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Irregulares en su propia tierra: los retos de la doble nacionalidad

Irregulares en su propia tierra: los retos de la doble nacionalidad
Por Iliana Viramontes y Javier Contreras / Xenia Consultores

¿Por qué subió y por qué bajó?

En el cuento de Jack y las habichuelas mágicas, un niño de una familia sumamente pobre cambia la única vaca que tenían por unos frijoles de propiedades supuestamente milagrosas, enfureciendo a su hambrienta madre. Grande fue su sorpresa cuando de aquellas semillas brotó un enorme tallo que se alzaba hasta las nubes.

Sin pensarlo mucho Jack se trepa hasta llegar a la punta de la planta, en donde encuentra una vereda que le dirige a la casa de un temible ogro.

Como todo en la tradición oral, el relato tiene múltiples versiones, pero en la mayoría persisten los mismos elementos: Jack no se va de la morada del ogro sin las manos vacías, y ya sean monedas de oro, la gallina de los huevos de oro, o el arpa mágica -de oro también- el punto es que desciende por el tallo para entregar a su familia tan preciadas adquisiciones. En algunas versiones, el muchacho realiza diversos viajes de ida y vuelta, y en otros la hazaña se realiza en una sola expedición. Sin embargo, en todos el joven tendrá que cortar el tallo para impedir que el ogro baje a reclamar sus tesoros, impidiéndole para siempre volver al mágico lugar.

Si Jack subió es porque abajo no había ni una vaca flaca que comer. ¿Qué podría haber allá arriba para su familia? con suerte lo que no había en su mesa.

Más que un relato de frijoles mágicos y ogros, esta es. una historia sobre necesidad y migración.  Jack es una de las millones de personas que no encuentran como salir adelante en el contexto donde están ubicadas, y que habiendo escuchado un relato sobre un futuro mágico, venden lo poco que tienen y suben sin detenerse a valorar los riesgos en búsqueda de un futuro.

¿Y cuántas gallinas, arpas y monedas no nos han llegado por ello? la economía, cultura y gastronomía de nuestro país hoy está marcada a partir de las remesas económicas y culturales que recibimos año con año de nuestros familiares que han emigrado a los Estados Unidos.

El relato no termina ahí. Así como Jack, muchos han regresado. En muchas ocasiones perseguidos y expulsados, cortando para siempre ese tallo con el hacha de una deportación ya sea propia o de algún familiar. La historia continua. La trama perdura porque regresar también es migrar.

Regresar también es migrar

Sin importar el tiempo que haya vivido en el extranjero, y las actividades que haya realizado esa persona, es importante reconocer que la persona migrante no deja de serlo al momento de regresar a su lugar de origen. El retorno no puede ser omitido por nuestra cultura y gobiernos. Se fue siendo uno, y regresa siendo otro. Así somos los seres humanos.

Así como Jack, puede ser que esa persona haya vencido miedos, enfrentado peligros y traído consigo habilidades y recursos que de otra forma no hubiera podido conseguir. Entendamos que México se ha hecho de los que estamos, de los que se fueron, pero también de los que han regresado. En nuestras familias podemos encontrar muchas de estas historias, que a diferencia del joven trepador, en muchas ocasiones al volver, vienen acompañados no solo de objetos, sino de nuevos integrantes de la familia. Ellos no regresan, porque nacieron allá. Los méxico-americanos.

La doble nacionalidad, o la gallina de los huevos de oro

La imagen del méxico-americano representa un viaje migratorio exitoso. Porque aunque sea hijo de padre y madre mexicana, el haber nacido allá le abre las puertas de una frontera que aunque sus padres se brincaron, sigue cerrada para ellos.

Desde esta narrativa pareciera que es un ser favorecido por la fortuna de sus circunstancias que tiene lo mejor de los dos mundos. Es Mexicano y tiene derecho a portar con orgullo el linaje azteca, a pertenecer a un pueblo que no conoce más que por sus padres. Pero además, y sobre todo, es estadounidense. Desde su ciudadanía se le abren no solo las posibilidades de realizarse en el american dream, sino que además, es el medio para que otros miembros de su familia lo logren. Pareciera que la manera más chingona de ser mexicano, es ser mexicano y gringo a la vez.

El american citizen está en otro nivel encima de los DREAMERS, porque ejercen una ciudadanía con todos los derechos y libertades, mismas a las que en ocasiones sus propios hermanos no tienen acceso por haber nacido del otro lado del río.

Todo en tanto no se cruce.

Porque bajo ciertas circunstancias, esta posición de ventaja respecto a otros miembros de su familia puede terminar al momento de su regreso a México. Hay toda una historia poco contada de las niñas, niños y adolescentes que regresan de la mano de sus padres, con su pasaporte azul, sin saber que se convertirán en víctimas de un sistema que para reconocerlos los obligará a pasar primero por una mera estadística y después como un ciudadano que tendrá que luchar por ganarse el derecho a ser reconocido como persona. Y es que aunque nuestra constitución señala que todos los hijos de mexicanos nacidos en el extranjero son mexicanos por nacimiento, ese reconocimiento en la práctica puede ser todo un reto.

La lucha por su derecho de existir

A pesar de que la migración de retorno en México ha sido uno de los flujos migratorios más estudiados, estos estudios se han enfocaron durante mucho tiempo al entendimiento económico; es decir, remesas, negocios de personas migrantes en retorno, entre otros. Era poco o nulo lo que se investigaba respecto a la doble nacionalidad, y no es que no se trate de un tema poco relevante o nuevo. La realidad es que simplemente no era un tema mediático.

En primer lugar, el discurso unidimensional de la doble nacionalidad como un privilegio no permite entender que por encima de las nacionalidades acreditadas a una persona, por migrar se topará con los desafíos propios del cambio en ámbitos como lo cultural, lo social, lo económico y lo personal. En segundo lugar, porque al contar con las dos nacionalidades, se puede concluir falsamente que el emigrar a México es un acto de completa voluntad, sin la coacción de una autoridad migratoria. Una idea errónea que no considera que una gran mayoría de mexico-americanos llegan a nuestro país siguiendo a sus familias como menores de edad.

Al trabajar de cerca con familias binacionales, es impactante notar los desafíos que pueden llegar a sufrir para la integración de sus hijos, empezando con el simple hecho de que se les reconozca en los registros mexicanos.

Registrar a un niño recién nacido parece cosa fácil. Un mero trámite burocrático para tener un papelito oficial que le permita a ese niño obtener otros papelitos durante su vida. Sin embargo, un acta de nacimiento abarca una serie de componentes fundamentales en la identidad de la persona como lo son: su nombre, su filiación, su nacionalidad, su edad y su género.

Este sencillo documento es la base del derecho humano a la identidad. Derecho que es prácticamente la puerta al resto de los derechos, porque ¿Qué te piden en un hospital o en una escuela para atenderte? primero que nada, que te identifiques.

En el caso de los niños nacidos en los Estados Unidos, su documento original es el birth certificate emitido por el hospital en que nacieron. ¿Qué necesitan para volverse mexicanos? nada, porque por el simple hecho de haber nacido de sus padres mexicanos, ellos gozan esa condición. El problema es probar a México que lo son.

Para eso hay que inscribir el acta extranjera en el registro mexicano. Eso se hace apostillando un acta original y reciente, traduciéndola, y entregando los documentos de los padres a una oficina consular o del registro civil. Estando en los Estados Unidos es fácil, porque no deja de ser un asunto de trámites y papeleos, pero muchos no lo hacen porque no ven necesario hacer este trámite si ya tienen acreditada la nacionalidad que más les importa, la de Estados Unidos.

El problema es cuando la familia sin papeles regresa a México (voluntaria o involuntariamente) sin haber hecho la inscripción del menor. Aunque toman las precauciones de cargar consigo los documentos originales de sus hijos, se topan con negativas debido a que estos no son ni recientes ni fueron apostillados en el Estado de la Unión Americana donde nació el hijo. Y ¿Cómo obtenerla si no tienen papeles para regresar?

En algunos casos acudirán a sus redes familiares, pero muchas oficinas de los Estados Unidos no permiten que se realice el trámite si no es por familiar directo. Acudirán entonces a despachos de gestores, que en los casos más tristes, terminan siendo coyotes que les estafan y nunca consiguen el documento.

Mientras tanto, el niño es reconocido a lo mucho como extranjero en las escuelas, hospitales, y demás instituciones. Papás desesperados terminan pidiendo en los registros civiles que les apoyen para hacerles un registro extemporáneo, que genera una doble identidad sobre el mismo muchacho. El problema parece resuelto, hasta que con el pasar de los años la existencia de ambas actas termina perjudicando su tramitación de pasaportes u otras cuestiones legales.

Una luz debajo de la mesa: Programa Soy México

Ante las demandas que distintas organizaciones pro migrantes como IMUMI y el PRAMI de la IBERO, en 2017 el gobierno federal implementó un novedoso programa llamado “Soy México”, por medio del cual el gobierno mexicano le rentó a Estados Unidos una extensa base de datos de certificados de nacimiento a fin de que en las direcciones generales de los registros civiles locales se pudieran validar los documentos extranjeros -solo en el caso de los nacidos en Estados Unidos- y así omitir el requisito del acta original, reciente y apostillada. En el Estado de Jalisco incluso se logró reformar la Ley del Registro Civil del Estado para armonizarlo debidamente con esta medida. En cuanto el programa arrancó, la demanda fue tal que la oficina destinada por el Registro Civil de Jalisco se colapsó.

Con todo y tropiezos, el programa permitió resolver el problema de registro de sus hijos a muchas familias en el país. Lamentablemente, la renovación de los accesos al sistema ha sido muy complicada desde mediados del año pasado, por lo que en 2019 el programa ha quedado sepultado en la mayor parte del país.

El problema persiste, y esas personas siguen sin ser reconocidas por su propio país.

Irregulares en su propia tierra

Resulta vital visibilizar estas otras historias migratorias. Son paisanos que no cargan constancia de repatriación ni forman parte de los programas sociales que abordan la migración de retorno. Son personas que carecen de la información necesaria provocando que se mantengan sin registro durante años. Por un lado, de temer perder el preciado bien de la nacionalidad estadounidense. Por el otro, de no tener pautas claras de cómo realizar los trámites de obtención, apostilla, traducción e inscripción de actas.

El invaluable don de haber nacido del otro lado se convierte en la pesadilla de ser mexicano pero no poder acceder a derechos básicos como lo son la salud y la educación. Así estas personas sobreviven irregulares en su propia tierra, como fantasmas en el sistema. Otra muestra de que uno de los desafíos para la debida atención de las migraciones es combatir el reduccionismo de la vida como algo biológico ante la carencia de un papel.

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