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Humanamente correcto

Humanamente correcto

Por Alma Varela/Columna Polígrafa

Profesora de Español y  Literatura; Lic. En Letras Hispánicas y Mtra. En Estudios de Literatura Mexicana, ambas por la Universidad de Guadalajara.

En días pasados circuló brevemente en Twitter y Facebook un video donde se parodia a un grupo de personas a propósito de sus creencias y la intensidad con que las defienden; la escena es tan absurda que varios usuarios consideraron que se trataba de una representación justa de cómo hoy en día se convive con un vegano, un protector de los derechos animales o una feminista y sus demandas de respeto o empatía. El video termina con un hombre que se ve acorralado ante formas de pensar que ponen en crisis sus propios usos y costumbres, y como no quiere quedar mal o tener problemas con nadie, simplemente decide escapar.

A propósito de lo anterior, vale la pena pensar que de manera cotidiana ponemos en práctica un amplio bagaje cultural que consideramos propio y sobre todo correcto porque así nos lo han enseñado; sin embargo, hoy en día parece que la convivencia es cada vez más delicada debido al surgimiento de hábitos nuevos derivados de creencias aparentemente nuevas. Cada tanto, vemos aparecer notas informativas, artículos, mesas de diálogo o debate donde se cuestiona la necesidad de ser políticamente correctos lo cual resulta cansado y molesto para muchos. Hay quienes arguyen que guiarse por esta tendencia es un comportamiento hipócrita, incluso totalitario o fascista; lo cierto es que hay una necesidad creciente de grupos que no ven en las convenciones sociales tradicionales un modo de ser y estar en el mundo que los represente, respete, haga felices o responda a sus preocupaciones personales ¿Qué hacer? ¿Son exagerados unos o indolentes los otros?

La convivencia con los otros es siempre un desafío, sobre todo porque nuestros acercamientos están mediados por la determinación social con la que fuimos programados desde el primer momento: la familia, la religión, la escuela, el Estado, el nacionalismo, el modelo económico; todo eso que llamamos cultura nos atraviesa y se convierte en la vara con la que medimos y somos medidos; y somos particularmente irreductibles cuando lo que nos reta es de carácter ideológico.

Terry Eagleton en su obra Ideología. Una introducción (1997) define este término como “… lo que persuade a hombres y mujeres a confundirse mutuamente de vez en cuando por dioses o por bichos. Se puede entender suficientemente cómo los seres humanos pueden luchar y asesinar por razones de peso —razones vinculadas, por ejemplo, a su supervivencia física—. Es mucho más difícil entender cómo pueden llegar a hacer eso en nombre de algo aparentemente abstracto como son las ideas. Pero las ideas son aquello por lo que muchos hombres y mujeres viven y en ocasiones, por lo que mueren.” Las ideologías tradicionales o dominantes son las que más problemas enfrentan con lo políticamente correcto, porque son capaces de reconocer las transgresiones a su sistema de creencias, pero difícilmente las considerarán como una forma de vida plausible, y en el peor de los casos las verán como una amenaza que hay que erradicar o al menos contener.

Una de las estrategias de normalización de las ideologías dominantes es el uso del sentido del humor; si nos reímos de nosotros mismos dejaremos de tomarnos tan en serio la vida y seremos más felices; el punto es que a veces lo que más nos divierte es hacer escarnio de las ideas que oponen a la tradición: comunidad LGBTTIQ, feminismo, o ámbitos particulares de la cultura que están fuera del privilegio. Cuando nos reírnos de estos tópicos y defendemos a hacerlo, debilitamos un poco causas importantes o urgentes y regeneramos la fortaleza de las ideas dominantes, sin antes haber considerado que lo que nos parece una exageración, es solo un síntoma de la violencia que de manera histórica se ha ejercido sobre determinados grupos.

Quizá es poco probable que la ideología vegana dé lugar a una guerra civil, quizá tampoco la feminista, pero no hay que dejar de lado que son formas de resistencia que con base en sus “exageraciones” o radicalización ponen sobre la mesa la necesidad de pensar sobre nuestros hábitos y creencias. Por otro lado, es falaz poner en un mismo saco todo lo que es transgresor, vaya, no es equiparable normalizar la violencia hacia los homosexuales que desaprobar la defensa de los derechos animales; lo cual tampoco significa que lo segundo no sea necesario.

Entonces ¿cómo lidiamos con estas formas de pensar que nos señalan constantemente que todo lo que decimos y hacemos está mal? Quizá un primer paso sea evitar la generalización, no TODO está mal, pero mucho quizá sí, tal vez más de lo que quisiéramos ver. Reconocer que de entre todos esos señalamientos más de alguno puede ser razonable, sacude gran parte de lo que hemos creído a pie juntillas y que por hacernos reír nos parece inofensivo o insignificante; además, nos coloca ante un escenario de incertidumbre que nos obliga a pensar hacia dónde debemos movernos antes de hacerlo. Por eso muchos optamos por minimizar la afrenta y tildarla de ridícula o desproporcionada, preferimos la costumbre porque además es una postura que nos permite crear la ilusión de que tenemos razón dado que la mayoría piensa lo mismo, al menos eso creemos.

Polarizar -palabra de moda en estos días- no puede ser una alternativa; escapar tampoco, negar a los otros y sus ideas mucho menos; lo políticamente correcto es visto por algunos como el problema a resolver o con el que convivir, sin embargo, es un síntoma que bien podríamos tomar como marco de referencia para pensar en lo aprendido y, si es necesario, rectificar nuestras ideologías.

Dice Tzvetan Todorov en Nosotros y los otros (2003) que “Un humanismo bien temperado podría ser una garantía contra los yerros del ayer y del hoy. Rompamos las asociaciones fáciles: reivindicar la igualdad de derecho de todos los seres humanos no implica, en forma alguna, renunciar a la jerarquía de los valores; amar la autonomía y la libertad de los individuos no nos obliga a repudiar toda solidaridad; el reconocimiento de una moral pública, no significa, inevitablemente la regresión a la época de la intolerancia religiosa y de la inquisición; ni la búsqueda de un contacto con la naturaleza, equivale a volver a la época de las cavernas”. Las asociaciones fáciles que señala Todorov, son justamente a las que apela el video citado, son las que no involucran el diálogo o el acercamiento a las ideas que difieren de las propias. Es cierto, es humor; pero la representación y la lectura que se hace de muchas ideologías de resistencia contribuyen muy poco a la reflexión y demasiado al distanciamiento.

Lo que quizá debemos hacer es no dar media vuelta y correr despavoridos como el hombre del video, sino quedarnos a reflexionar sobre lo que nos confronta para percatarnos de cuáles ideas es razonable defender y desechemos las que violentan. Solo entonces buscaremos otras formas de humor e interacción porque habremos entendido que lo políticamente correcto es lo humanamente necesario.

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