Por el derecho a rectificar

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Para Toral, por el ejemplo

Vivimos tiempos en los que equivocarse no sólo está mal visto, sino que está prohibido. Los ejemplos abundan. En las universidades, por ejemplo, los académicos piden que les envíen las notas para verificar que el entrevistador no se haya equivocado. No lo dicen así, pero así es. Otras veces lo que buscan es asegurarse de no haber dicho algo que les comprometa y luego los lleve a rectificar, a reconocer el error. En otros casos, las instituciones demoran mucho tiempo en fijar postura respecto a los acontecimientos que conmueven a la sociedad, porque invierten demasiado tiempo en cuidar las palabras para quedar bien con todos y no ofender a nadie, no sea que, vaya cosa, sea necesario rectificar. Cuando es inevitable enmendar un error o una omisión, se busca que la rectificación parezca cualquier cosa menos eso. Hay que mostrarse infalibles en todo momento.

Lo mismo puede decirse de los políticos. Andrés Manuel López Obrador ganaría mucho más capital político si reconociera, por ejemplo, que cometió un error al apoyar a Félix Salgado Macedonio; pero no: se empecinó en su defensa, cueste lo que cueste. Mejor acusar persecuciones o artimañas electorales antes de reconocer que el guerrerense es un impresentable. En Jalisco no estamos mucho mejor: Enrique Alfaro es un maestro en el lavado de manos y en la repartición de culpas. Lo que sea necesario antes de reconocer que se equivocó. Tercos y obstinados, ambos políticos invierten todo su capital en mostrarse infalibles, mientras las huestes digitales, pagadas con el erario, les aplauden como focas a fuerza de hashtags.

En el imperio de la imagen y las redes sociales no hay lugar para reconocer el error.

Por eso, por este contexto de infalibilidad, me resulta admirable lo que hace unos días hizo el periodista José Carlos Toral, reportero de Líder Informativo y Meganoticias. El 2 de marzo, Toral había informado que la Secretaría de Salud había adquirido a sobreprecio unos ventiladores para atender la contingencia de covid-19. El sobreprecio era de 37 por ciento y, además, habían sido adquiridos a una empresa especializada en la venta de productos de belleza. Un día después, el reportero dio cuenta en su cuenta de Twitter de su error: en realidad no se trataba de un sobreprecio, sino que los ventiladores adquiridos eran de un modelo mejor.

Si bien la información que había obtenido el reportero no había sido del todo clara, lo cierto es que no había irregularidad alguna. Incluso en lo concerniente a la empresa, aunque efectivamente vende productos de belleza, cuenta con permiso de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) para comercializar equipos médicos. Todo estaba en regla, pues.

Retomo los dichos de Toral en los que hace un mea culpa: en el primero, señala que borrará las publicaciones previas “no porque quiera ocultar la falla (mi error), sino para evitar mala información y que no se utilice la falta de precisión para golpeteo político”. Y no es para menos: en tiempos de elecciones todo será usado para afectar al contrincante, sea cierto o no. En otro tuit, el reportero expone: “No creo en el periodismo impoluto, lo importante es reconocer cuando uno se equivoca”.

No es sencillo reconocer los errores, sobre todo en los medios informativos. Baste recordar la polémica desatada tras el sismo del 19 de septiembre de 2017, cuando durante horas los televidentes estuvieron pendientes del rescate de la niña Frida Sofía, un rescate que no ocurrió simplemente porque la niña nunca existió. Ni la reportera Danielle Dithurbide, ni los conductores Carlos Loret de Mola y Denise Maerker —ya no digamos algún editor o jefe de información— reconocieron el error. Antes prefirieron repartir culpas.

Esta semana también me topé con una entrevista a la lingüista Concepción Company, quien en múltiples ocasiones ha expresado su inconformidad con el uso del llamado lenguaje incluyente. Si bien en la entrevista reitera su argumento de que éste es una cortina de humo que puede ser usada para ocultar las graves realidades que enfrentan las mujeres, en una línea de la entrevista reconoce: “Mi relación con el lenguaje incluyente ha evolucionado en parte porque he platicado con algunas minorías y porque lo he reflexionado”. Dos palabras: diálogo y reflexión. Si bien no se trata de una rectificación, me parece encomiable que, desde mi perspectiva, la académica se mueve de lo que parecía una posición inamovible para darle cabida a otros puntos de vista. La entrevista completa tiene ideas que bien vale la pena leer con calma.

En fin, que esta semana ha sido una gran lección sobre la importancia de actuar con ética, reconocer el error y asumir las responsabilidades. Una actitud con la que quien se equivoca aprende y todos ganamos. Todos, menos los políticos: ellos nunca se equivocan.

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La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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