Niñas y niños indígenas migrantes jornaleros ante el COVID-19

Columna Maroma

Por Gricelda Pérez Hernández, integrante de Maroma: Observatorio de Niñez y Juventud

Foto portada por Cristian Leyva/@fotografocristianleyva

La pandemia que surgió a partir del coronavirus de tipo 2 causante del síndrome respiratorio agudo severo (Covid-19) ha puesto en evidencia la enorme desigualdad social que existe en México y en todo el mundo. Es en este contexto en que, a las personas, un conjunto menor de “privilegiados”, se les considera “responsables” por qué tienen la capacidad y medios suficientes para atender a la medida de “Quédate en casa”, y precisamente a los que tienen que salir todos los días a trabajar, la mayoría de hecho, los señalan como “irresponsables” y/o “incrédulos”, descalificando totalmente la necesidad de llevar el pan a sus hogares.

Es apenas en un cuarto de ocho metros cuadrados donde convive una familia de indígenas migrantes cada temporada de siembra en diversas regiones del país, que funciona como hogar. A estos espacios se les conoce con el nombre de Galeras, que son vecindades asignadas para las familias que emigran de un contexto rural con la esperanza de encontrar trabajo , huyendo de las condiciones de pobreza, violencia y desigualdad en términos de acceso a servicios públicos, encontrándose así vulnerables, sin las condiciones sanitarias, sociales y económicas básicas.

Es así, en este contexto, en que el distanciamiento físico -mal llamado social- es prácticamente imposible en el contexto de las Galeras, para los habitantes de estas comunidades que viven en franco hacinamiento no tiene sentido, ya que su necesidad imperativa de sobrevivir los ha limitado a convivir en espacios muy reducidos, donde cohabitan familias de 4 a 6 miembros, en los cuales la mayoría son niñas y niños.

Así pues, con frecuencia las necesidades de las niñas y niños indígenas migrantes son invisibilizadas ante la cantidad de necesidades propias de toda la familia como el acceso a la canasta básica, vivienda, alimentación, vestimenta, descanso y esparcimiento, incluso, en tiempos de “normalidad”.

A los riesgos de salud presentes se les suman los generados por el COVID-19, lo que los convierte en riesgos insondables; por las condiciones inmunológicas, las limitaciones estructurales y sobre todo el acceso a los servicios de salud que se les coartan por no pertenecer a un padrón electoral de interés político, al no ser residentes permanentes del municipio en el cual trabajan.

El trabajo agrícola es una ocupación considerada desgastante y peligrosa, ahora sumemos estas variables a la condición de ser niñas y niños. En el informe de la Organización Internacional del Trabajo: Estimaciones mundiales sobre el trabajo infantil; Resultados y tendencias (2012-2016) refiere que cerca de 107 millones de niños y niñas de entre 5 a 17 años en el mundo son víctimas del trabajo infantil en la agricultura, que pertenece a uno de los sectores considerados más riesgosos y peligrosos para la salud, agregando a esto, la mayoría de estos niños y niñas no reciben remuneración por tal trabajo, debido a que es considerado sólo como “apoyo” a la economía familiar.

Aunado a las anteriores variables se les ha sumado en los últimos meses la exposición diaria al COVID-19, ya que en su contexto la palabra “cuarentena” no existe debido a que parar actividades para ellos y sus familias implica un grave agravio a su calidad de vida.

Por lo anterior, la niñez migrante tiene un elevado grado de vulnerabilidad como consecuencia de ser niñas y niños, migrantes, indígenas y jornaleros que los colocan en una situación cíclica y crítica de pobrezas. Sin duda alguna, el Covid-19 acentuará la privación de esta comunidad vulnerable de los servicios de protección esenciales de los que dependen y exacerba los riesgos que ya de por sí enfrentan para su sobrevivencia y bienestar.

Así pues, la “nueva normalidad” de la que tanto hablan en los medios de comunicación, sólo aplicará para algunos, debido a que para las comunidades indígenas, migrantes, jornaleras será la misma realidad que han vivido durante siglos de precariedad.

Columna de Maroma: Observatorio de Niñez y Juventud

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