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Te creo; reflexiones de una denunciante del #MeToo

Te creo; reflexiones de una denunciante del #MeToo

Por Lucila Sandoval, denunciante / Columnista invitada.

Ilustración Portada: Graciella Delgado. 

En los últimos días hemos vívido colectivamente un proceso doloroso, público y que ha llegado de manera diferente a distintos espacios. El #MeToo mexicano ha destapado la cloaca en la que muchas no sólo vivíamos, sino que además amábamos. Finalmente, después de años de leer estadísticas de violencia de género en México hemos podido ponerle historia y caras a agresores y agredidas. Quiero mencionar que considero que ha habido muchos momentos previos en los que se enmarca esta grieta; desde la primavera violeta hace unos años, las marchas por el aborto, pero también las denuncias de violencia sexual en la red CEDART y la más reciente campaña #ITESOEscucha, podemos decir que no estábamos preparados, pero no que no estuviéramos advertidos.

Escribo como mujer joven feminista, también como denunciante de #MeToo. Escribo como una mujer que hasta hace unos días vivía con rabia callada conociendo las historias de violaciones sistemáticas a mis amigas y la impunidad de sus agresores.

Emocionalmente no ha sido una montaña rusa sino los círculos del infierno y lo único que me permite escribir con cierta calma estas líneas es que lo hemos atravesado juntas. Han sido días de purgar, sacarlo absolutamente todo y darnos el valor para hacerlo. Lo que sigue se irá construyendo poco a poco y es fuerte pedirles a las denunciantes que tengan desde ahora mismo (desde ese dolor y esa rabia) respuestas claras para construir el futuro, precisamente cuando el presente les ha dejado tanto a deber. Pero sí creo que podemos rescatar algunas cosas de entre la vorágine, algunas charlas, algunas reflexiones, algunos escritos. Esto que hago son tan sólo apuntes todavía desde el ojo del huracán.

Las denuncias no son anónimas sino confidenciales.

Este es un punto que no ha quedado claro para muchos. Cuando redactamos nuestra denuncia la enviamos desde nuestras cuentas personales, cosa que después un grupo de morras que administra las cuentas confirma. Hacemos denuncias confidenciales al único espacio que nos ha dado seguridad para hacerlo: otras mujeres. Muchas denuncias ni siquiera tendrían la posibilidad de ser retomadas por un MP, hay acosos y abusos que no llegan a ser suficientemente “graves” ante la ley, aunque a ti te destrocen tu relación con tu cuerpo y tu deseo.

Estamos denunciando todo

En esa misma línea quiero apuntar que hay un motivo por el que violadores, abusadores en relaciones y acosadores menores estén conviviendo. No estamos en una cacería de brujas, la gran mayoría de los hombres mencionados no recibirá ninguna consecuencia o castigo en su vida laboral, social o en pareja. El fin de purgar todos estos testimonios es visibilizar y nombrar violencias que existen dentro del mismo sistema. Las normas sociales que permiten que un hombre te viole son las misma que permiten que un amigo te meta mano a la blusa borracha, o que un jefe te manipule para salir con él. Nombrar estas violencias nos está ayudando a volver a contarnos nuestra propia historia e identificar los momentos en los que se nos ha arrebatado la decisión de nuestros cuerpos. Nombramos para que tus hijas y tus nietas sepan que esto no tiene porque pasarles, nombramos para tu que tus hijos y tus nietos sepan que no tienen derecho a hacerle esto a nadie.

Ilustración: Alina Najlis.

El valor simbólico de decir “Te creo”

El movimiento feminista latinoamericano ha usado Twitter como un espacio para acuerpar violencias y resistencias, si es el lugar correcto de acuerdo a feministas de otras generaciones no importa, de facto se hace. Desde hablar de #MiPrimerAcoso, o juntarnos bajo el terrible #SiMeMatan hasta “Lo cuento yo, porque ella ya no puede”, la cronología de hashtags y eventos digitales de los últimos años refleja la necesidad de hablar en plural y de contar lo personal.

Si en el contexto estadounidense la frase “Me too” (Yo también) enmarcó el movimiento, en México la frase que define este momento es “Yo te creo”, enunciada a una extraña, a veces a cuentas generales, muchas veces acompañada de “te abrazo”; a veces porque conocemos el caso, a veces porque nos llega y suena exactamente a todo eso que nos ha pasado a nosotras o nuestras amigas/mamás/maestras, y a veces sencillamente porque sentimos que hace una diferencia mencionarlo

Nunca en la historia de nuestro país ha habido un momento en el que una pueda voltearse con una mujer que redacta temblorosa su denuncia y decirle “No te preocupes, te van a creer.” Aunque desde muchos espacios llevemos años cantando la consigna “Hermana yo te creo” sabemos que esa no es la respuesta común, que la denuncia pública o confidencial va en paralelo al proceso de revictimización e incluso amenazas. Las que estamos leyendo recibimos ese “yo te creo” como una prueba de que estamos juntas, de que hemos ganado algo, de que recuperamos a una hermana que no sabíamos que teníamos.

Algo que ha comenzado a ocurrir conforme más y más cuentas se abren y más denuncias se publican, es que muchas estamos retomando las denuncias desde nuestras cuentas personales, diciendo “está denuncia es mía”. Algunas de las denuncias más fuertes en Guadalajara salieron de hecho de las cuentas personales de las denunciantes. Esto es un resultado de un par de semanas de decir “yo te creo”, nos sentimos acompañadas y sabemos que es un proceso dolorosísimo pero que no lo vamos a atravesar solas.

No es una plataforma organizativa, es una red basada en afectos

Las cuentas de MeToo han surgido por gremios, administradas por distintos grupos de mujeres que no necesariamente están en contacto con todas las demás cuentas, hay un manifiesto básico de cómo recibir y retomar las denuncias. Desde que empezaron a publicar han estado bajo amenaza, teniendo que discernir entre denuncias, mensajes de odio e incluso denuncias falsas de misma gente que quiere deslegitimar el movimiento. Las bandejas de entrada siguen llenas, sin embargo, cuando denuncias te mandan el contacto de una psicóloga especializada en acompañamiento, te mandan abrazos y te recuerdan que lo que has hecho es valiente, te recuerdan que te creen.

Mujeres se suman a hacer denuncias generales desde sus propias cuentas, a contar historias que quizás ya habían contado en su momento, a hacer reflexiones sobre sus propias relaciones; lleve o no la arroba o el hashtag, esto es parte del movimiento. 

El miedo está cambiando de bando

Entre las charlas que he tenido en estos días, un amigo me dijo que para él el resultado necesario era que “Nosotros empecemos a tener miedo, porque ustedes lo han tenido por mucho tiempo”. Se me ocurrió que entonces nuestra consigna de “El miedo va a cambiar de bando”, quizás, se estaba materializando. ¿Qué significa qué el miedo cambie de bando? ¿Queremos manes asustados? ¿Es el miedo lo que nos va a defender? Intuitivamente diría que no, pero de manera más concienzuda diría que hay que pensar en cómo vemos el miedo. El miedo que está mutando y quizás trasladándose no es creo el terror de la noche, el miedo al conductor que se desvía, al callejón oscuro con la figura que te espera. Igual tampoco creo que “el miedo de los hombres” sea salir nombrado y que su reputación se vaya al suelo, quiero creer que saben que no va por ahí.

Pienso más bien que el miedo qué se está desprendiendo de nuestros cuerpos y de nuestras lenguas es un terror íntimo y por muchos años innombrable. ¿Por qué no dijiste que no? ¿Por qué no te fuiste? ¿Por qué no te resististe? La mayoría de nosotras hemos vivido la peor violencia en pareja, porque ese miedo es íntimo.

Si el miedo va a cambiar de bando tendría que ser ese: miedo a lastimar a tu pareja, miedo a forzarla, miedo a asumir que su cuerpo te pertenece, miedo a darle miedo a quien quieres.

Ilustración de Hilary Campbell

Les creo a ellas, pero lo quiero a él

Entre las muchas plumas sensatas que he podido leer estos días la reflexión de Tessy Schlosser en la revista Nexos que apunta: “¿Qué hacer si les creo a ellas, pero mi relación de afecto es con el denunciado? En corto, ¿Qué hacemos con las denuncias en nuestros círculos, a nuestros amigos, parejas o familiares?”

Yo no creo en el separatismo, aunque respeto a las compañeras que lo practican y entiendo su lucha. Para mi tiene que haber maneras de convivir, de construir o reconstruir espacios seguros dónde podamos imaginar otro tipo de justicia. Incluso con mis agresores paso de querer que haya consecuencias a querer que no “les pase nada malo” dependiendo del momento del día. Pero es con mis amigos con quienes lo veo claro: QUIERO QUE HAYA CONSECUENCIAS. ¿Les duele? A nosotras también, a tu denunciante se le revolvió el estómago de escribir tu nombre, quizás entró en pánico en cuanto vio su denuncia publicada, probablemente sólo tener que recordar la manera en la que la has violentado le ha partido el corazón, más si eran cercanos. Duele, punto. No podemos esperar que en este proceso la labor emocional la carguen sólo las denunciantes. Quiero a mis amigos denunciados y quiero que pasen por este proceso de dolor, que lo vivan y lo comprendan, que asuman que violentar tiene consecuencias (por mucho trabajo de deconstrucción que lleves hecho) que además este proceso está lastimando a personas que quieren: sus parejas y sus hijos para empezar.

No es que crea en la justicia punitiva, es que creo que una de las bases de esta forma de ser hombre que nos está matando a todos tiene que ver con no afrontar el dolor y el miedo íntimos. Yo no creo que un hombre se jubile o se cure de su machismo (como no creo que yo como mujer mestiza me cure jamás de mi racismo internalizado) porque para ello tendríamos que extirpar la estructura completa que lo educa y le permite ejercer este tipo de violencia. A mi parecer un paso clave para esto es afrontar el dolor y el miedo, hacernos cargo de lo que causamos y de lo que sentimos.

 ¿Qué sigue?

Sigue que la comunidad gay por ejemplo nombre las violencias sexuales que ha sobrevivido, ya en estos días han salido varios testimonios. No se habla de la violencia sexual que hombres ejercen sobre otros hombres, esa charla también es necesaria. Siguen procesos serios de reparación de daños, siguen asambleas y juntas largas. Habrá terapia individual y colectiva, habrá muchísimos más testimonios y también habrá matices, situaciones en las que se necesitará mediar y resolver conflictos. Los compañeros en los espacios mixtos tendrán que asumir la fuerte carga de hacer labor afectiva que normalmente no les toca. Universidades tendrán que repensar las relaciones de poder que albergan, así como el conocimiento al que le dan valor.

No estamos en un evento que tenga un solo desenlace. Son procesos sociales e históricos, lo que hemos abierto es una caja de pandora, perdón, lo hicimos porque adentro con todos los monstruos estábamos nosotras peleando a oscuras. Lo que estamos haciendo es subir la barra, ascender el mínimo al que llamamos dignidad, seguridad y cariño. No es un proceso impoluto y no es un proceso homogéneo, no somos “las feministas de hoy”, no somos un hashtag y no somos una sola colectiva. Lo único que somos es morras confiando en morras para denunciar y nombrar violencias, no desde el anonimato sino desde la confidencialidad, y morras dispuestas a creerle a otras morras.

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