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Autismo y cuarentena

Autismo y cuarentena

Columna Maroma

Por Jhoanna Manríquez, integrante de Maroma: Observatorio de Niñez y Juventud

Conozco a Israel desde que era un niño y tengo alrededor de dos años y medio trabajando directamente con él. Ahora tiene 16 años, le gustan las matemáticas y correr, pero no tanto como las galletas de chispas de chocolate. Le gusta hacer chistes que sólo él entiende y con los cuales le gusta morir de risa.

Sus compañeros de clase lo quieren mucho y lo incluyen en los equipos de trabajo, pero también lo invitan a muchas fiestas, nunca va porque no le gustan los lugares desconocidos; sin embargo, le siguen invitando con la esperanza de que un día vaya.

Ya van a ser tres meses que la rutina cambió, para él y para todos. No lo veo llegar a la escuela queriendo apretar el timbre, con ese gesto de vagancia y la pregunta obligada: ¿Qué día es hoy?

Tiene semanas que no pregunta qué día es hoy, ya no importa, todos son iguales. Al principio le costó mucho acostumbrarse a la cuarentena, de alguna manera se preguntaba cómo era posible que papá siguiera trabajando y él tuviera que quedarse en casa, y no sólo eso, hacer tarea en casa.

Como era de esperarse, al romperse la cotidianidad ha tenido diferentes cambios de humor, tristeza y enojo porque no sólo se le ha quitado el colegio, también la abuela y otras personas y lugares que formaban parte de su concepción del mundo. Llorar por mucho tiempo, correr por toda la casa sin descanso han sido sus válvulas de escape.

Ha sido un reto para la familia acompañar estos episodios porque están viviendo su proceso individual tratando de digerir esta situación extraordinaria y lo que implica personalmente. Plantearse el regreso a la “nueva normalidad” crea incertidumbre y temor de que personas como Israel, que necesita el contacto físico para relacionarse con otros, sean aislados de por vida. Esa es una de las preocupaciones más significativas de su mamá.

Pero vamos, no todo ha sido tristeza y desesperación. Su hermana que es muy comprensiva con la situación ha ayudado bastante a Israel a contener sus crisis, han conectado más como hermanos y se ha hecho más consciente de complejo que puede ser para él. Su mamá ha estado acompañando y adecuando las tareas de la escuela y han logrado hacer un gran trabajo.

Por fin Israel he logrado entrar a la alberca y mojarse de cuerpo entero después de años de tener terror al acercarse. Aunque es poco verbal logra comunicarse y hacer entender al otro que comprende lo que está escuchando. Su avance no se ha detenido, sigue a pesar de las dificultades.

El vínculo afectivo es lo que ha hecho que Israel continúe con sus avances no sólo académicos sino cotidianos. Ha mejorado en la tarea de tender la cama, se lava mejor los dientes; cosas que para cualquiera pudieran pueden parecer simples, pero que representan un reto para las personas con esta condición.

El vínculo, la empatía son básicos para acompañarnos los unos a los otros en estos tiempos difíciles, dar espacio para la expresión de sentimientos como la tristeza y el enojo ayudan a que los días sean más llevaderos.

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Maroma: Observatorio de Niñez y Juventud

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