Uniformes blancos: de la vocación al miedo en tiempos de la COVID

23 octubre, 2020

Medios Aliados

Por los que nunca miran el reloj mientras curan

Por los que hacen suyas las heridas de los demás

Por los que merecen los abrazos prohibidos

Y se meten contigo en la boca del lobo, sin mirar atrás

-Vetusta Morla en Abrazos prohibidos

Texto: Luis Alberto López y Leonardo Crespo/ Red es Poder

Ilustraciones: Miguel Sifuentes 

La vida de las personas con uniformes blancos, dedicadas al sector salud, siempre ha sido diferente al resto de quienes tienen empleos menos vertiginosos. La posibilidad de tratar con la vida y con la muerte de una manera tan personal es una cualidad que debe de desarrollarse a través del conocimiento y cercanía con las mismas. 

Las personas que egresan de cualquier área relacionada a la medicina hacen un juramento irrevocable de velar por el bienestar de las y los pacientes, pero desde hace más de 100 años no sucedía un fenómeno que pusiera tan a prueba dicho compromiso. 

La última pandemia que la humanidad recuerda no contaba con factores sociales y culturales como los que hoy nos rodean: La sobreinformación, la estigmatización y la falta de fe de la gente en la ciencia, aunado al panorama de un sistema de salud mexicano que sufrió la desatención e indiferencia de la clase política desde hace décadas. 

Según datos obtenidos vía transparencia en la Subdirección de Prevención y Promoción de la Salud en Coahuila, entre marzo y junio, mil 516 profesionales de la medicina se infectaron con el nuevo coronavirus. El personal más afectado fue el de enfermería con 651, seguido por el de médicos con 418, luego 408 personas de otras áreas de las instituciones sanitarias, 30 laboratoristas y nueve dentistas. 

Así también, de acuerdo a la misma solicitud de información, perdieron la vida, entre todas las instituciones de salud, 10 hombres y mujeres médicos, una enfermera y tres empleados de los hospitales.

El contagio al personal de enfermería es grave si tomamos en cuenta los datos de la Dirección General de Información de la Secretaría de Salud Federal, pues hasta 2019 se dio cuenta de que había 5 mil 32 enfermeras generales y de especialidades en todo el Estado, esto significa que el coronavirus alcanzó casi al 13 por ciento. En cuanto a médicos, la dependencia revela que hay 4 mil 353 en todo Coahuila y, quienes contrajeron el COVID-19, fueron casi el 10 por ciento. 

La cifra resulta más alarmante si tomamos en cuenta el déficit de personal de salud en la entidad. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) establece como mínimo recomendable que deben haber 3.2 médicos por cada mil habitantes y aquí nada más hay 1.8. En el caso del personal de enfermería, la cantidad es más preocupante pues Coahuila apenas alcanza 2.8 de los 8.8 que establece el organismo internacional. 

A pesar de estos problemas de falta de recurso humano especializado, nuestra región había sobrellevado las necesidades primarias de la población e incluso la carencia de insumos en los hospitales era parte de la rutina médica.

Sin embargo, la pandemia desnudó las condiciones que por décadas los gobiernos ignoraron y puso a prueba a las instituciones de salud. El panorama, ya antes adverso, se volvió completamente desconocido porque dejó desamparadas a las personas que se encuentran en la primera línea, ante la incertidumbre y el miedo.

Para Ana Cristina Flores Zurita, enfermera de la Unidad Médica de Alta Especialidad Número 71 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), esos dos factores fueron lo primero que reconoció en sí misma y en sus compañeros y compañeras en el momento en el que atendieron a su primer paciente con COVID-19.

Estaba cubriendo un turno extra y me acuerdo que la expresión de todos los compañeros, de las jefas, los directivos, fue de miedo. Ahí, como profesional, te pones a pensar en tu vida, en las personas que te esperan fuera del hospital, y en lo que le espera al paciente. Entonces, te pones entre la espada y la pared. Estás en todo tu derecho de negarte a atenderlos, pero también estás en tu obligación, porque hiciste un juramento de preservar la vida de una persona”.

La realidad al interior de los hospitales, como el que ella trabaja, aún era ajena para muchas, y la ciudadanía apenas se daba una idea en las conferencias diarias en que el subsecretario de la Secretaría de Salud, Hugo López-Gatell, hacía un llamado al aislamiento social para evitar contagios. Una etapa que a profesionales de la medicina también sacudió. 

La Jornada Nacional de Sana Distancia comenzó el pasado 23 de marzo, e impactó directamente en las costumbres de casi todo México. Ana no fue la excepción, lo primero fue su vida social y después vinieron las restricciones familiares que debió de seguir para proteger a sus seres queridos. 

Mis papás se cerraron completamente. Mi papá, desde marzo hasta ahorita, está trabajando en casa, ya que él es diabético e hipertenso. Mi mamá padece problemas de circulación, tengo una hermana que tiene problemas de tiroides. Y los tres tienen sobrepeso. La menor de mis hermanas no sale por vivir con un grupo de alto riesgo”.

A más de seis meses de que la pandemia llegó a la región, todavía mantiene muchas de esas restricciones y las visitas a su madre y padre son muy aisladas, además de cortas, para evitar cualquier tipo de contacto físico. 

Desde marzo los he visto diez veces. Cada tres semanas, o un poquito más. No es como antes que me podía quedar toda la tarde, o todo un fin de semana con ellos. Depende también de la carga de trabajo que tenga. Porque si yo sé que estoy expuesta a atender a cuatro, o incluso a veces a doce pacientes con covid confirmado, yo no salgo de la casa”.

DE LA SANA DISTANCIA AL CONTAGIO 

El aislamiento y las medidas no fueron las mismas para todas las personas. El personal de los hospitales dejó a un lado el contacto familiar, pero para médicos cuya labor principal no está ubicada en un centro de salud, las circunstancias se diversificaron.

Es el caso de Orlando Gómez Vázquez, médico del Hospital Psiquiátrico de Parras de la Fuente y quien trabajó durante tres meses en el monitoreo y seguimiento de casos sospechosos de coronavirus en una empresa, cuya reclusión se dio de manera paulatina.

En su trabajo como parte de un cerco sanitario, en un principio sus tareas eran elementales. Tomar signos vitales, hacer preguntas básicas, si se habían presentado o no síntomas, si se había estado con una persona que hubiese regresado del extranjero, o si se había tenido contacto con un pacientes positivos.

Pero poco a poco había más casos en la ciudad. Poco a poco se iba presentando la idea aquí en la casa, de que teníamos que tener más cuidado. Yo llegaba de la empresa en la mañana, o en las tardes de consulta a domicilio, y no tocaba a nadie. De hecho, ni siquiera hablaba, porque me preocupan los aerosoles. No me quitaba el cubrebocas, no tocaba absolutamente nada. Intentaba abrir la perilla de la puerta de maneras poco ortodoxas para no tocar los pomos. Inmediatamente llegar a mi cuarto, cambiarme y procurar rutinas de sanidad”.

Gómez Vázquez también atendió consultas a domicilio antes y poco después de que fuera declarada la emergencia sanitaria, pero al darse de casos cada vez más cercanos optó por dejarlas por su bien y el de su familia, quienes también son médicos. 

Fui a atender a un paciente diabético-hipertenso que le tocaba su cita de control. Me bajé de mi carro, y antes de entrar a la casa lo primero que escuché fue una tos muy fuerte. Ni siquiera llegué a la puerta, me estacioné en la banqueta de enfrente, me bajé del carro y escuché una tos muy, muy fuerte. El paciente no tenía antecedentes ni de tabaquismo, ni de haber trabajado con sustancias altamente volátiles y perjudiciales para los pulmones, nada de eso. Y cuando escuché esa tos, tan fuerte y tan dramática, pues acepté que era mi primer caso”.

Orlando entendió que el aislamiento social era un acto de responsabilidad para su familia y para pacientes que atendían tanto él como su padre. Limitó de forma radical el contacto con otras personas.

No me hubiera gustado contagiarme y luego yo contagiarlo a él. Que tanto él como yo fuéramos asintomáticos, y que él en su consulta empezara a contagiar a sus pacientes, o yo a contagiar a los míos, así que constantemente me empecé a hacer pruebas. Cuando cancelé mi consulta domiciliaria, simplemente me aislé en casa”.

Su responsabilidad no se limitó a seguir estrictamente los protocolos de salubridad. Desde que atendió a su primer paciente confirmado, hasta la primera semana de octubre, se realizó 16 pruebas para garantizar la seguridad de quienes tienen contacto con él.

Sin embargo, su caso refiere circunstancias especiales, encontradas en el sector privado, donde el recurso económico para garantizar las medidas de seguridad y de seguimiento está asegurado. En contraste, algunas de las instituciones públicas no tomaron en cuenta ni siquiera las recomendaciones hechas por la federación para que sus trabajadores con comorbilidades se ausentaran. 

En el caso de la Secretaría de Salud Estatal se retiraron de su trabajo 148 enfermeras, 94 médicos y otras 150 personas empleadas de distintas áreas; no obstante, en el caso del Seguro Social, aquellas con alguna enfermedad previa tuvieron la misma oportunidad, así como los insumos necesarios para hacer frente a la pandemia.

Nos damos cuenta que a nivel administrativo no hicieron nada por estas personas que trabajan dentro del Instituto Mexicano del Seguro Social. Empezaron a llegar los casos y no había equipo necesario o una distribución correcta”, afirma Carlos Hurtado Valdez, abogado litigante y maestro en derecho constitucional y amparo, y cuyo despacho dio seguimiento a al menos 10 casos. 

Explica que el miedo al contagio era más grave en las instituciones públicas y la pandemia evidenció una carencia histórica en el sistema de salud a nivel administrativo y humanitario. 

No aplicaron lo que debían aplicar. Lo que hicimos fue analizar estas cuestiones y hubo dos grandes rubros: la cuestión de abasto y de que somos un país altamente enfermo. Hubo gente vulnerable que atendimos y tenían algún tipo de hipertensión, problemas asmáticos crónicos, respiratorios y corazón”.

Detalla que de los 10 casos que atendieron, en cinco procedieron amparos para que suspendieran sus labores al comprobar que el IMSS no garantizaba el derecho a la salud de sus trabajadores y trabajadoras, debido a la falta de equipo y la omisión de sus enfermedades crónicas. 

La gente empezó a preguntarse qué hacer y teníamos madres solteras con hijos menores de cinco años, enfermeras a punto de jubilación con múltiples comorbilidades, que evidentemente no podían trabajar, y lo que hicimos fue básicamente defender sus derecho a la salud, el cual estaba siendo violado, porque no les proporcionaron los medios para poder evitar un probable contagio en la medida de lo posible”.

Los amparos y acciones legales promovidas por el personal fueron un augurio de lo que vino después. En Monclova, durante el mes de marzo, ocurrió un brote de coronavirus entre pacientes y la plantilla laboral de la clínica del IMSS de esa ciudad que convirtió a esa región del Estado en el epicentro de la enfermedad por más de dos meses. Después, pasó lo mismo durante mayo, en Torreón en la clínica 16, cuando 15 profesionales de la medicina se enfermaron. 

Las manifestaciones y protestas en torno a falta de insumos y recursos para atender pacientes con COVID-19 eran una rutina. Desde los hospitales de la Secretaría de Salud Estatal hasta el Seguro Social y el ISSSTE, el reclamo fue constante. El más reciente fue a principios de mes por parte de trabajadores del Hospital Psiquiátrico de Parras, donde 36 pacientes y 15 empleados y empleadas se infectaron. 

Tenemos dos grandes problemas: tuvimos el brote de contaminación en la Granja Psiquiátrica de Parras por falta de insumos, por falta de capacitación; y hoy tenemos también el brote en el Hospital del Niño donde personal administrativo se encuentra ya contaminado por el hacinamiento del cual están siendo objeto, porque el director les está amenazando con despedirlos si no cumplen con sus funciones”, externó uno de los empleados en entrevista para la prensa. 

Este tipo de situaciones fueron haciendo mella en la moral de quienes sirven al sector salud que, además de lidiar con los problemas de abasto, el trato con pacientes generó una carga emocional extra.

La psicóloga del Centro Terapéutico Integral “Impulso”, Ruth Torres López, destaca que la falta de atención emocional fue un elemento adicional provocado por la falta de insumos, pues no solamente no había suficiente equipo para protegerse de la pandemia sino que no hay suficiente personal para atender las necesidades emocionales del personal.

Las enfermeras que yo atendí empezaron a llegar saturadas de información y comparar la política de insumos. Se sentían desprotegidas y llegaron con una crisis de ansiedad fuerte, aunque acompañadas por una parte muy cálida y humanista, con un doctor que trabaja con ellas”.

Recuerda que una de  ellas presentó un caso de ansiedad severa al ver que no tenía los insumos de protección, se aisló de su casa y eso incrementó la necesidad de búsqueda informativa. 

Al inicio de la pandemia, quienes económicamente tuvieron posibilidades y comparándose con otros países e historias, empiezan a comprar cosas de más: mayor despensa e insumos de salud, como cajas de cubrebocas y guantes. Pero una persona de economía media o baja no podía. Ellas empiezan a vivir esa crisis y no sabían cómo cuidarse con las carencias. Por eso decidieron aislarse totalmente, incrementando gravemente los problemas de ansiedad”.

La mejora salarial que el gobierno dio al personal del sector salud era insuficiente, sumado a rutinas cada vez más pesadas en los hospitales, para aminorar la preocupación, y durante mes y medio vivieron los peores momentos. 

Me comentaron que se les hacía eterno el horario de trabajo, cuando normalmente en el sector salud hay movimiento de pacientes y no te rinde el día, pero en este momento todo era con cautela, miedo y angustia porque no había los insumos de parte de los hospitales. Luego llegó un bono para los que estaban trabajando con pacientes de covid, pero no se podía utilizar en insumos porque no había. Así fue durante un mes y medio”.

Sin embargo, las presiones económicas y la falta de insumos no eran el único problema que el personal de enfermería tenía que enfrentar. La falta de precaución que se vivió al principio de la pandemia propició que los casos aumentaran y las rutinas de trabajo que permitían apasionarse en su labor fueron súbitamente cambiadas.

DE LA VOCACIÓN A LOS RECLAMOS 

Hasta el año pasado las áreas de enfermería se podían dar el lujo de tener tacto con el paciente. Para el personal más dedicado, saludar, decir su nombre, acercarse al paciente, buscar su comodidad era lo más importante. Incluso más allá de los procedimientos y el trabajo médico en sí. 

Ahora está rotundamente prohibido tocar a los pacientes sin que tú tengas un equipo de protección. Desde ahí, ¿cómo le ayudas a un paciente? Porque los pacientes en primera instancia, y lo digo porque yo estoy en área covid, piensan que les tememos, pero la realidad es que nosotros tenemos miedo de contagiarlos, de empeorarlos, de que se compliquen, porque están muy vulnerables. No sabes realmente qué es lo que les pueda perjudicar, tanto de afuera como de adentro”, reflexiona Ana Cristina Flores. 

Recuerda que una de las experiencias más difíciles fue durante los primeros meses de la pandemia, cuando no pudo ayudar más a un matrimonio debido a la falta de protocolos y de certeza a la hora de tratar con la nueva enfermedad. 

Me acuerdo mucho que la señora estaba preocupada por su esposo. Él estaba muy mal. Imagínate estar en un cuarto aislado, tres camas solas, tú estás ahí adentro 24/7, por tres, cuatro meses, dependiendo de qué tan mal estés, y nadie entra contigo a platicar.  Ni siquiera podíamos entrar a libertad como era antes de la pandemia. Yo era de las pocas que subía a ese piso, porque todos le tenían miedo. Ni siquiera los de cocina, literalmente ellos te aventaban el platito, no te tocaban. 

Se olvidaban incluso de preguntarle al paciente, ‘¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes? ¿María, estás bien?’”. 

Para el personal médico, durante los primeros días, la única indicación segura era evitar lo mayor posible el contacto con pacientes. Sólo contaban con diez minutos para realizar toda la labor necesaria, desde aplicar medicamentos, tomar signos, ayudarlos a comer.

La señora estaba muy triste, porque más allá de estar contagiada, ella decía que no le daban información con respecto a su esposo. Ambos eran una pareja ya de más de sesenta años. Él esposo tenía, tenía EPOC e insuficiencia cardiaca. En combinación del covid eso es morta. Estaba muy preocupada porque no le daban información. No quería comer, no quería hacer absolutamente nada. Nada más quería saber cómo estaba su esposo. Me di cuenta de que nos estábamos enfocando más en el virus que en el tacto humano. Darte cuenta de que son personas y que los aislaste de su vida, su familia, su casa, y la sociedad en un cuarto 24/7”, rememora Ana Cristina. 

A pesar de las dificultades en la atención con ese paciente, ella le compartió cómo el coronavirus llegó a su hogar, haciendo un recuento de las actividades que su hijo había realizado en las últimas semanas.

Su hijo había viajado a Brasil, de ahí a Europa y de Europa a una parte de Asia. Y llegó a un concierto aquí en la Ciudad de México. Luego se regresó.  El primero al que contagió fue a su papá. Y luego a ella.  Su papá empezó a sentirse mal, lo llevaron al hospital y ya nunca supo más de él. Nadie les supo decir nada. Y se entiende, porque realmente no sabes qué decir. No sabes qué va a deparar. Porque no es una enfermedad cualquiera, que le puedas decir ‘va a estar tanto tiempo hospitalizado, con un tratamiento de antibiótico y estarás bien’”. 

En ese momento de la pandemia, la incertidumbre en la Secretaría de Salud era visible en todos los niveles. La desinformación sobre la enfermedad impedía a las autoridades dar claras explicaciones con respecto a lo sucedido con las personas enfermas y los familiares tenían que someterse a la angustia de la ignorancia.

A pesar de todo el esfuerzo y dedicación que el personal de salud ha puesto en esta pandemia, algunos sectores de la sociedad no han sabido controlar el temor al contagio, y los han vuelto objeto de discriminación y agresión.

Desde el inicio de la pandemia, las noticias sobre agresiones a enfermeras fueron una constante en el sur y el centro del país. En el norte se creyó que eran ajenas a esa realidad e, incluso en abril pasado, el video de una haciendo compras en un supermercado en Torreón se hizo viral, porque recibió aplausos y ovaciones.

Sin embargo, la hostilidad hacia ellas también estuvo aquí. Una nota publicada por El Siglo de Torreón el pasado 11 de octubre reveló que en Coahuila en el transcurso de la crisis sanitaria hubo ocho hechos de violencia contra el personal médico en distintas regiones de la entidad. Aunque esa cifra no refleja toda la realidad de las enfermeras. El transporte público fue el escenario de más de un caso. 

Una mañana, Ana Cristina olvidó su cartera y solo contaba con 13 pesos. Lo justo para tomar el autobús. Después de un turno nocturno, de no poder ni siquiera cenar, abordó el transporte para regresar a casa. 

Me estaba quedando dormida, y escuché que alguien decía ‘tú qué estás haciendo en este camión y por qué no te bajas’. Pensé que no se dirigía a mí. Pero veo a una señora parada y me dice ‘sí, te estoy diciendo a ti, ¿No te das cuenta que nos vas a contagiar? ¿Qué no eres consciente? Nos vas a contagiar a mí, al chófer, y todos los que estamos aquí. ¡Bájate, quiero que te bajes!’. 

Al ignorar los reclamos de la pasajera, ésta le arrojó cloro a ella y a sus pertenencias. Este tipo de agresiones con cloro fueron comunes durante los primeros meses. Ana, al llegar a su casa, incapaz de resistir la impotencia y el coraje, quebró en llanto. 

Nos desvelamos, nos privamos de muchas cosas, nos estamos exponiendo todos los días, ¿para que hagan ese tipo de cosas? Te desanima mucho. A mis compañeros les han arrojado piedras en los carros, les han rayado las puertas de sus casas, las cocheras. A una compañera, le rayaron su auto con laca, diciendo que era un peligro, que iba a contaminar a todos, que se quedara en el hospital”.

La historia de ella no es la única. Otras colegas compartieron sus experiencias en consultorios psicológicos para sobrellevarlo. 

Una de ellas vivió un ataque verbal cuando se subió al camión. Se sentó y la persona que estaba a su lado se quitó y le dijo que tenía coronavirus. Para nosotros fue muy complicado ayudarle en eso, pues ella misma expresaba que un uniforme que le daba honra ahora es uno que da miedo porque la gente la identificaba”, dice la psicóloga Ruth Torres López. 

Atribuye los ataques a una cuestión cultural en que la sociedad mexicana tiende a optar por la violencia antes que la información y el diálogo. 

Si las personas estuvieran informadas de la importancia del sector salud hubiera pasado lo que otros países en que se cuidaban y veneraban. Aquí hubo mucha falta de información y también tiene que ver esta parte emocional en que tendemos a solucionar todo con agresividad”.

Afirma que este tipo de situaciones afecta seriamente la salud emocional de las personas y parte de las lecciones que esta pandemia nos deja debe de ser el estar más conscientes de las necesidades que surgen al respecto. 

Había la convicción de ayudar a las personas, pero también la mayoría de los doctores y enfermeras no tienen ingresos elevados y deben trabajar. Viven crisis de ambivalencias entre el acto de amor y de temor”.

Estas consecuencias, invisibles a la mayoría de la gente, nos señalan otro rubro importante que debe trabajarse en el futuro. Fortalecer en las instituciones públicas, de todos los ámbitos, las herramientas para lidiar con las presiones laborales, debe de ser uno de los propósitos de los gobiernos siguientes.

LA DEDICACIÓN ANTE LO INEVITABLE

Además de este cambio en la estructura laboral del país, en el que se dé relevancia a la condición mental de los trabajadores, existen otros cambios que necesitan analizarse a partir de las lecciones que nos puede dejar esta pandemia.

Carlos Hurtado sugiere que el IMSS separe su área jurídica del resto de la institución para poder enfocar sus esfuerzos y recursos de una manera más ordenada, además de hacer reformas legislativas en materia de emergencia sanitaria ya que la ley sí contempla la contingencia sanitaria, pero existe una confusión legal y social ante ambos términos. 

Lo que se tendría que hacer es que como 2009 incluir dentro de la Ley Federal del Trabajo el caso de emergencia sanitaria, ¿qué cambios se deberían hacer en las leyes? Políticas públicas con enfoque de derechos humanos. Hoy nuestro país está atravesando por un proceso en el cual estamos sistematizando las cosas y no estamos redistribuyendo lo que son las cuestiones de gasto, de impuesto que pagamos en políticas públicas con enfoque de derechos humanos”.

Estas políticas para salvaguardar la integridad de los trabajadores fueron necesarias en esta pandemia. A Orlando Gómez le tocó ver a 23 compañeros de su generación trabajando en los cercos de monitoreo y seguimiento de casos. De todos los casos que siguió, 13 pacientes fallecieron. Además de tener conocimiento de cuatro de sus colegas que fallecieron por cumplir con su labor.

Por alguna razón te desensibilizas y no es que no lo tengamos, pero entendimos que no trabajar era peor. Si yo trabajo disminuyo el 0.5 por ciento de mortalidad en la zona, parece nada pero si mis compañeros piensan igual te das cuenta de la importancia que tiene ese porcentaje. Pierdes el miedo a la enfermedad, y temes dejar de trabajar”.

El hecho de ver fallecer a tus pacientes y de ser capaz de superar la tragedia de sus muertes no significa que no te afecten, especialmente cuando la atención psicológica no está garantizada por falta de recursos para ello. Para Ana Cristina, el caso del matrimonio que tuvo que atender a principios de la pandemia marcó profundamente su carrera.

El esposo empeoró. En una de mis guardias empezó a sentirse mal. Estaba cansado todo el tiempo, se la pasaba dormido. No podía respirar, y llegó en un punto en el que su saturación llegó a 60. La saturación en una persona normal es de 100. Lo entubamos. Dado a los problemas que ya tenía, el EPOC, la insuficiencia, la edad, y la incapacidad que tenía él de tomar sus propios alimentos, de tomar agua, de tomarse las tabletas, fue decayendo más, y más, hasta caer en terapia intensiva donde finalmente falleció”.

La parte más difícil que recuerda fue cuando tuvo que decirle a su esposa que falleció. Sin embargo, su hijo fue quien cargó con el mayor peso de la culpa.

Fue muy duro haberle dicho a la señora que su esposo había fallecido. Y fue todavía, aún más duro, haberle dicho al hijo que su papá falleció. Porque, el hijo se fue con una carga de conciencia enorme, sintiendo que por ese viaje su papá ya no estaba”.

Pero Ana Cristina sabe que su labor en el hospital es fundamental en esta pandemia y como otras mujeres y hombres no piensa dejar la primera línea de trabajo. Ella, al igual que sus colegas, trabaja para cumplir con su vocación a pesar del miedo. 

“Esas cosas tienes que aprender a dejarlas en el trabajo y seguir con tu vida. Aunque no es sencillo”.

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Este texto se publicó originalmente en Red es Poder:

https://www.redespoder.com/el-torreon-investigaciones/uniformes-blancos-covid/

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