“Un maestro inconforme y amoroso”

26 mayo, 2020

En ZonaDocs creemos que el periodismo es y debe ser un acto de memoria; por ello, este es el primer perfil del proyecto “COVID-19: Historias de vida y memoria”, donde se da rostro y vida a cada una de las personas que, lamentablemente, perdieron la vida a causa del COVID-19, enfermedad que causa el coronavirus.

Esta segunda historia es la de Ricardo de 54 años. Sociólogo y doctor en Desarrollo Social, pero sobre todo un activista que sabía teorizar desde la práctica y las vivencias cotidianas de las personas. Desde la academia peleó por la transparencia gubernamental y contra la corrupción, pero sobre todo impulsó a jóvenes investigadores para que sus conocimientos se enfocaran en el cambio social.

Su historia es narrada por sus amigos Víctor Villegas y Osmar Farías.  

Por Darwin Franco / @DarwinFranco

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Cuando uno busca información sobre Ricardo Joel Jiménez González de las primeras cosas que aparecen son las acciones que emprendió por la transparencia gubernamental y el combate a la corrupción. También es posible leer sus trabajos académicos focalizados en el municipalismo mexicano y en los sistemas municipales anticorrupción. 

Lo que no aparece son aquellas largas charlas que, al calor de unas cervezas, sostenía con propios y extraños en la cantina Don Ramón, ubicada en el centro histórico de la Ciudad de México. Tampoco aparece su afición a la buena música que va desde Pink Floyd, David Bowie, Morrissey hasta José José y, por qué no, también una buena salsa. 

Quien fuera pionero en el Colectivo Ciudadanos por Municipios Transparentes (CIMTRA), miembro de Arkemetría Social e impulsara la creación de Innovación Cívica, organizaciones civiles que buscan impulsar el fortalecimiento y la innovación democrática, falleció el 5 de abril a causa de COVID-19.

En una sentida despedida de sus compañeros de CIMTRA, estos definieron a Ricardo como:

“Maestro y guía, logró sembrar semillas formando personas íntegras, responsables, capaces de impactar en nuestra sociedad y sentar las bases para construir un mejor futuro. Innovador y dedicado a construir proyectos colectivos en equipo; siempre impulsaba el trabajo en equipo, era solidario nunca individualista: eso en un líder es sui géneris, pero así era Ricardo, ave raris en la burbuja pública”

Sus colegas y otroras alumnos, Víctor Villegas y Osmar Farías, hablan de Ricardo también como un maestro y guía que si algo hizo por ellos fue escucharlos e impulsarlos a creer en sus conocimientos, pero también a hacer de éstos acciones concretas para cambiar la vida de las personas.

“Él era un colega con el que trabajamos muchísimo desde la sociedad civil, pero más que eso era un amigo con el que íbamos a echar chela, incluso, tuvimos la oportunidad de ir a varios conciertos juntos; por ejemplo, al de Rogers Waters en el Zócalo. Fuimos amigos y desde esa amistad nos enseñó a creer en lo que hacíamos”, cuenta Víctor. 

Por su parte Osmar agrega:

“Ricardo era muy receptivo, empático y abierto, yo tuve la fortuna de acompañarlo en estos dos últimos años donde en un proyecto de Naciones Unidas fuimos de un lado para otro dando talleres a mujeres de base hablando sobre corrupción (…) trabajamos muy de la mano en estos dos últimos meses en proyectos independientes, lo que consolidó todavía más nuestra relación; ahora todo tiene otro significado o le das un simbolismo distinto después de lo que desafortunadamente pasó. Yo lo tengo en la memoria como un maestro, un gran amigo, un colega que sin duda marcó toda mi vida profesional”.

Y quizá la marcó porque Ricardo era un inconforme, una persona a la que le incomodaba la desigualdad social, la corrupción y la simulación de los funcionarios públicos que solían (y suelen) llenar sus discursos de falsas promesas, pero muy pocas acciones. 

“A él le molestaba mucho las pocas ganas de hacer cosas por parte de las demás personas, sobre todo las de la administración pública; él decía les estamos dando todo en bandeja de plata para que podamos cambiar y participar, para que se le pueda dar la relevancia suficiente a los grupos locales, pero le molestaba ver el abuso de poder. Yo creo que al final le molestaban muchas cosas y no veía muchas esperanzas; creo que estaba viviendo un momento de desilusión porque no había cambios en aquellos que prometían de dientes para afuera”, señaló Osmar. 

Por ello, como recuerda Víctor, Ricardo había desarrollado una habilidad para detectar a esos funcionarios a quienes no dudaba en criticar; sin embargo, él considera que algo más chingón que su lucha contra la corrupción es que nos enseñó a muchos a luchar contra ella: 

“Ricardo tenía otra idea sobre la juventud porque muchas veces los adultos nos tratan como niños, pero él no era así; él te escuchaba activamente y se interesaba en ti. Él creía en el relevo generacional y buscaba que nos involucráramos con todo y sin miedo. También buscaban que nos involucráramos desde la revalorización de los saberes que no son académicos, pero que están ahí afuera y están funcionando en la organización comunitaria y la rendición de cuenta a las autoridades; por ejemplo, en los municipios regidos por sistema de usos y costumbres”.

A decir de Osmar esa capacidad de escucha le hacía aprender demasiado de las otras y los otros, pero esto no se lo quedaba para él, sino que siempre lo compartía en las aulas, en las fiestas, en los viajes y en esas oportunidades que él se deba para conocer a las personas con las que compartía proyectos y conocimientos.

Ricardo rodeado de sus colegas y amigos.

Algo que van a extrañar de él, confiesan ambos, es el poder compartir vida, ya que Ricardo se dio tiempo para abrir su corazón y hacerlos partícipes de esa capacidad de amar. Para ambos, él era un ser amoroso y sensible. 

Dicha sensibilidad, dicho sea de paso, Ricardo la dejó plasmada en la poesía que escribía en sus tiempos libres como aquella que dedicó a la poeta estadounidense, Anne Sexton: 

¡Qué tristeza de encontrar en el amor la certeza de todo! Mi alma es el pez dorado que choca contra el vidrio cuando todos se han marchado a dormir.

O toda la que quedó plasmada en su libro “El club de la vanidad” que dedicó a su esposa Lulú y donde hacía alusión a su manera particular de vivir su religiosidad:

Jesús; hombre, cabrío;

desenterrador; pondré en tu pecho las flores del

campo, escucharé tu respiración mientras duermes;

me tenderé junto a ti como tu mujer; como una

piedra que desea ser tocada para revelar el futuro;

descifraré el cielo en los ojos de los ciegos que creen en ti.

Muchos de estos versos, pero aún más las anécdotas extrañarán las tardes y las noches en que Ricardo compartió en la cantina Don Ramón. Donde, a decir de Víctor, todos le conocían y donde él conocía a todos aquellos amantes del alcohol, y donde de las pláticas profundas con él eran ya parte del paisaje del lugar. 

A Ricardo le gustaba hablar de todo y como buen sociólogo nunca dejaba de realizar analogías y metáforas sobre la vida social, las cuales relacionaba con las cosas de leía, veía o escuchaba, como aquella vez que él y Osmar fueron asaltados en el transporte público cuando venían de Cuautitlán Izcalli, Estado de México, luego de haber presentado a las autoridades municipales un proyecto anticorrupción. 

Tras ser despojados de sus cosas, la alegoría que Ricardo hizo relacionando lo que les pasó con la película coreana Parásitos, no ha dejado de estar presente para Osmar.    

Ricardo la noche en que recibió el primer lugar en el Premio de Contraloría Social en el Estado de México, organizado por la Contraloría del Estado de México.

Finalmente, Víctor considera que para que otros sepan quién fue y es Ricardo Joel Jiménez González se debe reconocer su capacidad para hilar y traducir grandes discusiones teóricas y llevar éstas a todas las personas:

“Él era así, pero también era un padre amoroso y un hombre desmadroso, platicador y amante de la buena música. Además tenía una personalidad que no había manera de no terminar platicando con él de cosas chidas”.

Por su parte Osmar fue puntual al señalar que si él pudiera presentar a Ricardo de alguna manera diría que:

“es alguien que desde el principio te va a sorprender por la capacidad que tiene para entablar una conversación contigo; es una persona que si le das una idea con esa va a desarrollar una charla por horas, y si esto, además, sucede en Don Ramón, su lugar favorito, podrás estar con él platicando de todo tipo de temas sin cansarte”.

Por ello, su muerte, sostiene Osmar, es muy paradójica porque Ricardo siempre fue un ser muy sociable que le gustaba estar entre la multitud hablando y eso es algo que roba el maldito coronavirus: la capacidad de estar con otros:

Siendo él un ser tan sociable, no imagino lo que fue enfrentar esta situación aislado y completamente solo… no podré saber jamás qué fue lo que él pensó, pero sí sé que esto fue totalmente lo contrario a como era él en vida”.

Sin embargo, a sus amigos y alumnos les reconforta la idea de que Ricardo va a seguir vivo en sus memorias y mientras le sigan nombrando y recordando a través de lo que les enseñó: a incomodarse por las desigualdades, los abusos de poder y a utilizar el conocimiento teórico y práctico para atreverse a desafiar el status quo y luchar por gobiernos democráticos y abiertos que trabajen para beneficio de todas las personas.

A Ricardo le recuerdan su esposa Lulú y su hija, Alina; así como todos sus colegas y amigos a los que enseñó a creer y proponer, ya que quedarse quieto nunca fue una opción para él.

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Aquí todos los detalles para formar parte de este proyecto periodístico de memoria y vida.

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Darwin Franco

Me encanta hacer periodismo y contar con dignidad las historias de quienes confían en mi trabajo. Me encanta ser profesor y aprender de mis alumnas y alumnos. Creo que el periodismo es una potente herramienta de paz y esperanza.

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