Tiempos violentos

Por Igor González, investigador de la Universidad de Guadalajara

Foto portada: Iván Basulto / @basultophoto.

Son las 3:37 de la madrugada. No me di cuenta cuando dejó de ser jueves. Hace un calor espantoso aquí. Y sin embargo, me tiemblan las manos (no sé si es la rabia o el miedo). Durante buena parte de la noche he estado atento al desenlace de la manifestación llevada a cabo frente al Palacio de Gobierno de Jalisco. Sé (porque les vi en las transmisiones en vivo, en las fotografías que constantemente subían a las redes) que entre las y los manifestantes hay jóvenes a quienes conozco, admiro y aprecio. Además, muchos y muchas de quienes hacen labor periodística y reportan los sucesos son ex-estudiantes de alguna de mis clases. Veo la violencia policiaca y tiemblo. Tengo miedo. Tengo miedo y estoy encabronado. Veo dos de las muchas fotografías tomadas por Fabricio Atilano la tarde anterior. Me parece que ambas imágenes ilustran a la perfección la indignación y la rabia que constituyeron el espíritu de la protesta. En la primera de ellas aparecen dos policías estatales que patean con saña a un joven que está tirado en el piso, indefenso. En la otra se observa, a la distancia y en llamas, una patrulla de la misma corporación policiaca. Más tarde veo también como alguien le prende fuego, por la espalda a un policía. Hace calor infernal esta madrugada. Y yo tengo escalofríos.

Foto: Iván Basulto.

Ya es la noche del viernes. Sigo pegado a la pantalla. Veo en algunos noticieros de alcance nacional los videos de la protesta realizada unas horas antes en las instalaciones de la Fiscalía del estado. Las imágenes muestran a policías (unos uniformados; otros vestidos de civiles) armados con palos, piedras, tubos, armas largas. Prevalece una lógica troglodita que amedrenta a quienes quieren ejercer su derecho a manifestarse. Golpes. Violencia. Parece que les dieron la indicación de criminalizar el desasosiego. Otras imágenes muestran a personas (supuestos policías, sin uniforme), encapuchadas, armadas, y a bordo de un vehículo sin placas. Éstos golpean y se llevan a algunos de las y los manifestantes. Literalmente los secuestran. Los desaparecen. Tiemblo de nuevo. Conozco bien el riesgo. Aprieto puños y dientes. Recuerdo otros videos en los que he visto cómo operan los cárteles cuando hacen sus “levantones” y no encuentro diferencia. Excepto por la pequeña salvedad de que en esta ocasión quien se lleva a las y los jóvenes son miembros de la policía estatal. Exacto: fue y es el Estado.

Foto: Mario Marlo.

Madrugada. Escucho los mensajes (no tengo estómago para ver los videos) de Enrique Alfaro en los que se intenta justificar el actuar de los cuerpos de seguridad. Intolerancia y autoritarismo. Falta de respeto a periodistas. Regaños y señalamientos a diestra y siniestra. Desmarcajes. Acusaciones. Paranoia. Tirar la piedra y esconder la mano. Dice el gobernador (una joya):

“Ayer la Policía actúo con toda la prudencia. Hizo todo lo que se podía para resistir un embate de gente que venía a provocarlos. No voy a aceptar un señalamiento en otro sentido”.

Otra joya del gobernador:

“La pregunta es: ¿y ahora por qué se van a manifestar? El reclamo era justicia. Está informándose de manera puntual que están detenidos los presuntos responsables de los hechos”.

Uno piensa en las imágenes que revelan el desempeño de la policía estatal y ahí hay todo menos prudencia. Ahí hay todo menos justicia. Más aún: la represión de las y los jóvenes manifestantes, efectuada por los cuerpos policiacos bajo el mando del gobernador es, de suyo, un factor de indignación y de rabia que amerita un profundo proceso de protesta. Ni hablar del terrible uso que él y su equipo de comunicación hicieron de algunas imágenes de protestas y manifestaciones que se realizaron en contra de su gestión. ¿Con qué fin? Simple: para “educarnos” acerca de cómo debemos manifestarnos. Vaya cinismo. Hace calor. Y en mis oídos todavía suena el audio de los videos en los que Alfaro está siendo… Alfaro.

Foto: Iván Basulto.

¿Cómo le doy sentido a todo esto? No lo sé. Por el momento pienso que me puede ser útil la noción de nuda vida. Haré un desvío breve. Recuerdo por ejemplo que hacia finales del siglo XX Giorgio Agamben se embarcó en una tarea titánica: buscó llevar hasta sus últimas consecuencias las reflexiones esbozadas por Foucault en buena parte de sus obras. De este modo, el conocido profesor italiano, asiduo de Heidegger, se propuso como tarea pensar la política más allá del biopoder.

Entre 1995 y 1996 estos esfuerzos quedaron plasmados en sus textos titulados Homo sacer: Il potere sovrano e la nuda vita; y Mezzi sensa fine. Ahí, a través de un pensamiento que va de Platón a Kafka, Agamben argumentó que la politización de la vida como tal, es decir, de la vida nuda, constituía el acontecimiento fundacional de la modernidad. Aquí lo crucial resulta en reconocer que en nuestra contemporaneidad lo vital se perfila como uno más de los objetos que se gestionan desde el poder.

De hecho, si mal no recuerdo, la hipótesis central que articula tanto al Homo Sacer como al Mezzi sugiere, entre otras cosas, que los regímenes políticos contemporáneos habitan hoy un espacio que -subrayo- tiende a clausurar a los sujetos, que los tutela prácticamente en cada uno de los aspectos de su vida. Y desde luego, busca gobernarlos, también, en relación con su muerte. Asignar la vida. Legitimar la muerte.

¿Qué quiere decir lo anterior? Básicamente implica que en estos regímenes el ser humano es despojado por completo de su bios, de la vida que le es propia, exclusiva, y queda expuesto en su pura zoé, es decir, deshumanizado, reducido a la vida a secas, la que no significa, a aquella que es descartable, desechable, aniquilable sin mayores consecuencias.

¿Acaso estos argumentos de Agamben no nos ayudan a desvelar la posición que encarna el gobernador en turno? En las imágenes que han circulado en las redes sociales, en diversos medios, se hace evidente como la autoridad se rige bajo una lógica que asume que las y los jóvenes que se manifiestan y protestan constituyen entidades descartables, a las que se “levanta”, se les desaparece y se les amedrenta y se les “tira” en cualquier paraje desolado. El horror. Capitalismo gore -le denominó la brillante Sayak Valencia a un escenario así de funesto.

Foto: Colectivo Casa Quinque

Vaya, a estas alturas resulta evidente que la gestión y la administración institucional de la dimensión vital de lo humano es quizá la consecuencia más funesta de la politización de la vida nuda: alguien más allá de nosotras y nosotros mismos nos decide, sanciona si somos dignos de vivir, o no. Distribuye la muerte y el miedo. A veces de manera impune. Basta ver los videos y las fotografías a las que hago referencia más arriba para darse cuenta de ello.

El nombre que Agamben le otorga a esta condición de vulnerabilidad brutal es el de Homo sacer: somos reducidos a un conjunto de individuos excluidos de la comunidad que pueden ser eliminados, desaparecidos, con toda la impunidad posible. Sobra decir que la nuda vida, cuando es dispuesta y organizada por el andamiaje institucional se convierte, también, en la nuda muerte, en el estado de excepción que suspende todo orden posible, en la barbarie formalizada.

En fin, ¿para qué nos sirve hacer este rodeo en torno a lo que aconteció el 04/05/06-Jun en Jalisco? ¿Por qué es importante reflexionar acerca de este tema?

Por cuando menos tres razones: 1. Posibilita que el país entero preste atención a la violencia creciente que acampa en el plano institucional. Este escenario de represión y violencia no es ni nuevo ni exclusivo de Jalisco: la indignación es un denominador común en prácticamente todo el territorio nacional; 2. Visibiliza a la juventud tanto como sujeto vulnerado por la violencia pero también como el necesario protagonista del presente y del futuro. No podemos darnos el lujo de criminalizarles por manifestarse. No podemos contribuir -por acción u omisión- con el aniquilamiento sistemático de este sector de la población; y 3. Fomenta una conversación colectiva en el que las y los jóvenes podrían descubrir un “nosotros” que no está solo. Más bien este nosotros comparte desesperanzas y vulnerabilidades.

Aquí y en todas partes. Digámoslo una vez más, estamos desgarrados, desgarradas, y la noche se cierne sobre nosotres. En este sentido, lo que evidencia el actuar del gobernador de Jalisco (y de la policía estatal bajo su mando) es que transitamos, con todas sus consecuencias, de la nuda vida a la nuda muerte: habitamos de lleno la necropolítica.

Foto: Iván Basulto.

Agamben (1998) señala que los griegos no contaban con un término para referirse a lo que hoy entendemos como vida. Por el contrario, utilizaban dos términos semántica y morfológicamente distintos: zoē y bios. El primero remite a la vida que le es común a todos los seres vivientes; es la vida como tal. El segundo alude a la forma de vida particular, propia de un individuo o grupo.

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Igor I. González Doctor en ciencias sociales. Se especializa en en el estudio de la juventud, la cultura política y la violencia en Jalisco.

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