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Vejez, desempleo y COVID-19

Vejez, desempleo y COVID-19

Los adultos mayores son la población más vulnerable frente al virus COVID-19; conforme a la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID), hasta el 2018, en el país había 15.4 millones de personas de 60 años y más, de las cuales 1.7 millones manifestaron vivir solas.

Aquí se da espacio a las voces de cuatro adultos mayores que, como muchos otros, han perdido su trabajo debido a la cuarentena. Ninguno de ellos recibe paga, sustento o apoyo de parte de alguna empresa o dependencia de gobierno; por ello y pese al riesgo, no han dejado de salir de casa para trabajar y tener con qué alimentarse.

Textos y fotos por Christian Noe Cantero Mora / @ChristianChMalv

Olivia Torres es una mujer de 69 años. Ella tenía un trabajo estable que le permitía salir adelante con los gastos que, día con día, tiene que solventar. Siempre se ha dedicado al comercio y cuenta que anteriormente tenía un puesto de comida en el que trabajaba con sus hijos y el cual tuvo que seguir administrando sola.

A partir de la cuarentena impuesta por la llegada del COVID-19, las cosas fueron distintas, no pudo seguir laborando su negocio y ha tenido que comenzar a sobrevivir con lo poco que tiene.

Este contexto es necesario para entender un poco de la situación de Olivia; el 22 de abril de 1992, ella se encontraba cerca de las calles afectadas por las explosiones en Guadalajara. Narra cómo vivió la tragedia de ese día y cómo lamentablemente fue parte de eso:

 “Estaba vendiendo comida a fuera de mi casa, sentimos como tronó la tierra y a mí y a una hija se nos vinieron escombros encima, pensamos que nos íbamos a morir (…) como sea salimos y otra de mis hijas estaba gritando muy fuerte, en la parte de arriba habían caído algunas partes del cuerpo de una persona… fue muy feo y muy fuerte, aún tengo secuelas de ese día”.

Hace un tiempo, la señora Olivia vendió su casa para pagar gastos médicos generados a raíz de un accidente que tuvo en el 2008, ahora vive con un problema en la columna que casi no le permite caminar; sin embargo, tiene que hacerlo para vender salsas y gelatinas que hace en casa porque “la renta le toca la puerta” cada mes.

Antes de la cuarentena, Olivia vendía yogurt a los niños que iban de paso a la escuela; ahora los niños ya no pasan y tiene que venderlo de puerta en puerta. Ella cuenta como ha sido frenada en varias ocasiones por elementos de la policía municipal:

“Yo les dije, si me ven, ni me digan nada, o si me van a llevar, llévenme a donde me puedan dar una ayuda (…) no puedo caminar bien, soy una mujer sola, aunque tengo a mis hijos, ellos están igual o peor con sus gastos. Yo tengo que vender, y no puedo porque me quieren detener, cualquier día de estos me dejan en la calle o me llevan internada por el virus”.

En México, las personas de 60 años y más que viven solas se exponen a vulnerabilidad, debido a que no cuentan con una red familiar que les apoye en un momento de su vida donde su salud o sus condiciones económicas puedan ser precarias; así lo ha precisado el INEGI.

Daniel Miranda es un hombre de 57 años. Él siempre ha trabajado de forma “particular” y “aunque sea de a poco, siempre ha sacado para los gastos”, ahora él describe su situación como que “apenas sale para librarla, para no tener hambre porque la cosa va mal, nos va muy mal, tengo miedo porque ya nos está alcanzando la enfermedad”; un familiar “del otro lado” le apoya con poco trabajo en una casa cercana a donde vive Daniel.

Antes de la cuarentena, él tenía un trabajo cerca de la Central Nueva de autobuses en Guadalajara, ayudaba en la construcción de unos departamentos; ahí laboraba la planta baja hasta que “los descansaron” sin paga, sin seguro, sin nada. Daniel justifica su despido porque no es parte de una empresa o una compañía.

Él tiene 3 hijas que estudian la secundaria, se transporta en una bicicleta porque tiene un problema en la rodilla que no le permite doblarla y eso le dificulta para caminar con normalidad, busca empleos de albañilería. Eso es lo que ha hecho toda su vida.

Para Daniel, el coronavirus existe y sabe que es arriesgado y peligroso salir a la calle, pero también pertenece a la población que lamentablemente si no trabaja un día, ese día no come, ni él, ni su familia.

La Organización de las Naciones Unidas tiene como principio fundamental reconocer a las personas de edad (adultos mayores) como aquellas que contribuyen al desarrollo de un país, por lo que se hace esencial que las políticas públicas y sociedad en conjunto tomen medidas para protegerlos; lo cual no se ha respetado durante la pandemia.

Pedro Gallardo es un hombre 78 años. Él muy sonriente y platicador, padece una parálisis que le permite moverse lento y hablar con dificultad. Sale a las calles a vender chicles y mazapanes porque necesita dinero, tiene a su esposa en casa, está enferma.

El señor Gallardo lleva puesto su cubrebocas y está parado a fuera de una Farmacia Guadalajara, ahí saluda a las personas y ofrece sus dulces, entonces, él dice:

 “a esto me dedico a ratos, no puedo parar, mi esposa es mayor también y está enferma, es así, no hay de otra (…) nos toca de ley rifárnosla día con día porque desde que nacemos no sabemos a qué venimos, a esa (la muerte) no se le han podido zafar ni los santos, ni los científicos, mucho menos un viejito (…) igual a todos vamos a chupar faros, porque no nos la están contando, lo estamos viviendo”

La policía también fue parte concurrente en los días de Pedro, cuenta que en repetidas ocasiones le han advertido la reiteración más habitual, la de quedarse en casa :

“Los policías me dijeron, que use cubrebocas, que me lave las manos, que me quede en mi casa, hasta me dijeron que el virus mata más rápido a los viejitos, pero ¿Quién me va a dar de comer?”.

De acuerdo con la encuesta ENADID 2018 del INEGI, 27.1% de las personas de edad que viven solas tiene discapacidad y 42.3% alguna limitación para realizar alguna actividad considerada básica; por ejemplo; caminar, subir o bajar usando sus piernas; ver; mover o usar brazos o manos; aprender, recordar o concentrarse; escuchar; bañarse, vestirse o comer; hablar o comunicarse y realizar sus actividades diarias por problemas emocionales o mentales.

Cuatro de cada diez personas de 60 años y más que viven solas (41.4%) son económicamente activos, siete de cada diez (69.4%) personas de edad avanzada que viven solas presentan algún tipo de discapacidad o limitación.

Marianita Vega es parte de la población de adultos mayores que vive sola. Hace tres años falleció su esposo a causa de cáncer, un proceso que ella recuerda como “cansado y caro”. Habla también de como a partir de eso perdió el ingreso que su esposo aportaba y que, aunque tiene un apoyo del gobierno y un núcleo familiar, en esta cuarentena no es suficiente para solventar los gastos necesarios para tener una vida digna.

Antes de morir, ella y su esposo recorrían las calles arrempujando un carrito de supermercado en el que recolectaban botellas, cartón, latas y pedazos de alambre o chatarra, era un ingreso que buscaron juntos a raíz de la perdida de empleo por la vejez, edad que llegó sin pensión o programa de retiro.

Ahora ella lo hace sola, aunque con menos frecuencia por miedo a ser detenida por los policías.

Desde hace aproximadamente 42 años, la señora Marianita fue diagnosticada con diabetes, enfermedad que poco a poco fue deteriorando su salud; pese a ello, tiene que salir de su casa y caminar hasta casa de una de sus hijas donde uno de sus nietos le administra una inyección de insulina, de forma diaria, por la mañana y por la noche.

El apoyo que recibe por parte del Programa “60 y más” es de 2 mil 500 pesos cada dos meses, de los cuales puede gastar en promedio 42 pesos por día. Esto en un estado donde la canasta básica puede llegar a costar hasta 2 mil 780 pesos, esto con una medición de productos que conforman la canasta básica obtenidos del Sistema Nacional de Información e Integración de Mercados. A esto hay que sumarle los gastos médicos entre los que se encuentra la insulina con un precio entre los 370 y 563 pesos por frasco.

Con la cuarentena llegan condiciones difíciles para los que trabajan para poder vivir, situación que se agudiza con las y los adultos mayores y no sólo por ser parte de la población vulnerable a enfermar de COVID-19, sino porque muchos de ellos se encuentran entre las 707 mil 055 personas que han perdido su emplero durante la actual pandemia.

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