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En el precipicio de la vida y la muerte

En el precipicio de la vida y la muerte

Crónicas Semana i

Por Andrea Gutiérrez Zepeda, estudiante del Tecnológico de Monterrey, Campus Guadalajara.

Típico Desayuno

En la madrugada del 20 de junio de 2019, me despierto poco antes de que amanezca como ya es costumbre. Eran las 3:45 a.m. y yo no podía seguir en la cama pretendiendo que dormía ni un minuto más. Me sentía totalmente cansada y abatida, con un dolor de cabeza agudo que iba a dos mil por hora, y con hueco en mi estómago. Yo podía escuchar los sonidos que mi pequeña panza, casi imperceptible por semanas de inanición, hacía. Me imploraba y rogaba a gritos silenciosos que le diera un poco de comida, lo que fuese, en realidad no importaba que, pero algo que la ayudara a no pudrirse y parar por siempre debido a la falta de uso.

En ese momento mi cerebro comenzó a hacer los cálculos. ¿Qué tanto ejercicio tendría que hacer si me permitía comer un plato de yogurt con frutas? Porque para empezar, nunca, por ningún motivo me permitiría comer granola o algún tipo de cereal. Tendría que hacer 5 horas de ejercicio para poder quemar todas las calorías, porque aunque yo sabía que la fruta tenía muy pocas, y algunas de ellas eran negativas, necesitaba seguir teniendo un colchón de mínimo dos mil calorías quemadas en el gimnasio, para así poder tener la certeza al final de la semana de que había perdido aunque fuese un kilo más.

Porque cada kilo cuenta ¿sabes?, ¿qué es más importante que bajar de peso?, nada en realidad. Eso es lo que mi cabeza se encargaba de recordarme las 24 horas del día. Porque aunque yo hacía un esfuerzo sobrehumano, y algunos días ya no podía más, una parte de mi cerebro, me felicitaba por no comer absolutamente nada y me alentaba a seguir así y llevar las cosas al límite. Pues según mi subconsciente, solamente lograría encontrar la verdadera felicidad si era flaca como un esqueleto y la talla doble cero de pantalón, que era la que ya usaba, me quedaba floja.

Bueno, pues después de hacer esta larga consideración y analizar mis opciones decidí que tenía que comer algo, pues solo así conseguiría fuerza para ir al gimnasio. A las 3:56 a.m., me levanté como pude de mi cama. Mi cabeza seguía punzando de dolor y sentía que no podía caminar porque me iba a desvanecer en el intento. Logré llegar a la cocina, la magia de los cálculos empezó. Me serví 40 kcal de zarzamoras, 37 kcal de mora azul, 4 fresas con aproximadamente 12 kcal en total, y como las frambuesas tienen 1 kcal me di el gusto de servirme unas 20. Después venía lo difícil, ponerle o no yogurt; combinado con los frutos rojos era delicioso, pero la idea de tener lácteos en el interior de mi cuerpo me daba arcadas y escalofríos.

Mi cerebro: -¡El yogurt es grasa pura!¡ No debes y no vas a comerlo, no voy a permitir que eso entre a nuestro cuerpo, no me importa que te sientas débil, si te desmayas, ¿ a quién le importa? Si a mi no, a ti tampoco.

Logré luchar contra este pensamiento, algo que no fue absolutamente nada fácil. Me serví una cucharada de yogurt light, aprox. 25 kcal. y en seguida me dispuse a comer mi pequeño bowl de frutos del bosque. 

Cuando tienes meses sin comer otra cosa que no sea fruta o verdura, todos los sabores saben intensificados en tu paladar. Esta pequeña porción fue una bomba de sensaciones en mi boca. Disfrutas el sabor, pero en realidad la culpa no te deja sentirte en paz, ¿y si me hubiera aguantado el hambre?, seguro que ya pesaría un kilo menos.

Cuando terminé mi “desayuno” a las 4 a.m., regresé a mi cama y me dediqué a pensar como siempre, pues al no comer tu cuerpo comienza a funcionar diferente, y al funcionar diferente, aveces, solo aveces, pierdes el sueño por completo. Las noches se convierten en tortuosas horas de tiempo libre, en las que tu mejor opción es pensar, porque cualquier otra actividad resultará demasiado dolorosa para tu cuerpo, inclusive estar sentada o leyendo.

Ø

Pero sudar no es suficiente

Yo sabía que tenía un problema, todo el tiempo lo supe. La cosa es que no me importaba en lo absoluto. Sí, era una niña de diecisiete años que pesaba 38 kg y buscaba los 35kg. ¿Pero por qué?, la anorexia, que es el nombre de la enfermedad mental que padecía, no surge porque sí, está arraigada a cosas muy profundas, difíciles de detectar inclusive para la propia persona que la padece. 

Todo mi infancia fui la niña gordita del salón, a la que catalogaban por ”bodoque”, “gordis”, “sandía”… esas cosas afectan, aunque no lo crean. Mi papá siempre me molestaba con mi peso cuando era pequeña y me hacía sentir inferior a él y a todos los que eran flacos, Dios mío ¿qué se suponía que hiciera?, desde los 8 años amaba comer y ese era mi defecto más grande.

Estaba pensando todo esto mientras me preparaba mentalmente para levantarme al gimnasio ese mismo día a las 9:15 a.m. Yo había hecho una promesa conmigo misma, nunca jamás en mi vida alguien me iba a volver a llamar gorda. Haría que las personas sintieran envidia de mi delgadez y de mi fuerza de voluntad. Logré todo esto, pero ¿a qué costo? 

Me sequé las lágrimas que habían resbalado por mi cara lentamente y me vestí con mi outfit favorito para ir al gimnasio. Unas mallas negras de Victoria Secret Sport, un top deportivo rosa, y porque ya lucía como un palito humano y quería que las personas a mi alrededor pudieran ver mis huesos de los hombros, pelvis y costillas, me puse una blusa palo de rosa que era de malla transparente.

Me fui al club deportivo yo sola, pues de esa manera podía durar las horas que quisiera haciendo ejercicio, y si mi madre me llamaba para ver porque duraba tanto, le diría que estaba visitando a una amiga y que se me había hecho tarde. Como me prometí en la mañana que haría cinco horas de ejercicio, lo iba a cumplir sin importar nada. Así pues, al entrar al gimnasio me subí a mi elíptica favorita y me convencí de que las siguientes 4 horas que pasaría arriba de esa máquina se me iban a pasar rápido y que al final todo habría valido la pena.

La primera hora siempre era la más complicada de sobrellevar, pues al no tener alimento suficiente en mi organismo, no tenía energía alguna. Pero aquí entra un poco de la magia de esta enfermedad, que como me acostumbre a llamarla con el tiempo “Ana”, te da fuerzas, no sabes de dónde vienen porque es irracional, ¡No has comido en semanas!, pero ahí estás, sudando a gota gorda en la elíptica, y entre más tiempo duras haciendo cardio, tienes más energía y quieres más, seguro que quieres más, nunca es suficiente, y poco a poco te sientes con la fuerza para estar ejercitándote todo el día.

Ha eso de la tercera hora de haber estado escuchando canciones de Britney Spears y Michael Jackson, mientras hacía ejercicio a mi máxima velocidad, empecé a sentir un peculiar dolor en el costado izquierdo del pecho. En el corazón. Era un pequeño calambre que se extendía poco a poco, pues empezó como algo insignificante, pero a la media hora sentía un gran ardor en el pecho.

Me convencí de que era algo que podía manejar. Al terminar las cuatro horas de cardio el malestar se había intensificado, y me hacía encorvarme del dolor. Ignoré todo esto como buena anoréxica con problemas mentales que era, y me fui corriendo a mi clase de box para no perder ni un minuto de esta. Ya casi llegaba a mi meta de cinco horas de ejercicio y nadie, repito nadie, me iba a impedir completar mi cometido.

Una vez en la clase, podía sentir como mis huesos dolían y mis articulaciones me pedían misericordia. Era día de acondicionamiento físico obviamente (si era manopleo no iba), y estaba llevando mi cuerpo al límite. Desde hace ya rato estaba sintiendo ese peculiar asco que da por falta de alimento en la parte baja de mi garganta, sentía la presión baja y que me podría desmayar en cualquier momento, y al estar haciendo las rutinas, podía ver como iba dejando cabellos por todo el salón. Pues “Ana” se lleva mucho de ti, no sólo el peso.

Yo sabía que estaba perdiendo demasiado, pero no podía parar. Lo intentas, fallas. Mi cabello se había convertido en un tercio de lo que una vez fue, se me caían cien cabellos al día aproximadamente; mis rodillas estaban moradas como pequeñas berenjenas, pues cualquier golpe o apretón causaba un gran moretón en mi piel, no recordaba lo que era sentir hambre o antojo, esos recuerdos se desvanecen en tu memoria, no sientes la necesidad de probar un chocolate o un helado, y si es que los tratas de comer, como varias veces lo intenté, te sabe demasiado dulce, como que te estas comiendo una cucharada de  azúcar pura, y te lo puedo jurar, que todas esas comidas que tanto amabas, ahora te dan asco y no las disfrutas en lo más mínimo. 

También perdí mi menstruación, por nueve meses, o un año, la verdad es que ya no estoy segura de ello. Recuerdo que eso no me importaba mucho, pues es el sueño de cualquier chica, pero en lo profundo de mi mente sentía esa espinita que me decía que si algún día quería tener hijos iba a ser demasiado tarde para mí. Pero una vez más “Ana” vencía a la parte racional de mi cabeza, y me decía a mi misma que eso no importaba, ¿qué más daba?, nunca iba a tener una pareja y muchos menos tenía ganas de cuidar pequeños niños ruidosos.

Muchos de estos pensamientos pasaban en segundo plano en mi cabeza, mientras trataba de terminar la clase de boxeo. En cuanto ésta terminó salí lo más rápido que pude del club. Sentía un asco indescriptible, que me iba a explotar el cráneo y lo único que quería era llegar a mi casa, pues tenía la certeza de que algo no estaba bien en ese momento.

Ø

¿Algún día saldré de sus garras?

Llegué a mi casa como robot, conteniendo los jugos gástricos que luchaban por salir de mi interior, lo último que había comido era ese “calórico” plato de frutos rojos a las tres de la mañana. Sentía que iba a caer al piso en cualquier instante, pero no podía dejar que esto pasara en frente de mis padres, siempre estaba ocultando todo de ellos. No permitiría que me descubrieran y me internaran, ya me habían amenazado con esto, no iba a pasar, no podía…

Me metí a bañar, Dios, si alguien hubiera visto la posición en la que lo hice, encorvada con la cabeza casi pegada al estómago, pues si me paraba en posición vertical sentía que me iba a vomitar y que mi cabeza tronaría. Duré tres minutos en la regadera, fueron los más largos de mi vida, no podía mantenerme de pie, cada segundo que pasaba parada, era un segundo más que me sentía al borde del colapso. Me sequé el cabello mal, porque ni siquiera tenía fuerzas para sostener la secadora, y me desplomé en la cama.

Las siguientes horas permanecí acostada mirando al vacío, en esos momentos es cuando uno se pregunta qué demonios está haciendo. El dolor en mi pecho era insoportable a eso de las 10 p.m. Sentía escalofríos por todo mi cuerpo, mi corazón martilleaba como una ametralladora, a lo que yo sentía eran 400 latidos por minuto, nunca había tenido taquicardias de esa manera, me estaba asustando y mucho.

Nunca había tenido tales sensaciones combinadas al unísono, me empecé a dar cuenta de que tal vez esa sería mi última noche en este mundo, era lo más lógico. Estaba muerta del miedo, comencé a arrepentirme por todo lo que había hecho, pero a la vez no… era todo muy confuso. Supuse que mi corazón se pararía en cualquier momento, lo sabía, lo podía sentir en mi interior.

Esos latidos precipitados que mi corazón estaba experimentando, lo estaban preparando para detenerse por completo. Ese frío y esos escalofríos que sentía, me estaban preparando para un estado de total inmovilidad. Entré en pánico, esto era real y me estaba ocurriendo a mí.

Pensamos que todo lo que vemos en la tele, o que les sucede a otras personas, nunca  nos pasará a nosotros. Pero estamos equivocados. En una fracción de microsegundo pude ver pasar mi vida ante mis ojos, todo lo que hice mal y las decisiones que tomé vinieron a mí. Comencé a rogarle al Señor que me perdonara por haberme hecho esto, yo no quería morir, simplemente quería ser feliz y que los demás me aceptaran, quería amar mi propio cuerpo, quería que los demás me amaran, que mi familia me amara.

¿Pero a qué costo?, al de mi vida al parecer, me había tomado estar al borde de la muerte y verla cara a cara, fijamente a los ojos, para entender que tenía que dejar ir a “Ana”, que no podía seguir así, pues ella nunca se preocupó por mí, como te lo hacen creer todos esos blogs de internet que tanto visitaba, sólo se interesó por absorber mi felicidad, mis sueños y mi pasión por vivir.

En el tiempo que pasé con ella perdí amistades, oportunidades increíbles, experiencias que pudieron haber sido inolvidables, dañé mi salud, y todo esto mientras me privaba a mi misma de los placeres de la vida. Pues antes de esto mi lógica era:

“Yo no merezco la felicidad, y si esto es así, entonces no puedo y no debe comer las cosas que me hacen sentir feliz y alegre, pues las personas gordas y solas como yo, no valemos nada y no merecemos  ser amados.”

¿Lo que yo pensaba en ese entonces, estaba en lo correcto o no? Eso no te lo puedo decir con seguridad, porque ¿quién soy yo? Nadie. Puede que en realidad no merezca nada, ¿por qué debería de hacerlo? No soy más que una persona con graves problemas mentales y una visión distorsionada de la vida y de su propio cuerpo.

La anorexia me abraza y me acoge como un lobo feroz a su presa, tal vez nunca en mi vida logré escapar de sus terroríficas garras que se incrustan hasta lo más profundo de tu ser, esas garras que te escuecen la piel y te hacen considerar la muerte con tal que el dolor cese. Esa noche de junio me quedé despierta toda la madrugada, pensando… ¿valía la pena dejar atrás a este lobo feroz? O acaso, ¿era mejor dejarme ser devorada por él? Y si es que decidía derrotarlo y sacarlo de mi sistema para siempre, ¿tendría el valor y las fuerzas para hacerlo? Me sequé una vez más las lágrimas de temor y agonía que habían sido derramadas sobre mis mejillas, y atiné a hacer lo único que aún podía hacer antes de desvanecerme en la nada, respirar…

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Crónicas realizadas durante la Semana i del Tecnológico de Monterrey, Campus Guadalajara, en el taller de Crónica coordinado por Anna Lozano y Diego Zavala.

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