La encrucijada de la comunicación pública en tiempos de redes sociales: libertad de expresión, ética política y polarización afectiva

AMEDI Jalisco

Por Juan S. Larrosa-Fuentes /@Juan_Larrosa1)

www.juan-larrosa.com

La semana pasada se suscitó un gran debate en Twitter, luego de que el presidente López Obrador criticara a esta compañía estadounidense por haber suspendido cuentas de apoyo a la autodenominada Cuarta Transformación y, a manera de contraataque, fustigó al representante de Twitter en México y lo acusó de armar campañas informativas en su contra.

Este episodio es parte de una saga en la que actualmente se discute, no solo en México, sino en varios países del mundo, el uso que le dan líderes políticos y sociales a las redes sociodigitales y, por otro lado, el papel que estas compañías de comunicación y tecnología juegan en la comunicación pública de las democracias contemporáneas.

En esta ocasión me interesa destacar la dimensión política de estos debates. En el primer problema planteado, es decir, el uso que se le da a las redes sociales, observo que su raíz está en la falta de un compromiso ético de los líderes políticos en relación a su comportamiento público, lo que incluye todos sus actos comunicativos.

Sin embargo, más allá de pensar el problema desde una perspectiva individual, que se agota en señalar que estuvo mal que Trump incitara a sus bases a cometer actos violentos, o bien que López Obrador haya acosado públicamente al representante de Twitter, este es un problema de orden social en el que los políticos se compartan de esta forma porque 1) pueden hacerlo, lo que implica que se les ha permitido hacerlo y 2) porque estos comportamientos ofrecen réditos políticos y electorales.

La falla en el engranaje institucional está en los partidos políticos. Vemos a partidos políticos muy débiles, que no representan a grandes sectores sociales, con nulas discusiones políticas e ideológicas de funcionamiento y que, por tanto, ofrecen candidaturas a quien pueda ganar las elecciones, no a personas que puedan convertirse en una representación colectiva de sus propios valores. Al tener partidos tan débiles, los políticos tienen pocos contrapesos para la rendición de cuentas y, por tanto, pueden comportarse públicamente como les dé la gana.

El caso de Trump es elocuente: sin ser un Republicano de cepa y contraviniendo muchos de sus valores, durante cinco años capturó a un partido que, hasta el día de hoy, no ha condenado abierta y públicamente las atrocidades que ha cometido. En el caso mexicano, López Obrador, ante la inoperancia del PRD, fundó otro partido al que pocas cuentas tiene que rendir.

En estos casos, los partidos, como fuerzas sociales colectivas tendrían que asegurarse de que lleguen perfiles que defiendan democráticamente sus ideas en un marco de civilidad y que, cuando esto no ocurra, se les amoneste y llame a cuentas públicamente. Por desgracia, estamos en tiempos de la personalización política, de partidos débiles y políticos fuertes.

Ahora bien, el segundo problema que planteo es que este uso violento y demagógico de la comunicación publica también ocurre porque ofrece buenos resultados políticos. Este tipo de comportamientos atizan la hoguera de polarización afectiva. Cada vez que un político construye un discurso en el que define quiénes son de un bando y quiénes son de otro, se apela a profundos resortes culturales e identitarios, lo que afianza bases políticas polarizadas.

Sin embargo, las reglas del juego, al menos en el plano comunicativo, no las pusieron únicamente los políticos. Las reglas del juego han sido planteadas por las mismas plataformas, en este caso Twitter, pero también Facebook y algunas otras más. La forma en que están programadas estas redes premian y privilegian el contenido emocional y que es gasolina para acrecentar esta espiral de confrontación.

Algunos diseñadores de estas plataformas han reconocido públicamente que éstas están programadas con base en mecanismos que crean una adicción emocional a ciertos contenidos, en este caso políticos, y que terminan caldear y crispar los ánimos de los usuarios. A Trump lo silenciaron días antes de que terminara su mandato, pero pocos señalan que muchas empresas de comunicación, incluidas Facebook y Twitter, ganaron muchos dólares por las campañas que este político desarrolló en los últimos años, pero especialmente por el tipo de contenidos y dinámicas comunicativas que generó y que se quedarán en las redes sociales y comunicativas que construyó, aún cuando él ya no opere en ellas. Como diría mi maestro Enrique Sánchez Ruiz, “por favor, estas empresas no son hermanitas de la caridad”.

“Move fast and break things”, muévete rápido y rompe cosas, fue el lema de Mark Zuckerberg en los años en los que Facebook estaba en pleno desarrollo. Esta frase, que resume mucha de la ideología de Sillicon Valley, en donde se crearon las grandes compañías que dominan y monopolizan la comunicación contemporánea, resuena en los problemas ante los que estamos en la actualidad.

Estas nuevas compañías ofrecieron desestructurar complejos sistemas políticos, económicos y sociales de mediación. A los empresarios les ofrecieron llegar directamente a sus clientes, sin pasar por proveedores; a los políticos, llegar a los ciudadanos, eludiendo mecanismos institucionales como el filtro de los partidos políticos y los medios de comunicación. Pues bien, estas compañías se movieron rápido y rompieron cosas, entre ellas, sistemas políticos y comunicativos que tuvieron una gran estabilidad en las últimas décadas.

La comunicación pública en las democracias contemporáneas requiere una gran reingeniería política, legal y ética. Dejarle esta tarea a empresas privadas transnacionales o a la clase política actual no parece que dará los mejores resultados. Es hora de la activación social.

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