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La niñez del abuelo Magdaleno

La niñez del abuelo Magdaleno

Columna Maroma

Por Emma M. Oropeza De Anda, integrante de Maroma: Observatorio de Niñez y Juventud

Apenas unas semanas atrás algunos de nosotros compartimos en nuestras redes sociales la fotografía de nuestra niñez. Ojos llenos de asombro, risas y sonrisas chimuelas, flecos trasquilados, rodillas peladas, zapatos sucios y algunos afortunados cachetes manchados de chocolate. Imágenes de niños y niñas felices, con la cabeza llena de curiosidad por todas las maravillas del mundo y el cuerpo dotado de herramientas de exploración, experimentación y expresión. ¿Cómo es la tuya? ¿Tienes la fortuna de tener impresa la imagen de tu recuerdo más especial?

En las memorias de mi niñez siempre está mi abuelo Magdaleno, siempre con la cabeza llena de curiosidad por todas las maravillas del mundo; apoyando y promoviendo nuestra libertad de vivir de acuerdo a nuestra edad e intereses. Baños de lodo, fosas de ranas, bailes bajo la lluvia, clases de matemáticas y ciencia mientras nos enseñaba a sembrar, pasteles con un piso por cada año cumplido, albercas, fogatas, nieve para desinflamar la garganta, juegos de canicas con las bolitas de chivo… y él siempre sentado a la sombra de un árbol inmenso como su creatividad y sus ganas de vivir la niñez que su época e historia familiar le arrancaron.

Cuando tenía 12 años mi abuelo acompañó a su padre a participar en un rodeo. El padre de mi abuelo era un jinete estupendo, hacía saltar y bailar a su caballo con tanta gracia que quienes les veían se llenaban de alegría, gritaban, cantaban, brincaban y aplaudían con tanta emoción que aquella tarde en que su caballo tropezó y cayó sobre él, matándolo instantáneamente, parecía imposible. Esa tarde la niñez de mi abuelo se congeló. Imagino al pequeño Leno corriendo lejos de esa espantosa escena, evitando con todas sus fuerzas imprimir en su memoria la imagen de su padre muerto. Imagino su soledad, sus gritos, su impotencia, su rabia y la tristeza con que se convirtió en el hombre de la casa.

El hombre de la casa en la década de los 40 del siglo pasado no jugaba con lodo, tampoco atrapa mayates para admirar sus lomos verdes bajo los rayos del Sol, no lloraba ni hablaba de sus tristezas y miedos, no lo hacía ni aunque fuera un niño de 12 años con el corazón destrozado como una fresa empuñada con fuerza. La historia de la niñez, no sólo la del pequeño Leno, es tremendamente dura y sus consecuencias tan devastadoras como prolongadas por generaciones.

Tú cállate, no opines, no pienses, no sientas, no te metas que son cosas de adultos.

Los niños no entienden, están chiquitos, no saben, no tienen voz. Los sin voz, eso significa infancia si buscamos su origen etimológico. Es tremendo reconocer a la niñez como seres incapaces de expresar, como seres incompletos, extensiones de sus padres o mini adultos. Se sabe que, antes de 1600, siete de cada diez niños no sobrevivían a los 3 años de edad, así que en la Época Medieval se les trataba con indiferencia emocional hasta que cumplían siete años, entonces se les consideraba mini adultos, una etapa no asociada al juego ni a la exploración sino al comienzo de la vida laboral, casi siempre por medio de la explotación laboral o sexual. Cuando los índices de sobrevivencia aumentaron los padres comenzaron a tratar a los niños con un poquito de más interés y afecto.

Después del año 1600, en algún momento del Siglo XVII, se comenzó a entender al periodo de los primeros años de vida como una fase particular de la existencia humana, a la que se nombró infancia, los sin voz. Aunque surgieron cambios importantes como la aparición de la unidad familiar y el sistema educativo, en el Siglo XVIII la industrialización aumentó la explotación de la niñez, y ésta comenzó a ser objeto de lástima y beneficencia. Durante el Siglo XIX el Estado se convirtió en el responsable máximo del bienestar de la niñez, por su puesto que se debió a intereses de crecimiento económico, así que pese a ello la niñez seguía sometida a la pobreza y la enfermedad.

El Siglo XX, el siglo en que nacimos mi abuelo y yo, fue un periodo lleno de guerras; sin embargo, el Estado subió su apuesta y asumió cada vez más la responsabilidad de la niñez en materia de salud, crianza y educación, por supuesto todo en beneficio del crecimiento económico y el desarrollo social.

Svetlana Alexiéich en su libro “Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial”, recopiló testimonios de vida de quienes fueron niños durante la guerra, lejos, pero muy lejos están de asemejarse a la parodia que se narra en Jojo Rabbit. Entre las voces de la niñez de la Segunda Guerra está la de Tamara Parjimóvich, quien tenía 7 años en 1945 cuando la guerra terminó. Tamara, ya mujer adulta, en 1985 cuando se publicó la edición original del texto, reconoció:

“No se me da bien la felicidad. Me da pánico. Siempre me parece que se acabará de un momento a otro. Y ese ‘de un momento a otro’ me acompaña siempre. Aquel miedo infantil…” (p. 73, 2016).

La niñez del Siglo XX nació y creció en guerra casi en todo el mundo, México no fue la excepción, el tabasqueño Andrés Iduarte Foucher cuenta en su biografía su experiencia de huida nocturna de la casa familiar, escuchando balazos y presenciando fusilamientos. No son pocas las fotografías en que aparecen niños y niñas soldados o explotados en el campo. Tampoco son pocas las anécdotas familiares en que se habla de la Guerra Cristera como una continuación de la Revolución, porque para los niños del México en guerra no hubo periodos de paz que les ayudaran a comprender las razones de uno y otro conflicto bélico. 

¿Puedes reconocer las consecuencias de la niñez de tus abuelos en la vida de tus padres o directamente en la tuya? ¿Si pudieras viajar el tiempo les darías la oportunidad de vivir una niñez más amorosa y llena de respeto? ¿Te imaginas cómo cambiaría la secuencia de hechos en tu vida hasta el día de hoy? Hay que reconocer también que niñez no es destino, y existen afortunados niños resilientes como mi abuelo, que pese a su dolor se abrazan a un caballo y montados en él descongelan su infancia y se permiten volver a la tierra, a la lluvia, a las ranas, a la vida.

En el Siglo XXI seguimos en guerra, pero es alentador el lento pero continuo proceso de desarrollo de la noción de niñez, ya no de infancia. Es alentador porque niñez no es destino, pero sí recuerdos, sí fotografías grabadas en la memoria, sí sensaciones de una misma y posibilidades de expresión, porque la niñez no es pasiva sobre su propia realidad, no es silente, tiene voz, tiene palabras, sonidos, formas, colores, movimientos, tiene cien lenguajes como escribió Malaguzzi. Es de esos procesos expresivos que nos aleja del trauma y nos acercan a la vida más silvestre y rica es de los que quiero hablar la próxima vez que me toque el turno de dialogar a la distancia con ustedes.

¡Hasta pronto!

Columna de Maroma: Observatorio de Niñez y Juventud

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