Vivos los queremos…

Todo es lo que parece

Igor Israel González Aguirre /@i_gonzaleza

Hoy escribo desde la tristeza y el desasosiego. Hace seis años ya. Seis años de aquella terrible noche que cayó sobre nosotras y nosotros. Primero sobre los padres y madres de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, en Ayotzinapa. Luego sobre las y los mexicanos que compartimos el dolor y la rabia de aquellas profundas ausencias. Porque Ayotzinapa somos todas y todos.

Han transcurrido seis años de un dolor que carcome a las familias de los estudiantes desaparecidos; que nos atraviesa con su filo y rasga el tejido social; y que evidencia la profunda crisis en la que están sumergidas las instancias encargadas de impartir justicia en este país. Un país en el que se puede desaparecer impunemente a cualquiera de nosotras. Un país en el que cualquiera de nosotros se pone en riesgo de morir en manos de la violencia tan solo con salir de casa. Administraciones van. Administraciones vienen. Y sigue habiendo más preguntas que respuestas en torno a aquel negro 26 de septiembre de 2014. Se lanzan algunas promesas por parte de las autoridades. Se muestran signos de buena voluntad entre algunos funcionarios. Pero en el fondo la zozobra permanece. El futuro es incierto. Queda quizá, en algún resquicio, la justicia como esperanza.

En medio del pesar y la aflicción, a seis años de distancia vale la pena interrogarnos: ¿en dónde nos coloca exactamente Ayotzinapa como acontecimiento? A estas alturas la pregunta resulta crucial cuando menos por dos razones. La primera, y quizá la más poderosa, consiste en la imperiosa necesidad de recurrir a la memoria: no podemos darnos el lujo de olvidar. Recordar es, en buena medida, otro modo de resistir las atrocidades diarias en este país sembrado de fosas y de desconsuelos. Hagamos siempre un pase de lista de todas y todos nuestros desaparecidos. Son 43 más 73 mil. Hagamos que nuestras voces y sus nombres habiten el espacio que nos ha dejado su ausencia.

La segunda de las razones a las que aludía arriba implica arrojar luz sobre las consecuencias más amplias de esta tragedia. Así, no me cabe duda que Ayotzinapa ha representado un punto de quiebre: el fracaso más conspicuo de un modelo de desarrollo que prometía progreso social y económico; y que en última instancia trajo consigo la profundización de las desigualdades, la inequidad en el acceso y la distribución del poder; y la vulneración y la precarización de amplios sectores de la población. Particularmente de las y los jóvenes. El torbellino de indignación que en aquel 2014 sacudió hasta sus cimientos a un país adormecido por la normalización de lo violento puso en duda la vigencia de la arquitectura institucional. Frente a la perplejidad de lo acaecido, fue claro que la vía era: todo menos el olvido, la inmovilidad o el silencio.

Esto es así porque la memoria es también un dispositivo político. En este sentido, reviso las notas y apuntes que redacté en aquellos días. Entre mis libretas me encuentro con decenas de fotografías -unas las recopilé; otras las tomé yo-. Me llaman la atención dos imágenes. En la primera aparecen varios jóvenes quienes, en una de las multitudinarias manifestaciones, sostienen una manta que dice: “#TodosSomosAyotzinapa”. En ese entonces aquella consigna me parecía casi un verbo que expresaba empatía e imaginación política. Vinculaba la reflexión con la acción y la digna rabia. Hoy, a seis años de distancia, entiendo que además de la solidaridad también el mensaje cumplía otra función: la de poner de relieve el ensanchamiento del alcance de lo violento: Ayotzinapa nos podía ocurrir a todas y a todos por igual.

La segunda imagen a la que me refiero muestra a una mujer joven que sostiene un cartel con los brazos en alto.Éste lleva inscrita una pregunta aparentemente lacónica pero que en su sencillez condensa en sí tanto la duda existencial más intensa como un diagnóstico hiriente y brutal del presente mexicano: “¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos?”. Una imagen dolorosísima.

Finalmente, debo decir que vi y escuché -con cierto escepticismo- el informe presentado en Palacio Nacional con respecto a los hechos de esa noche trágica acaecida hace seis años. Seguí las presentaciones de las respectivas autoridades -en las que prácticamente se da cuenta de los mínimos avances en la investigación del caso-: la aceptación oficial de que #FueElEstado (esto no es poca cosa); el descubrimiento de los restos de Christian Alfonso Rodríguez Telumbre; la orden de aprehensión en contra de Tomás Zerón; las detenciones de Carlos Gómez Arrieta y Alicia Bernal Castilla, y poco más.

Luego de las casi dos horas del informe caigo en la cuenta de que lo que me resuena es el eco de las duras palabras que María Martínez, madre de Miguel Ángel Martínez, uno de los 43 estudiantes desaparecidos, le dirigió al representante del ejecutivo. Éstas son cuando menos contundentes y desgarradoras: “Nosotros no hemos dejado de exigir la presentación de nuestros hijos. No hemos dejado de luchar. Seguimos caminando Nosotros queríamos llegar hoy 26 con algo más. Entiéndanos. Ya seis años y pues no tenemos nada…”.

“Nada”, dice María, con la voz entrecortada.

Nada…

Nada.

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Todo es lo que parece
Igor I. González Doctor en ciencias sociales. Se especializa en en el estudio de la juventud, la cultura política y la violencia en Jalisco.

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