Amigo, date cuenta

1 octubre, 2020

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Foto: Mariana Parra / @MarianaParraMa1

El pasado lunes diferentes colectivas feministas salieron a las calles en varias ciudades del país. Desde hace años, la movilización del 28 de septiembre tiene como motivo la exigencia de que se hagan las reformas necesarias para legalizar el aborto, garantizando así que dicho procedimiento pueda realizarse de manera libre, segura y gratuita, evitando lo que ha ocurrido hasta ahora: la criminalización e incluso la muerte de un gran número de mujeres que deben recurrir al aborto de manera clandestina: según datos del Observatorio de Muerte Materna, en 2019 el aborto inseguro era la cuarta causa de muerte materna en México; por otra parte, hay cerca de 200 mujeres presas por abortar, pero que son juzgadas por homicidio. Despropósito total.

Cada vez que las feministas toman las calles corren mucha tinta y terabites para juzgar la manera en la que se manifiestan: que si esas no son las formas, que si esa pared no se raya, que si pobre de ese monumento y un largo etcétera. Sin embargo, cuando el motivo de la manifestación es la exigencia de que el aborto sea legal, seguro y gratuito, surge un ejército de antiderechos —“provida” que les diga el cardenal— en el que muchos hombres se sienten enviados por su dios para hacer escuchar sus “argumentos” con los que dicen “defender” la vida, y que en realidad lo único que hacen es recitar letanías que sólo buscan insultar y estigmatizar.

A los hombres se nos olvida que la vida no es en blanco y negro, y que hay una serie de violencias y condiciones que jamás vamos a entender por el simple hecho de que no las hemos vivido, ni las viviremos jamás. Si los antiderechos tuvieran un poco de sentido común —y de congruencia con su religión, que exige estar libre de culpa antes de tirar cualquier piedra—, antes que señalar a las feministas y acusarlas de asesinas deberían voltear a sus adentros y repasar una serie de temas que sí les incumben y que definitivamente servirían para evitar el aborto.

“Que les quiten la matriz”, dicen los pelmazos, cuando en realidad lo que deberían poner sobre la mesa es la normalización de la vasectomía, un método anticonceptivo al alcance de su mano y N veces menos invasivo. Quizá a esos hombres les molesta que las mujeres busquen decidir sobre sus cuerpos porque ellos no tienen la capacidad para decidir sobre los suyos. 

“¡Que cierren las piernas!”, gritan enardecidos —y, hay que decirlo, faltos de creatividad: hay maneras muy interesantes de tener sexo con las piernas cerradas—, pero no se detienen a pensar que de exigirle a las mujeres que controlen sus piernas deberían imponerse a sí mismos control sobre sus penes. Una vez más, la búsqueda es por el control del cuerpo ajeno, antes que el propio.

¿Y si hablamos de embarazo infantil y de cómo en muchas ocasiones éste ocurre en el seno familiar, lo que automáticamente nos pone sobre la mesa el tema de la pederastia y el abuso sexual de menores? Según datos del Inegi, de 2012 a 2017 siete de cada diez menores de catorce años se embarazó de un hombre de 18 años o más. También es posible rastrear casos en las que la menor fue embarazada por su padre o su padrastro, o un tío o un primo, y luego es obligada a llevar a término el producto de esa relación incestuosa, poniendo en riesgo su vida, su salud mental y su desarrollo. ¿Esa es la vida que dicen defender?

Muchos de los integrantes del coro antiderechos se olvidan del otro aborto: el que realizan los hombres que de buenas a primeras deciden abandonar la vida que engendraron. Hasta hace unos años, el dato duro indicaba que el 47 por ciento de los hogares mexicanos carecían de figura paterna. Cierto: hay ocasiones en que las mujeres deciden criar en soltería y por libre elección. Y ahí está la palabra clave: elección. Eso marca toda la diferencia. Sin embargo, son los menos de los casos. En la mayoría se debe al abandono de la pareja, que decide huir de la responsabilidad con argumentos como “seguro ni es mío”, “no estoy preparado para ser padre” y un variado catálogo de excusas. Repito: ¿esa es su defensa de la vida?

Podríamos seguir avanzando y encontrando otros argumentos que los hombres debemos revisar en lugar de ponernos a cuestionar una exigencia legítima de las mujeres: la exigencia de libertad para decidir sobre sus cuerpos y de hacerlo en condiciones dignas, seguras y salubres. Ese no es nuestro tema, nuestro tema está en otro lado. Amigo, date cuenta. 

P.S. Hoy es 2 de octubre: no se olvida.

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La calle del Turco

Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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