“Las lindas alteñitas” de Tepatitlán se visten de morado en el 8M

9 marzo, 2020

Se hizo historia. Un grupo de jóvenes feministas decidió realizar la primera Marcha #8M en Tepatitlán de Morelos, municipio de Jalisco tan caracterizado por sus tradiciones patriarcales y conservadoras.

Aquí la crónica de esta primera acción de resistencia feminista.

Por Andrea Prado, enviada especial.

La marcha comenzó donde comienza todo: La Alameda. Diferente a su homónima en la Ciudad de México, pero igual de importante como referencia local cuando de punto de reunión hablamos. Todas habíamos estado ahí antes, pero separadas. La Alameda siempre se ha caracterizado por reunir a muchos, pero rara vez la conglomeración humana había respondido a una causa justa por sí misma. Y es que la gente en Tepatitlán va ahí porque después de recorrer unas cuantas cuadras se llega a lo que todavía sigue siendo el corazón de la vida social de sus habitantes: el centro, que de visiblemente histórico le quedan sólo dos cuadras. Porque la cosa es así, lo histórico en esta ciudad (como en muchas del país) se destruye y se reinventa para beneficio de unos cuantos, y las mujeres que al final también somos historia terminamos siendo las histéricas.

“A las 5 de la tarde en la Alameda, lleven pañuelo verde o morado y de preferencia usen negro porque estamos de luto por las que ya no están”

Fue así, ante esta convocatoria que las mujeres enlutadas volvieron a desfilar, pero estas últimas ya no son las mismas que Agustín Yañez describió en su libro “Al filo del agua”, sino que las que marcharon hoy son las nietas de aquellas.

“Las mujeres enlutadas lloran y se ponen a vestir al difunto; porque a los muertos se les viste con la misma solemnidad que a las novias; y a unos y a otras hay que rezarles y llorarles” decía por entonces el escritor sobre las mujeres que pudo haber visto en este o en cualquier otro pueblo alteño.

Pero las nietas de las mujeres enlutadas de Yañez que hoy salieron a marchar, no tienen tiempo si quiera de vestir solemnemente a sus difuntas: las matan antes de ser novias, de convertirse en amigas y son los hermanos, los tíos, primos o abuelos quienes manchan su “pureza” antes de llegar a un altar, como en los últimos dos casos, lo dicta la tradición.

¿Qué crees que suceda mientras marchemos? Se preguntaban entre sí mientras los carteles se pintaban.

-Probablemente lo de siempre-dijo Lorena acertadamente- se van a aquedar mirando de de lejos.

Y es que la cosa aquí es así: se ve de lejos y se aparenta que no pasa nada, que ni a Lorena, ni a Cynthia, ni a Claudia, Ariadna, Lucía o ni a Sofía les puede pasar algo; o peor aún, que a ninguna de ellas les ha pasado nada. Porque en esta ciudad donde todo mundo se conoce o te reconoce por el apellido, marchar significó gritarle en la cara al pasado ignorado y acatar las consecuencias que el portar un pañuelo morado o verde traiga para el futuro inmediato y a largo plazo.

“Yo estoy un poquito nerviosa, porque es la primera vez que marcho y porque estoy desafiando la autoridad de mi familia, entonces mis papás me matarían si supieran que estoy aquí, pero pues soy mujer y tengo que defenderme y defenderlas” decía una de las chicas. “Yo sé que tal vez hoy no cambiemos mucho, porque la cosa sobre todo aquí, se hacen de a poco; pero hoy al menos vimos que como yo, hay muchas más que nos casamos de fingir que aquí en Tepa no pasa nada”, decía otra de ellas.

Y aunque el clima nos favoreció, algunas miradas y comentarios no lo hicieron. Pero igual no nos importó, porque sabíamos que por más que nos identificaran como la hija, sobrina o la prima de alguien con apellido tal o cual, ninguno de nuestros jueces ahí presentes saldría a pedir justicia en nuestro nombre anclándose en la importancia del apellido; pero cuando llegamos a la plaza donde está el Kiosco nosotras les mostramos a ellos que sí seríamos capaces de reclamar justica por sus hermanas, tías, madres, primas o amigas sin importar el “linaje” del que viniesen. Y justo eso fue lo que tal vez aplaudieron otros y otras ahí, que veían lo que ocurría también de lejos pero con una nieve de Yogurt a un lado.

Y ¿Qué pasó al final? Después de gritar, “performear” y de empaparnos el alma con poesía, todas las ahí presentes tendimos nuestras historias en el nombre de Tepatitlán hecho de metal que está frente a la parroquia; historias que si bien son reales no nuevas, porque las cargaron nuestras abuelas enlutadas y las escondió la tradición. Pero hoy, las que tal vez nos conocíamos, pero nunca nos habíamos hablado del todo, nos reencontramos donde siempre para hacerles ver a las y los tepatitlenses que no estábamos todas, que nos faltan muchas y que de tanto que nos quitaron, terminaron quitándonos también el miedo.

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