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La quinta muerte

La quinta muerte
Crónicas TEC Semana i

Por Andrea Guadalupe Vázquez del Mercado Barajas, estudiante del Tecnológico de Monterrey, Campus Guadalajara.

Uno.

– ¿Quieres con olor a fresa o con olor a uva?

No quería ninguna, ¿por qué habría de escoger cualquiera de las dos opciones cuando sabía que ambas lo dejarían sin respirar durante un largo, largo rato? Las enfermeras que usaban uniforme verde con blanco, siempre le decían que la mascarilla soltaba un gas que le ayudaba a que le diera sueño, pero Miguel era más listo que ellas; el gas no lo hacía dormir, lo mataba.

Estar muerto no le resultaba doloroso, en realidad, nunca sentía nada; ni frío, ni calor, ni aburrimiento. Morir era lo que dolía.

– ¿Y si mejor no me la ponen?- Ya había muerto cuatro veces en ese año. Su mejor amigo ni una en toda su vida. No era justo.

– ¿Por qué no eliges la de fresa? A ti te gustan las fresas.- Amaba el helado de fresa, el agua de fresa, las fresas con crema y las fresas con chocolate, pero ese gas olía a una mezcla de gotas para los ojos, vitaminas para crecer y croquetas de perro, no a fresas.

– Entonces con olor a fresa- contestó la enfermera. Antes de que Miguel pudiera repetir su pregunta, la señora le colocó la cosa negra que sirve para apretar el brazo. Él conocía el proceso mejor que sus papás; después del aprieta brazos, seguía la aguja, y, luego de eso, el quirófano.

En el momento en el que la enfermera le quitó el aprieta brazos, Miguel sintió sus ojos arder como cuando le ponían las gotas del frasco con tapa roja. Casi nunca le tocaba recibir esas gotas, pero cuando ocurría, la doctora le entregaba de inmediato un pañuelo de papel para que se secara los ojos.

No iba a llorar.

Dos.

La enfermera recostó a Miguel sobre el colchón verde de la camilla. La salita de espera tenía una fila de camillas y una recepción del lado derecho. Justo a un costado de la recepción, se encontraba el pasillo que llevaba al quirófano. Era largo, angosto y tan blanco que encandilaba. Lo odiaba.

Intentó esconder el brazo sin que la señora se diera cuenta. Si no le ponía la aguja, no podían operarlo, ¿cierto? Pero la enfermera, para su mala suerte, lo vio, por lo que no se demoró en regresar el brazo de Miguel a donde debía estar: sobre el colchón verde.

La señora derramó alcohol en un pedazo de algodón. El alcohol olía mejor que el gas y de seguro no lo mataba, ¿acaso no podían usar eso con él?

El frío algodón tocó su piel. Enseguida, la enfermera lo movió en círculos irregulares. De arriba abajo, de un lado a otro. La jeringa casi llegaba.

Palpar la piel de la muñeca para buscar sus venas era algo que no le gustaba que le hicieran, porque para que funcionara, primero tenían que ponerle una liga amarilla en el brazo. Y la liga, aunque era pequeña, apretaba más que la cosa negra.

La señora encontró una vena.

El primer contacto de la aguja con su piel casi lo hizo apartar el brazo con brusquedad. Casi. La aguja era delgada, fría, gris, y su punta tenía el talento de retorcer su garganta. Cómo le hubiese gustado romper la jeringa para que pagara por el agujero que dejó.

No iba a llorar.

Tres.

Su turno había llegado.

¿Me van a acompañar?- les preguntó a sus padres.
Tu papá entrará después de ti- aseguró su madre.

No pidió que se lo prometieran.

Un hombre enfermero llegó para empujar su camilla hacia el quirófano. Su uniforme no era verde con blanco, sino azul. Juntos pasaron la puerta que separaba el pasillo de la sala de espera, en donde todavía se hallaban sus padres. De reojo vio a su mamá sonreírle. Miguel intentó devolverle la sonrisa.

Su papá no entró después de él.

No iba a llorar.

Cuatro.

El enfermero continuó caminando. Lo único que podía hacer Miguel, que aún tenía la garganta retorcida, era contar los focos que pasaban por encima de él. Uno, dos, tres, Miguel cruzó los brazos debajo de la cobija; cuatro, cinco, seis, siete, Miguel los estiró; ocho, nueve, diez, los cruzó de nuevo; once, doce… Alguien abrió la puerta del quirófano.

Como las últimas cuatro veces, la habitación era azul. No podía decir si las paredes estaban pintadas de tal color o si se debía a que las monstruosas lámparas circulares contenían un aro de focos azules pequeños. ¿O eran focos blancos?

De esa camilla lo pasaron a otra, y, entonces, vio a una enfermera con gorro de ositos sostener la mascarilla. Tembló; para distraerse, se preguntó si las paletas de hielo también tenían frío dentro del congelador. La señora se acercó a él, con cuidado empujó la cabeza de Miguel hacia la camilla. Giró la cabeza, la señora la regresó. La giró otra vez, otra vez la regresó.

Sin quitar una de sus manos de la frente de Miguel, la enfermera acercó la mascarilla de plástico irrompible al rostro del niño.

No iba a llorar.

Cinco.

Vas a tener sueño- le mintió un hombre de voz dura, como la de un profesor molesto. Él no iba a tener sueño, Miguel iba a morir por quinta vez en el año.

Fue en el instante en el que el gas dejó de recorrer el tubo grueso para salir de la mascarilla y entrar a su nariz cuando la garganta de Miguel dejó de estar retorcida, cuando quiso llorar; cuando lo hizo, pero sus lágrimas no sirvieron de nada. El gas le estaba succionando el alma. Pateó, levantó las manos para quitarse la mascarilla, pero la enfermera lo detuvo sin hacer un mínimo esfuerzo. El gas no tuvo piedad, pues con él arrasó una ola de fatiga que lo dejó vacío.

Esa vez, sus ojos se cerraron antes de que pudiera entender que nunca llegaría la sexta muerte del año.

Miguel tenía razón: el hombre de voz dura lo mató con su gas que no olía a fresa.

***

En un hospital de Guadalajara, un anestesiólogo asesinó a sus pacientes por negligencia médica, al administrarles más anestesia de la necesaria. De acuerdo con Fernando Avilez Tostado, presidente de la fundación No Más Negligencias Médicas A.C., el ochenta por ciento de las negligencias que se dieron en México en 2018 no fueron denunciadas.

En el caso de este hospital de Guadalajara, los cirujanos sensatos sabían que, cuando les tocaba trabajar con él, lo mejor que podían hacer era programar revisión en lugar de cirugía.

Las “palancas” lo protegieron, así que nunca respondió por sus actos. Mientras tanto, los miembros del personal médico que lo conocían decían que “niño que entraba con él, era niño que moría.”

Miguel fue uno de esos niños.

Referencias:

Hernández, D. (2018, 7 de enero). ONG: 80% de negligencias médicas no se denuncian. El Universal. Recuperado de https://www.eluniversal.com.mx/periodismo-de-datos/ong-80-de- negligencias-medicas-no-se-denuncian.

*

Crónicas realizadas durante la Semana i del Tecnológico de Monterrey, Campus Guadalajara, en el taller de Crónica coordinado por Anna Lozano y Diego Zavala.

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