Ricitos de oro y el shampoo de manzanilla

28 junio, 2020

Columna Maroma

Por Karina Casillas Elizalde, integrante de Maroma: Observatorio de Niñez y Juventud

Ilustración: Jorge Longas.

Abrí mi caja de colores y el color “carnita” no se parecía al mío. Mi familia viene de un poblado pequeño de Veracruz, muy al norte, cerca de la Huasteca, donde la selva envuelve los caminos. Siempre me hablaron del linaje más cercano a mi abuelo, el que era español, el de los ojos claros, el de piel más blanca (los blancos ni siquiera son realmente de color blanco). Esta información se volvía luego una buena carta, cuando en los recesos en la primaria competíamos por quién tenía los abuelos más “güeros”, más tíos en Estados Unidos y menos cercanía a lo que realmente somos.

“Tú no puedes ser actriz, porque no eres ‘güerita’; porque no te ves como las que salen en la tele”, escuché alguna vez de una niña que tenía la misma tez que yo. Y es que, la cultura del racismo en México nos es inculcada desde pequeños. Aunque la mayoría de la población somos de tez morena sólo un poco más de la mitad se identifica con ello. 

Esto es un simple reflejo de supervivencia, el no-privilegio del que nos hablan desde pequeños, porque nos rodea una publicidad más blanca, estereotipos, modelos a los que nos parecemos, que nos muestra una “perfección” alejada a la perfección real, a la nuestra. 

Yo no entendía por qué mi mamá me bañaba con Ricitos de Oro. Luego supe que era para entrar en la ronda de juegos, para que los muchachos me hicieran caso, para tener un sueldo digno, para que no desconfiaran de mí, para que no entrara en el perfil de las desaparecidas, de las muertas.

En México, el tema del racismo es aún un tabú, un secreto a voces, oculto en el romanticismo, de la “piel de bronce”, del “orgullo azteca”, de lo salvaje. Pero la realidad de las condiciones en el trabajo y la cotidianidad se aleja mucho de lo romántico. 

Últimamente hemos escuchado mucho sobre el racismo, y poco a poco se van disipando las realidades, pero, ¿Cómo acompañamos a la niñez en ese tema? ¿Cómo le explicamos aún niño que su color de piel o su lugar de origen lo llevan a vivir dificultades? 

Normalizar el racismo hasta ahora ha sido, el camino, aligerarlo como un chiste, “negritx” “chocolate”, etcétera. Hablémosle a los niños de este tema, alentémoslos a encontrar en las personas que los rodean, las aptitudes y actitudes que no tendrán nada que ver con su color o su origen, encontremos en la diversidad la naturalidad que nos identifica como indígenas, como mestizos o como afromexicanos. 

Pintemos, las pieles de otros colores, verdes, azules, rojas, rosas, del que nos guste más.

Columna de Maroma: Observatorio de Niñez y Juventud

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