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Disentir

Disentir

Por María Guadalupe Morfín Otero /@guadalupemorfin

Colaboración como integrante de AMEDI Jalisco /@AmediJalisco

Ilustración portada: Rahmad Kurniawan 

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Dentro de unos días celebraremos las fiestas patrias. Solemos gritar nombres de personas ya muy conocidas la noche del 15 al 16 de septiembre, como una manera de agradecerles la independencia de nuestro país respecto de esa ya no madre sino abuela patria colonial que fue España. Pero deberíamos preguntarnos si no omitimos en nuestra forma de honrar y de agradecer, a personas cuyas voces, altas o bajas, ayudaron a que los pasos seguidos por el bien común fueran los mejores o, en todo caso, no caminaran peor.

Me refiero a quienes a tiempo disintieron, criticaron, hicieron ver lo que pensaron era lo correcto por los medios que creyeron correctos. Quizá algunos o algunas de ellas (tiendo a pensar que muchas valientes voces femeninas hubo en esta gesta y sus modos) no fueron siempre escuchados. Quizá hubo en estas tierras, Jalisco hoy, alguien que trató de evitar, disintiendo, la matanza de españoles ordenada por el Padre Miguel Hidalgo para quienes no acataron de inmediato el decreto de abolición de la esclavitud del 6 de diciembre de 1810, matanza que sucedió en lo que ahora es la zona de Alcalde Barranquitas, en Guadalajara, en aquel entonces Barrancas de Belén. Y ese alguien, hombre o mujer, o varios de ellos, no lo logró. Pero el famoso cura de Dolores Hidalgo debió llevarse hasta su final estadía en Chihuahua, si no se lo impidió la soberbia, algunas preguntas sobre su proceder al mandar al otro mundo de esa manera a algunos cientos de españoles, según dan cuenta las crónicas de la época.

Quien disintió de esa manera, haya sido Allende o Abasolo, que al parecer lo intentaron, o las futuras viudas de alguno de los ultimados, o alguien cercano al líder que encabezó la gesta antipeninsular, también ayudó o intentó ayudar a construir patria. Su voz le decía al prócer de la independencia que así no saldrían bien las cosas. Y de hecho tardaron muchos años en salir bien.

Volvamos al tiempo presente y celebremos en paz, ese preciado bien tan ausente de nuestra patria, la gesta de independencia.

Quien disiente, entonces y ahora, ayuda a construir. Sobre todo si lo hace tendiendo puentes. Bajo formas de cortesía. Dando al otro la oportunidad de indagar, retroceder, rectificar. Solo que, para quien no está acostumbrado a modos dialogantes de ejercer el poder, la crítica será siempre similar a un ataque de adversarios. Y es innegable que, en tiempos ríspidos y fracturados en el arte de gobernar, y los nuestros lo son, hay críticos de mala leche con triple piso de agendas ocultas, pero suelen ser identificables por los colmillos que afilan.

Cuando se lleva una causa justa los adversarios no existen: existen las personas por convencer. Eso supone una templanza bien cultivada, algo parecido a tragar víboras y tepocatas (parafraseando a Vicente Fox). Pero cuando bajo la causa aparentemente justa se esconden otras que revelan lo mal planchado de una política pública que no debió darse, lo más fácil es hablar de enemigos, de adversarios, y tornar rijoso el intercambio de mensajes.

Ejemplos hay en Jalisco de causas que pudieran sonar justas: dotar de instrumentos útiles a quienes hacen las faenas del campo (el caso de la maquinaria que requirió fuerte crédito); resolver una deuda que deja en mal estado de sus pensiones a los empleados estatales, al tiempo que se decide el destino de un estorboso elefante blanco en zona de enorme absorción de agua (villas panamericanas en El Bajío); elevar el estatuto del área institucional que atiende a las mujeres (Instituto de las Mujeres por Secretaría para grupos vulnerables).

Todos ellos esconden, junto a su supuesta bondad, alguna perversidad que es puesta sobre la mesa por quien critica, disiente o exhibe: un pacto con quien llevó a quien gobierna a una buena posición para ver un codiciado juego en un estadio de California, y también un pacto con sus aliados o socios, viejos amigos zorros políticos de tiempos que se creían pasados (asunto de la maquinaria); permitir una urbanización con densidad inaceptable de vivienda y poner en fuerte riesgo o contaminar una fuente importante de agua para la metrópoli (asunto de las villas); favorecer a un grupo misteriosamente formado por ex funcionarios públicos (compradores visibles de dichas villas); diluir la causa de las mujeres entre múltiples vulnerabilidades, lo cual revela incompetencia en el tema o supina terquedad de quien idea el proyecto… Y eso por mencionar algunas de las más sonadas críticas a acciones o decisiones del gobierno estatal actual. Sin dejar de lado otras importantísimas a pasadas administraciones estatales o federales, como haber dejado de atender preventivamente lo que llevara a erradicar el dengue que hoy anda en nuestras tierras en pico de mosco como si fuera plaga de Egipto por ciudades y playas.

Disentir es una forma de servicio a la verdad. Y, si se hace con cuidado a las formas, sin romper puentes, por duros que sean los vehículos que sostienen, será siempre un servicio enorme al bienestar común. Eso, y no otra cosa, significa el ejercicio crítico al ejercicio de gobernar, hecho las más de las veces en condiciones de desventaja respecto del poder o de los poderes. Es decir, en soledad. En la casi impotencia. En el desánimo. En la desesperanza. En conciencia.

Quien critica por la buena, ayuda a que los sueños, las utopías, las promesas de cambio (refundación es demasiada palabra) se cumplan. Quien critica así es valiente. Ejerce una lealtad con el común al que pertenece. Se sacrifica. Se da por buen servido cuando se rectifica.

Cierto, certísimo, que no todo disentimiento ni toda crítica llevan el signo de la buena intención. Hay quien lo hace para doblegar, extorsionar, dinamitar instituciones o procesos, sacar tajada, o como venganza. Pero una vez extraídos de la crítica esos dañinos motores de los bisturíes, quizá haya algo que rescatar para la experiencia. Cierto, certísimo, que hace falta saber reconocer todo lo que se hace bien por parte de distintos actores en el gobierno. Y en esa forma del agradecimiento no estamos muy entrenados como sociedad. Y a quienes trabajan en ese arduo campo, les hace mucho bien ese saberse sostenidos por quienes aprecian su desempeño.

Por eso, porque la crítica y el disentimiento construyen, valoremos a nuestras y nuestros buenos periodistas. Son mensajeros de dardos útiles y benéficos para la vida en democracia.

Son personas que se atreven a decirle al monarca sobre su falta de atuendo o su franca transparencia en el vestir (aquí aclaro que no se entiende la transparencia como un fin bondadoso siempre)…

Aquellos que advierten sobre formas que permiten mejorar o corregir o dar marcha atrás en los modos de gobernar, deberían tener una sillita cerca de quienes gobiernan. Una sillita de palo. Una sillita valiosa porque está con sus cuatro patas bien anclada en el suelo, en el piso parejo para todos, en los valores que producen confianza, como ser hospitalarios, ser agradecidos, ser humildes.

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