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Juventudes en la deportación: el silencio de los hommies

Juventudes en la deportación: el silencio de los hommies

Por Iliana Viramontes y Manuel Huerta / Xenia Consultores

Foto: Eddi Skywalker

¿Qué significa ser normal? En la actualidad vivimos bombardeados por una normalidad incuestionable, el vivirse como una persona distinta es un grillete que denominamos como el estigma. En la ciudad de Guadalajara andamos por las calles, o como usuarios del transporte público, y es en el tren eléctrico urbano un punto de encuentro, donde las diferencias se enmarcan en nuestra apariencia: desde el color de piel hasta la ropa que llevamos, pero dejamos a la margen nuestra historia de vida. Quienes somos debajo de nuestra vestimenta, en cada uno de nuestros tatuajes, en el color que hemos decidido para nuestro cabello, estos son solo algunos elementos que originan el prejuicio, y este a su vez, da vida a la discriminación.

La situación se complejiza al no reconocer la discriminación que puede darse dentro de un vagón del tren ligero, esto a causa del acelerado ritmo de vida y de la normalización de la misma. Nuestra principal preocupación se reduce a entrar y, llegar a nuestros destinos. Pero no viajamos solas, ¿quiénes son las personas que nos acompañan en el viaje?

En términos técnicos el estigma es aquello que es visible en la persona y que relacionamos con un aspecto negativo, un claro ejemplo son los tatuajes, que a su vez nos llevan al prejuicio, que es un juicio elaborado con cierta información que poseemos y que generaliza a un grupo de personas, dentro del mismo ejemplo, las personas tatuadas son cholas y las personas cholas roban o matan.

La poca o nula información que tenemos en torno al derecho a la igualdad y no discriminación se traduce en la forma de relacionarnos con el otro y la otra, es decir, no sabemos en qué momento estamos frente a una conducta discriminatoria o un acto, y por lo tanto no le damos la justa dimensión. Es importante precisar que una conducta discriminatoria es aquella que tenemos -y que ninguna persona escapa de ella- y que es la manera de reaccionar ante aquello que es diferente. Lo malo no es tener una conducta discriminatoria, sino, no cuestionarnos acerca del por qué un aspecto que nos diferencia debe tener una connotación negativa y por ende demos un trato desigual.

La conducta discriminatoria no tiene una sanción penal ni administrativa, pero si es reprobable en una sociedad que transita hacia la igualdad y la inclusión, por lo que únicamente queda en una sanción moral. Por otro lado, el acto discriminatorio es cometido por funcionarios, autoridades, o persones dentro de una asimetría de poder y sí, sí es sancionado.

Sentirse ajeno en el día a día debe ser una de las cosas más difíciles de vivir, es decir; a quien no le gusta salir a las calles de su ciudad y sentirse parte de ella, sentir de alguna manera esa pertenencia o ir en el tren ligero y ser una persona más que lo aborda y que nadie va a pensar nada fuera de lo común de ti. Y que nadie se va a mover de lugar por rechazo, o cruzarse de acera por miedo.

 Este es un sentimiento común en las personas que han retornado de Estados Unidos o que han sido deportadas., cuantas veces no nos hemos topado con alguna de ellas y pensando “mira un cholo” en razón a la apariencia, esa ropa suelta y los tatuajes que los caracterizan.

En el año 1988 se estreno la película “Ni de aquí ni de allá” protagonizada por la actriz y comediante María Elena Velasco mejor conocida como la “India María” donde la trama nos muestra a una mujer que deja de sentirse parte del terruño del que sale, pero que no termina por sentirse parte del lugar de destino. Esta situación se asemeja a la que los jóvenes sujetos de un proceso de deportación o que han retornado voluntariamente de los Estados Unidos experimentan, y que nosotros al mirarlos con extrañeza, colgarles apodos o alejarnos de ellos en el vagón, terminamos por acentuar esta sensación de ni de aquí ni de allá, que podrían estar sintiendo, y lo más grave, seguimos reproduciendo la discriminación que tanto nos molesta del presidente Donald Trump, cuando generalizo que todos los mexicanos son criminales y violadores.  

Estos jóvenes regresaron a México con un bagaje cultural, con una manera muy particular de expresarse, con rasgos que son parte de una identidad, y además de ello, el inglés. Nosotros invertimos en escuelas para dominar esta lengua, pero a bordo del tren a este rasgo lo convertimos en un estigma, pues los relacionamos con un grupo de personas que son sujetas de la discriminación. A quien nunca le ha pasado por la mente esta frase de “se ve más mexicano que el chile y está hablando inglés”, ¡qué arroje la primera piedra!

El racismo en el país se ha interiorizado de tal forma que es imperceptible, se ha normalizado y es parte del cotidiano, frases como mejorar la raza o el habitual que bonito te salió güerito, son muestra de ello, esto y los resultados que arroja la encuesta nacional de discriminación, la cual  mostró que 20% de las personas en México no se sienten a gusto con su tono de piel, Un 23% de los encuestados, habitantes de México, dijo no estar dispuesto a vivir con alguien de otra “raza” o con una cultura distinta, el 55% reconoció que en el país se insulta a los demás por su color de piel. Cifras alarmantes y que nos permiten tener una fotografía más amplia de la discriminación que puede experimentar un hommie.

En estos términos hablar de un hommie, es de un joven que ha vivido en Estados Unidos, y que como se ha señalado tiene elementos culturales que lo identifican, y que incluso han llevado a generar un clima hostil hacia ellos que se ha visto reflejado recientemente en las redes sociales. Y es que estos jóvenes que se emplean en los Call Centers, se han vuelto parte del escrutinio público debido a sucesos de violencia ocurridos en estos centros de trabajo.

 Es importante dotar de justa dimensión a la compleja situación que viven los hommies al ser sujetos de la discriminación, porque por una parte se encuentran frente al rechazo de la sociedad y a la negación de derechos por parte del Estado. Las personas que han regresado a nuestro país vienen cargadas de historia, por lo que es necesario desarrollar empatía y solidaridad, no únicamente hacia este grupo, sino hacia todas las personas en general. Y es que si bien, alejándonos de un juicio valorativo entre la histórica diferencia de los buenos y los malos, son personas, y en nuestro país todas las personas tienen derechos humanos.

La realidad es que, aunque no lo digamos, la forma en la que los miramos o nos referimos a ellos es la del “otro”. Es persona a la que no reconocemos, a la que no sentimos ni como mexicanos ni como jaliscienses, todo debido a que no se ven como la mayoría de nosotros lo hacemos. Pareciera que solo los aceptamos cuando están en el otro lado, a esa prima con la que solíamos jugar de pequeños pero que ahora su existencia se reduce a la familia que vive en los Estados Unidos, aquella con la que solo hablamos por teléfono o redes sociales y que inclusive solo los recordamos cuando llega la maleta cargada de ropa gabacha en fechas festivas.

 Y es que estas situaciones de las que ahora hablamos nos muestran el poco entendimiento y empatía que tenemos por las personas migrantes y las diferentes conductas discriminatorias que tenemos hacia ellas y, que van más allá de molestarnos porque no les gustan los frijoles o porque van hablando ingles en un espacio público.

Estos hommies, los que dibujan princesas aztecas en sus autos, que prefieren unos pantalones dickies a unos levis, que se saludan con un “what’s up hommie” no han logrado sentirse parte de nuestra ciudad ni, de nuestra sociedad debido a este doble desconocimiento del que hablábamos la semana pasada, el de ellos hacía México y el de México hacía ellos, pero no nos engañemos, esto no solo se reduce a las autoridades, o acceso a derechos; también nos incluye a nosotros, a los que nos quedamos aquí, a los que todos los días abordamos el trasporte público en camino al trabajo o la escuela y, nos perturba la idea de su presencia.

¿Qué es lo que hace falta para que dejemos de reproducir la discriminación? La respuesta resulta más simple de lo que pensamos, hace falta que nos entendamos a nosotros mismos y a los demás como personas antes que como ciudadanos que pertenecen a un territorio determinado y que se identifican por aspectos como aspectos como la forma de hablar, la apariencia o el idioma que hablamos. Como sociedad debemos trabajar la empatía, la solidaridad y el reconocimiento del otro y a la otra como personas sujetas de derechos y, como personas.

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