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Cuando vuelvan a la calle los balones

Cuando vuelvan a la calle los balones

Columna Maroma

Por Mayra Huerta, integrante de Maroma: Observatorio de Niñez y Juventud

Van casi cuatro semanas de un encierro medianamente llevado. Estoy en casa, me hago cargo apenas de mí. Los días se han simplificado: cocino, limpio, riego plantas, me doy espacio para las lecturas pendientes, en tiempos cómodos hago entregas de trabajo solicitados. Pero mi realidad no es ni remotamente cercana a las de otros miles de familias que han podido resguardarse en casa y mucho menos parecida a las de las otras tantas que tienen que seguir saliendo a las calles. 

Michelle tiene 25 años y su hijo mayor 8, Alex cursa tercer año de primaria. Michelle estudia pedagogía y atiende casi en tiempo completo a Alex y a Meli, de nueve meses de edad. Los tres viven en una de las primeras colonias que se fundaron en la ciudad. Una que en los últimos años ha cambiado sus dinámicas drásticamente, que ha modificado la interacción de las calles aún antes de la pandemia. Una colonia, como las colonias vecinas, regida por las dinámicas que la plaza en turno indique. 

La irremediable llegada del narco les ha regresado ya a las casas con horarios definidos, con estrategias mucho más silenciosas que las campañas públicas ahora establecidas. Los grupos de niñas y niños que comparten los juegos a media tarde son cada vez más pequeños. Sin embargo, hasta hace unas semanas Alex seguía disfrutando jugar futbol con sus tíos entre banqueta y banqueta.  

-¿Alex, cómo era estar en la calle antes?

-Feliz

-¿A qué jugabas?

-Pues fútbol, a las trais

-¿Con quién jugabas?

– Con mi mamá

El juego se ha convertido en la resistencia de las y los niños, la defensa de un espacio arrebatado, la aparentemente inocente forma de habitar los espacios en común. Lo dijo Tonucci mejor que yo, no salir debería ser lo peor del confinamiento, pero las y los niños no salían tampoco antes. O, añadiría, salían aún con el miedo de los adultos que les rodeamos. 

La restricción de estos espacios que deberían ser tan suyos, les ha llevado a tomar otros y destinarlos al juego. El espacio doméstico es un híbrido ahora que sin serlo del todo intenta tomar algo del exterior, algo de las escuelas, de los patios de recreo, de las calles caminadas entre un sitio y otro.

-De mi escuela extraño educación física… y ya.

-¿Te han mandado mucha tarea?

-¿Mucha? A veces

-¿Te gusta hacerla?

-Sí, pero luego no las quiero hacer, porque mi mamá me quita el momento para jugar.

La escuela es el espacio que, en el más notorio de los casos, posibilita el aprendizaje. Pero en muchos otros momentos, es el espacio de los encuentros significativos. Del encuentro de las y los niños con sus iguales, sus iguales que no son familia y que pese a ello, son otro en el que se reconocen. Las relaciones que se tejen entre clase y clase, en el camino al baño, en los recreos cortos, en la fila para comprar comida, son imposibles de reproducirse en la experiencia virtual o en las muchísimas tareas y actividades que plantean funcionen en lugar de las clases en aula. El cuerpo de él y la niña es un cuerpo que necesita de los otros cuerpos semejantes para desarrollarse, para moverse, para abrazarse.

-¿Cómo es tu casa?

-Ammm, creo que bonita

-¿Qué te gusta más de tu casa?

-Estar en la noche despierto

Cuando pregunto a Michelle cómo es la relación con su casa contesta: Pues convivimos más, creo que de alguna manera se toman en cuenta todas las opiniones, aunque llega a ser frustrante cómo todos perdemos la paciencia a veces. Entender la casa, es entender también la familia que la habita. Y decir que la situación nos ha obligado a escuchar todas las opiniones es reconocer que las voces de las y los niños no pueden seguir haciéndose a un lado, el encaramiento con ellos 24 horas al día nos ha hecho escucharles de formas más directas. Incluso Meli, con sus nueve meses de edad, exige tiempos y espacios precisos de atención.

Nuestros espacios domésticos han fusionado a una especie de casa-búnker para resguardar nuestras vidas y resguardar las de los otros que tenemos lejos. Nos ha dado la oportunidad de re-entender este espacio que nos cobija ahora en tiempo completo y está en constante construcción. Los objetos que funcionaban de formas específicas, con una utilidad clara, de pronto se convierten en posibilidades. El zapato que es un auto, el vaso que es sombrero, la cama que es puente. La capacidad de ficción ya no es sólo de la niñez. 

Hará falta volver a hacer fuertes debajo de las mesas, pensar historias que podamos compartir, idear nuevas formas de hacer hogar. Y llegado el momento, regresar a las calles, inventarnos nuevas formas de caminar, tocar la puertas de los vecinos, devolver los balones a ese sitio nuestro.

Por último, Alex: ¿Qué vas a hacer cuándo podamos volver a estar en la calle?

-Ir con mi abuelita… y enseñarle a Meli a patear el balón.

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