convocan a la peregrinación de los barrios en dirección del templo o los días que agarran distintas familias, para misa nocturna con el nuevo sacerdote no hay pierde: si chifla la pólvora en el viento, es porque llegó la hora. Conforme se acerca la fecha del día máximo, el 8 de enero, que aunque no es el día oficial de la Virgen de los Remedios pero por una suerte de tradición propia es cuando en Temaca se lo celebra, la pólvora que se quema asciende hasta los 40 mil pesos.

Basílica lateranense de la Virgen de los Remedios. Foto: Mario Marlo

En los días previos a la fiestona pagana, el transcurrir de los días de la lucha contra la presa El Zapotillo, parece en pausa. Ya no todas las casas conservan sus letreros ¡No se vende, no se expropia, no se inunda!, porque pintaron la fachada, porque hay nuevos inquilinos, porque se reciclaron en otra parte, porque aunque no se anuncie la firme convicción, en Temaca es la misma: están en la vida, contra un proyecto de erradicación.

“Los norteños” como llaman quienes se quedan en Temacapulín a los hijos ausentes que regresan año con año a la fiesta de enero, empezaron a llegar desde finales de diciembre.

Circula más dinero, pesos y dólares. Emerge una actitud de jolgorio, de reencuentro, de efervescencia etílica, de sacar las mejores prendas, los tacones del 12 y caminar entre el empedrado con magistral cadencia y terminar con el cabello roseado de confeti si te chulearon mucho en las vueltas alrededor del kiosko de la plaza.

Poco a poco va cambiando el ritmo de las cosas porque lo mismo llegan los de Monterrey, Guadalajara, Oklahoma, Los Ángeles, Texas, ciudad de México, que los turistas revolucionarios encuentran, en enero, la oportunidad de interactuar con una de las luchas socio-ambientales más emblemáticas de México por longeva, y por sus logros de litigio estratégico que se reducen en un hecho sin precedentes: el megaproyecto Zapotillo-Acueducto León, está por cumplir 5 años detenido por una sentencia judicial de la Suprema Corte.

Los asuntos de la vida cotidiana como trabajar la tierra o subirse a una camioneta para descargar 8 horas en las granjas avícolas, alimentar animales, abrir tiendas, barrer la plaza, almorzar, subir a los cerros, se vuelven prioridad. Para las miradas de fuera podría parecer que se bajó la guardia, que hay un exceso de confianza, una concesión a los nuevos gobernantes ciudadanizados que resultan amigos de los viejos panistas que hicieron hasta lo imposible por inundar el milenario pueblo.

En realidad Temacapulín está viviendo, sigue su curso. Vive y late conforme las familias que en ella permanecen fincan su manera de permanecer en la tierra heredara. La tierra que da poco, o lo básico para alimentarse cuatro personas o más, del propio trabajo: maíz, calabaza, chile, camote, frutos rojos, cítricos, sandía, cacahuate, jitomate. Soberanía alimentaria posible.

El pueblo de Temacapulín en espera del desfile de los carros alegóricos en las fiestas tradicionales. Foto: Mario Marlo 

Cuatro entierros, un mismo pesar.

Temacapulín late en las nuevas generaciones aparentemente deslindadas de la defensa del territorio, o generaciones que también lucharon a su modo contra la represa de la CONAGUA, pero alcanzó a su máximo de soporte el hablar día y noche, discutir horas y horas entre la familia, los vecinos y las comadres alrededor de un fantasma que sí les quitó el sueño, que sí les arremató el remanso de paz, que les vació algunos ahorros, que alteró sus trazos de horas y días comunes, que los hizo detener la migración o acelerarla en otros, enfrentarse a sus propias patologías como comunidad, contradicciones, y sobrevivir a los impactos de estrés postraumático, la guerra de baja intensidad a la que fueron sometidos los recién nacidos, niños, las chavas, los jóvenes que se transformaron adultos mucho más rápido de lo pronosticado, a los ausentes, a los que cedieron pronto ante la presión gubernamental, a los señores, a las señoras lideresas, a los ancianos que dieron su última batalla codo a codo con quienes, incluso, poco convivían.

En Temacapulín se habla públicamente cada vez menos de la presa El Zapotillo, pero el pueblo está vivo; entierra muertos, luchadores que murieron con “incertidumbre sobre el destino final de sus casa”, refirió la abogada del pueblo Claudia Gómez, cuando se anunció en diciembre la deceso de un ícono de la oposición histórica en el pueblo sobre los asuntos internos y las luchas domésticas de Temaca, Lauro Jáuregui Jáuregui.

En abril Zenaida Sánchez quien llevaba más de tres años muy convaleciente por enfermedad, murió rodeada de su familia. Siempre manifestó estar en contra de que le quitaran su casa donde crió a sus cuatro hijos y cuatro hijas. Abigail Agredano, la hija más cercana a Zenadia fue quien dividió literalmente su corazón en dos: un cacho a la defensa del pueblo como presidenta del Comité Salvemos Temaca, Acasico y Palmarejo, y el otro al cuidado de su madre. La discordia por los bienes no estuvo ausente en vida. Una parte de su familia, accedió a negociar propiedades ante la Comisión Nacional del Agua, e incluso, el hotel del pueblo, resultó negociado por funcionarios de la Comisión Estatal del Agua cuando el régimen panista en Jalisco, y se dice que hoy por hoy, ya no pertenece a su familia, pero no se les quitará hasta que no se resuelva el fárragoso estatus en que mantienen los asuntos legales de compra-venta, expropiación y posesión de propiedad particular.

Zenaida falleció ya tarde el sábado 7 de abril. El doble de campanas que resuena en todo el poblado, anunció su partida hasta el domingo. Cuentan familiares que todavía unas horas antes se comió una fresca paleta. La muerte de Zenaida sucedió luego un largo padecimiento; ella, también, vivía enferma por estrés, angustia y tristeza. Esos síntomas emocionales y silenciosos como clínicos, de un pueblo sentenciado a morir por algo que tanto les significa: el agua.

Quienes le encaminaron al panteón saben que su firme postura respecto a salir de su casa por la inundación era única: nunca.

El vigía de la entrada.

Los dos primeros años después del anuncio de la construcción de la presa El Zapotillo si bien no pasó inadvertida entre los habitantes del Temacapulín, tampoco arrasó las grandes cantidades de visitantes y aliados que desde 2008 no cesaron de llegar lo mismo el lunes o miércoles que los fines de semana. La estampa más habitual al ingresar por la calle principal, fue durante diez años, una cabeza de vaca colgada en el marco de una puerta vieja y, debajo, sentado recargado en su mula de bastón, Rosario Ibarra sin quitarte la mirada fija hasta responder un “buenas” a manera de saludo.

Sus barbas largas y canosas se movían son simpatía cuando ya entablaba una conversación más personal. El tono de voz era débil, bajito, lleno de viento porque estaba chimuelo. Él afuera y su hermana Luz adentro en el mostrador de la tiendita donde encontrabas lo mismo un botón e hilo que refrescos, hierbas o chorizo casero por kilos, era su rutina de vida.

Mientras tuvo fuerza aún maneja su camioneta e iba a inspeccionar el predio sobre la carretera Temaca a Cañadas de Obregón, a un lado de Talicoyunque donde se construyó en 2011 ilegalmente según el Tribunal Administrativo del Estado de Jalisco, el centro de reubicación para desplazar a todo el pueblo a un terreno cinco veces más pequeño que Temaca. Más de una ocasión le gritaron “loco” al mirarlo manejar ya oscurecido, sin luces, ese camino.

Ataviado en sus jeans polvorientos y confiado en sus huaraches, Rosario acudió junto a su hermana Cuca, hasta Palacio de Gobierno cuando recibieron citatorios de la Secretaría General de Roberto López Lara para los procesos de expropiación. Tan pronto salieron de la reunión donde le dijeron que le pagaban a 120 pesos el metro cuadrado, reafirmaron su posición de negarse a negociar e iniciaron asesorados por Guadalupe Espinoza del Colectivo de Abogados, los procesos de amparo contra la expropiación, en medio de una complicada situación pues la casa de sus padres, estaba intestada.

Rosario padecía diabetes y, aunque no parecía, también fue uno de los viejos a los que el estrés le fue carcomiendo el estado de salud. Murió en julio, igual que Zenadia, convencido de que no intercambiaría bajo ninguna circunstancia, su tierra por miles de pesos.

Rosario Ibarra en la comunidad de Temacapulín. Foto: Carlos Dominguez

Un sonriente para los fuereños.

Te conociera o no, te saludaba en cuanto dabas un paso en el empedrado de Temaca, con una sonrisa de por medio. A las chicas ese travieso viejo les daba hasta beso en la mejilla cuando ya te veía más de una vez.

Germán Aguayo para algunos era un viejo preguntón, pues no perdía oportunidad de aventar un ¿Y qué se dice de la presa?, cada que podía. Estaba bien informado, no se perdía las asambleas de los lunes, ni los viajes, ni las consignas, los campamentos. La casa de Germán es una de las más hermosas en todo Temacapulin en una zona alta donde, si llega la inundación, no toparía el agua, pero ni por ese argumento, aceptó abandonarla.

Trabajó en Norteamérica como casi todos los de su generación que salieron al norte a ganar dólares, volvió con algo de dinero y sus últimos años los gozó en su amado pueblo.

Siempre te andaba invitando un refresco, como gesto de agradecimiento, según su mirada, por ir y hacer algo, mover un dedo, porque ese pueblo milenario no desapareciera.

Después de varios días hospitalizado en Yahualica por una hemorragia que no cesaba, murió. “Mucha gente le lloró y lo despidió”, me contó una de sus vecinas, refiriéndose al día que le rindieron una misa de cuerpo presente antes de llevarlo, también, al territorio que cada vez más se llena de nuevos habitantes: el cementerio nuevo.

Foto: Héctor Guerrero

El que llevó el cinematógrafo al pueblo.

Detrás de cada personaje de un pueblo en resistencia, hay una historia que no se remite a su incipiente oposición a un megaproyecto. En Temacapulín no es que antes de la represa El Zapotillo no pasara nada, sino que el intimismo con que se vivían esos acontecimientos desde luego, pasaban inadvertidos para el resto de la región.

Su relevancia radica en ser punto turístico de Los Altos por sus aguas termales y el balneario, están excluidos de la oficial ruta religiosa, pero a la basílica la visitan miles de peregrinos no contabilizados por las autoridades. En el tema de modernidad, Temaca, acaba de dar sus primeros pasos en la conexión inalámbrica aunque desde hace diez años ha habitado el ciberespacio y las redes sociales como estrategia de resistencia y oposición a la presa Zapotillo.

El cine llegó en la década de los setenta cuando Lauro Jáuregui Jáuregui un señor con algunos bienes, llevó el cinematógrafo al pueblo y se hicieron algunas proyecciones.

Ha sido la única persona a quien en dos ocasiones recayó la confianza del pueblo para que fuera delegado y representara sus intereses ante la cabecera municipal en Cañadas de Obregón. Solo tuvo una hija que murió pronto y junto a ella y su esposa, ya descansa el líder del grupo de señores que se opusieron varias veces, a cambios en el pueblo y obras que poco le ayudaban a la comunidad.

En 2017 le rindieron un homenaje en la plaza donde colocaron una placa conmemorativa. Conmovido y tratando de entender ese momento único en la historia del pueblo, me dijo “No lo merezco, yo solo he tenido el honor de ser delegado dos veces y ver por mi pueblo querido…y me voy a quedar con las ganas de ser tres veces delegado pero esta silla ya no me deja”.

Lauro vivió los últimos tres años apostado a una silla de ruedas. Mantuvo su estilo respetuoso y carismático. Don Lauro era como un galán de película de cine mexicano.  

** A horas de terminar este texto, se notificó el deceso de Antonio Rodríguez, “El Tigre Toño”.

Mientras zumbaban hasta tres bandas al mismo tiempo en la plaza de Temaca, y los ríos de embriague desbordaban carcajadas, tendido en su casa ubicada a un lado de la basílica fue velado su cuerpo, más se desconoce el paradero de su espíritu.

El rumor de que había muerto un hombre soltero al que  no se le conocía familia, corrió en el transcurso de la peregrinación de la Virgen de los Remedios por las calles del pueblo…y con silencio no partió.

Con el hombre de 92 años que murió en Temaca el 8 de enero de 2019, se sepulta también, conocimientos históricos de la vida rústica del pueblo que cruza fronteras con los universos paralelos, la alquimia, las hechiceras y los entes mágicos que habitan desde tiempos inmemoriables la frontera entre aridoamérica y Mesoamérica, a la orilla del río Verde.

Hay algunos pocos, muy contados, quienes discretamente aceptan que “El Tigre Toño” fue y quizá seguirá siendo, un practicante del nahualismo; si murió ya no se le verá caminando con dos bastones por el empedrado, sino deambulando entre portones, callejones, cerros, bosque  y vientos que encierran algo más que solo tiempo.

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