Cierres, duelos y comienzos

La Hilandera

Por Rosario Ramírez / @La_Hilandera

Los últimos días del año era común que muchas personas cercanas escribieran post largos en Facebook contando sus penurias y glorias del periodo que estaba terminando. Yo misma lo hice muchas veces en una especie de cierre simbólico, narrativo y público de un periodo temporal, y quizá también para, con el tiempo, recordar por distintas razones ese momento y las emociones que se atravesaban.

Pero este cierre de año fue diferente en muchos sentidos: vi pasar en mis redes -como si fuera una ventana a una realidad que me es tan común como ajena- celebraciones íntimas, celebraciones en Zoom, fotos de personas solitarias o con sus mascotas, post desencajados de compañer@s y amig@s que por alguna razón habían elegido decirle a sus redes y lectores que no sabían cómo cerrar el año y que no encontraban palabras para hacerlo; vi pasar solicitudes de ayuda para encontrar medicamento, pruebas, tanques o concentradores de oxígeno; vi relatos de experiencias y gestión de la enfermedad; vi obituarios y despedidas amorosas; vi mensajes de personas cercanas que pedían no bajar la guardia porque recién se habían enterado que su cuerpo y mente estaría los próximos días o semanas luchando contra el Covid. Porque después de todo, cerramos el 2020 en medio de una pandemia, cerca de un virus que nos alcanza con un respiro.

Y dentro de las muchas cosas para las cuales no estábamos listos -aunque no sé si alguna vez se esté listo para ello- es para gestionar las ausencias y vivir los duelos, sobre todo porque este contexto nos impide pasar por los ritos y rituales que nos permiten eventualmente vivir la ausencia de seres amados.

Recuerdo de manera muy cercana el funeral de mi abuela paterna, en parte por lo impactante y emotivo que me resultó, y en parte porque fue la última vez que pude ver a mi familia, apenas tres meses antes del primer periodo de restricción de movilidad. Nunca olvidaré la cantidad de gente que llegó a despedirla, la rapidez con la que el patio de la casa familiar se volvió una gran cocina, la danza de las tías haciendo la comida y asegurándose de que cada parte del ritual fuera como ella quería, cómo en su rancho. Aquel fue un ritual colectivo, fue una despedida, pero también la celebración de una vida.

Y a la luz de esa experiencia y de lo difícil que resulta aun esa ausencia, y la de mi abuela materna, de la que no me pude despedir, pienso en todas esas despedidas que no han podido ser, en las formas que estamos generando y que necesitaremos habilitar “cuando esto haya pasado” y nos falten tantos y tantas a quienes no pudimos decirles adiós ¿Cómo haremos eso? No lo sé, lo que me queda claro es que cada uno tendrá sus propias claves para hacerlo, ya sea de manera práctica o simbólica. Algunos han encontrado consuelo en la oración, otros en la introspección o meditación, otros en el silencio, y otros más en el acompañamiento terapéutico. Tengo la esperanza de que este tiempo nos deje la capacidad de pedir ayuda y de poder darla, porque si de algo estoy segura es que nos necesitaremos unos a otros para reconstruirnos y para encontrar un inicio posible, uno que dé espacio a la esperanza, uno que nos fortalezca después de todo.

*Acá una referencia de apoyo a la gestión del duelo: https://www.facebook.com/DueloCovid/ Por favor, si conoces colectivas o personas que den acompañamiento, no dudes en circular la información.

**Mientras se escribió esta nota escuchaba el disco Fontana Bella de Austin TV, y en la primera canción que lleva por título “Ana no te fallé”, encontré una frase que creo que define bien el tono y emoción de este escrito:

“Traté de cambiar el presente. La vida ya no brilla. Veo las muertes dolorosas y maldigo el atardecer después de tu frustrante enfermedad”

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La Hilandera
Rosario Ramírez Morales Antropóloga conversa. Leo, aprendo y escribo sobre prácticas espirituales y religiosas, feminismo y corporalidad.

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