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‘Le hemos dado nuestra vida al Estado y nos ha fallado’

‘Le hemos dado nuestra vida al Estado y nos ha fallado’

Cada día nueve mujeres son asesinadas en México y el 64 por ciento ha sufrido algún tipo de violencia por parte de su pareja, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) y de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh 2016).

Ésta es la tercera entrega de los relatos de mujeres que denunciaron violencia en el contexto del #MeToo, con los que buscamos -desde su palabra- pensar en posibilidades de protección y sanación. ¿Qué nos da miedo? ¿Qué nos puede ayudar a sentirnos seguras? ¿Cuál fue el daño? ¿Qué puede ayudarnos a reparar el daño? ¿El agresor puede reparar el daño?

Texto: Daniela Rea y Lydiette Carrión

Imágenes: María Fernanda Ruiz

Ana tiene 36 años y es consultora en políticas públicas y derechos humanos. A diferencia de otros relatos que hemos publicado, en los que las mujeres consideran que el agresor no puede reparar nada, Ana considera que sí, que una posible reparación sería “que se comprometiera a un trabajo personal para comprender lo ocurrido y para que le podamos hablar de esto a nuestra hija como algo horrible e indeseable que atravesamos pero que fue una oportunidad para ser otras personas”.

Para Ana poder nombrar en voz alta el daño sufrido ha sido lo más cercano a la justicia, pues el Estado -ella denunció penalmente la agresión y fue revictimizada-, dice, “es quizás el experimento más fallido de la modernidad”.

“Siento que necesitamos reapropiarnos de técnicas de cuidado, de respuestas integrales para ‘cachar’ a otras mujeres y para acompañarlas con conocimiento, con teoría, con sensibilidad y con horizonte”.

¿Cuál fue la violencia que sufriste?

Yo creía que él estaba pasando por un “mal momento” y que “se le iba a pasar” entonces aguanté muchos maltratos, cotidianos, porque no quería creer que él “era así”. Lo había conocido en la militancia política y pensaba que “él era para mí”, que “él era incapaz (de hacerme daño)” y que seguramente “no había entendido” o “no lo había hecho adrede”. Es decir, toda mi cultura -que me había programado desde muy joven para “educar” a los hombres con los que me he relacionado sentimentalmente-, estaba presta para acudir a mi rescate, a su rescate. Así que lo justifiqué y lo justifiqué y lo justifiqué. Y él me culpó y me culpó y me culpó. Yo sabía que no era mi culpa pero entonces sus acusaciones me ponían en jaque y me veía “obligada” a defenderme, a subirme al tren para explicar lo que había querido decir, hacer… y así empezaba otra vez la pesadilla de decenas (cuando no cientos) de mensajes que se convertían en letanías, que se convertían en regaños, que se convertían en culpas mías, que se convertían en “merecidas” violencias en mi contra. Identificaba la violencia en sus palabras (maldita, puta, perra, pendeja, o sea lenguaje explícito) pero fue hasta que la violencia escaló físicamente que supe que estaba en peligro. Ya me había encerrado en la casa, había desmontado cerraduras para no dejarme salir, me había amenazado varias veces con darle un martillazo a mi celular, pero, otra vez, no fue sino hasta que me intentó ahorcarme que pensé: “¿qué va a pasar con mi hija si este güey me mata?”. El pitazo me cayó mientras me amenazaba sin soltarme del cuello: “te

voy a arrancar la cabeza, te voy a sacar las tripas y voy a triturar tus huesos”. Después siguió habiendo violencia por cuatro años porque tenemos una hija en común.

¿Tienes miedo de algo? ¿Algo te provoca miedo? 

Ahorita no tengo miedo, pero sí tuve y he tenido por mucho tiempo. He pensado mucho sobre este tema y creo que cuando alguien ejerce violencia lo hace con quien puede hacerlo. Y como él lo había podido hacer conmigo pienso que se le hacía fácil volverme a atormentar con mensajes violentos, con amenazas, haciendo uso del lugar privilegiado que tenía como hombre y como hombre con dinero. Me daba miedo que me quisiera quitar a mi hija y me daba miedo estar sola para enfrentar todo lo que venía porque aunque muchas

amigas estaban cerca nadie podía dejar su vida para hacer la mía. Nadie podía sustituirme para ir al Ministerio Público, nadie podía contestar los mensajes por mí.

Creo que el miedo más grande que tenía era una ilusión. Ahora veo que era una idea, la idea de que siempre iba a ser igual y nunca iba a poder salir de ahí. Pero sí se puede, toma tiempo, esfuerzo y mucho trabajo personal reconocer lo ocurrido y estar dispuesta a moverse. Desengancharse y recuperar la fuerza perdida es quizás la batalla más grande. Entiendo que esta pregunta puede tener diferentes aproximaciones (también) en relación al tiempo transcurrido desde la agresión así como al trabajo personal que haya desarrollado la agredida para enfrentarlo. Creo que estos elementos son claves cuando buscamos respuestas a qué hacer ante la violencia, porque él día que me ahorcó necesitaba cosas totalmente distintas de las que necesito ahora, por ejemplo.

¿Con qué te sentirías segura frente a esos miedos?

Me hubiera gustado que el sistema penal acusatorio me tratara de otra manera,

porque hasta las abogadas más fieras, con tal de ayudarme, me planteaban una situación desoladora, es decir, me planteaban la verdad, lo que de verdad ocurre al entrar a un juicio. Y me ocurrió, el MP desechó mi causa porque dijo que no había pruebas, no había testigos y ya era imposible realizar la mecánica de hechos por el tiempo transcurrido. Incluso cuando el médico legista había hecho su reporte y el peritaje psicológico me daba la razón y planteaba un monto por la reparación del daño. En la violencia intrafamiliar no se necesitan testigos porque ocurre al interior de la familia, pero al MP no le pareció que yo podía estar diciendo la verdad. La MP que me leyó la resolución del otro MP dijo que era mejor no hacer nada porque si el “presunto violentador” quería, podía acusarme de difamación y la que se iba a la cárcel era yo. Así me lo dijo. La orfandad y la rabia de que al parecer nadie podía

frenar esa violencia me atormentaba, me quitaba el sueño, me hacía llorar y sentir que nunca iba a poder salir de ahí. (Viéndolo en retrospectiva pienso que ese vacío me ayudó a ver que no podía delegar mi salud ni mi vida en nadie más, que tenía que encontrar herramientas y posibilidades yo misma, y creo que eso es lo que más me impulsó a moverme).

¿En qué te sientes dañada, qué daños identificas que hubo en ti 

En la confianza propia, en la seguridad. Pensaba que no valía la pena volver a

estar con un hombre ni hacer una familia ni hacer nada más. Tenía un conflicto

de incredulidad ante la vida y de desvalorización personal.

¿Cómo te sentirías reparada del daño? ¿Para ti qué sería sanador?

Para mí, la denuncia pública ha sido lo más parecido a la justicia que he experimentado. Eso y una vez que un colectivo de artistas que se llama el Cráter Invertido le negó el acceso a su espacio. Saber que otras mujeres que yo conocía personalmente me creyeron fue el abrazo anónimo más hermoso que tuve.

Para ti el agresor, ¿puede resarcir el daño?

Creo que de parte de mi agresor hay dos cosas: que me pida perdón sin reparos (sin “peros”, sin matices) y que se comprometa a no volverlo a hacer. También creo que sería importante que se comprometiera a un trabajo personal para comprender lo ocurrido y para que le podamos a hablar de esto a nuestra hija como algo horrible e indeseable que atravesamos pero que fue una oportunidad para ser otras personas.

Todavía no está resarcido, creo que esa cuenta “final” toma y tomará varios años más, de buen trato, de reconocimiento de mi lugar y de mi valor en el mundo y de arrepentimiento verdadero de su parte. Además sueño con que me pague las terapias que he tomado para salir de esto.

¿Cómo te sentirías arropada por la comunidad?

Mi comunidad está formada de varias comunidades que me arroparon, creyéndome, escuchándome, aconsejándome, acompañándome, pero ninguna de ellas estaba preparada para responder. Cada quién me daba su ser así como lo tenía, pero no había y creo que todavía no hay protocolos de atención intrafamiliares, intracomunitarios. Le hemos dejado nuestra vida al Estado y el Estado es quizás el experimento más fallido de la modernidad. Siento que necesitamos reapropiarnos de técnicas de cuidado, de respuestas integrales

para “cachar” a otras mujeres y para acompañarlas con conocimiento, con teoría, con  sensibilidad y con horizonte, con la perspectiva determinante de que las cosas no van a seguir así y de que la certeza de mundo va a restablecerse.

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