El León

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

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Heriberto Frausto Martínez era conocido en la Academia de Policía como el más temible entre los agentes y el más duro entre los instructores.

La tortura era su especialidad: siempre que era necesario que un detenido se declarara culpable de un crimen —lo hubiera cometido o no—, llamaban a Heriberto y en cosa de minutos tenía una declaración firmada. Por otra parte, en la Academia tenía a su cargo el acondicionamiento físico de los elementos y se tomaba muy en serio su tarea: las rutinas eran extenuantes y los castigos para quienes no las cumplían coqueteaban con la tortura, esa con la que arrancaba confesiones a los detenidos.

Era, como se dice, un tipo rudo.

Y como todo tipo rudo que se precie de serlo, nadie se refería a él por su nombre. En todas partes —en las calles, en los separos o en la Academia— era mejor conocido por su apodo: El León.

Nadie quería verse las caras con él. En las prácticas se imponía a gritos e intimidaba a los novatos. La primera semana de los agentes de nuevo ingreso en la Academia eran una pesadilla: además de las rutinas extenuantes, las humillaciones y los golpes, los policías en formación temían la novatada a manos del León, que lo mismo podían ser golpizas tumultuarias en las duchas que sesiones de ejercicio en plena madrugada, bajo la lluvia y completamente desnudos, sin importar si los noveles agentes eran hombres o mujeres. Eso cuando estaba de buenas, porque cuando había tenido un mal día —un operativo fallido, una reprimenda de los jefes por una nota en la prensa, una recomendación de la Comisión Estatal de Derechos Humanos—, las represalias contra los novatos eran de tal magnitud que nadie quería hablar de ellas al día siguiente.

En los pasillos de la Academia se rumoraba que el apodo de El León no le venía de su bravura con los presos y con los novatos. O sí, pero no sólo: los cotilleos decían que el sobrenombre se lo había puesto Martita Echegaray, la esposa del secretario de Seguridad Pública, que se había dado un encerrón con Heriberto. Dicen que cuando el río suena es porque agua lleva, y el cauce que corría por los pasillos de la dependencia aseguraba que la mujer del funcionario había quedado toda magullada —chupetones, mordidas y rasguños— después de coger con El León. Las voces, siempre abiertas a la murmuración, afirmaban que no sólo se había acostado Martita: también lo había hecho con la mitad de las secretarias de la corporación y las esposas de dos o tres colegas. Al parecer, insistían los cuchicheos, todas coincidían: al León le gustaba el sexo salvaje y tarde o temprano todas regresaban por más. Hasta la esposa del secretario.

Rumor a fin de cuentas, nadie decía esta boca es mía, pero todos lo creían. Y El León, por su parte, disfrutaba al escuchar al coro de murmuradores sin confirmar o desmentir nada. Cada chisme alimentaba su ego y henchía su leyenda.

Julián Tizcareño era un novato en la Academia. Desde niño había querido ser policía y por eso en cuanto pudo hizo los trámites para unirse a la corporación. Sabía que el camino no iba a ser fácil y lo confirmó en la segunda noche cuando, a mitad de la madrugada, alguien le puso una almohada en la cabeza y comenzaron a lloverle golpes por todo el cuerpo. Resistió y apenas dio un gemido cuando lo tiraron de la cama y los puños fueron remplazados por patadas. Cinco minutos de jadeos y luego silencio. Tardó en poder levantarse. Cuando por fin lo hizo, no vio a nadie cerca. Se acostó como pudo en su cama, sabiendo que no era el único despierto.

A la mañana siguiente, a la hora de la formación, El León pasó a su lado y le dedicó una mirada fugaz que Tizcareño fingió no ver. Sabía que era apenas el primero de los muchos pasos que debía dar para cumplir sus metas. La vida siguió y se llevó los moretones.

Cuando tenía su día franco, el aprendiz de policía pasaba las mañanas haciendo ejercicio y a mediodía iba a visitar a sus padres. Por la noche, salía de fiesta: era asiduo visitante de un antro gay ubicado en la zona roja de la ciudad. Aunque no se había declarado homosexual, le gustaba ir a beber y a observar. Con ánimo voyeur, se distraía viendo los cuerpos de los otros parroquianos. Aunque no había restricciones, casi no se veían lesbianas en el lugar, donde más bien proliferaban hombres de todo tipo: gordos, delgados, lampiños, bigotones y barbudos; todos rozando sus cuerpos brillosos y sudados, las panzas redondas y peludas repegadas a espaldas pegostiosas; todos sumergidos en la bruma del humo del cigarro y ebrios de cerveza tibia. Tizcareño se excitaba viendo aquel espectáculo desde la barra, ignorando los flirteos de dos o tres coquetos y rehuyendo la mano traviesa de más de un atrevido que osaba lanzarle un manotazo a la entrepierna. Mientras algunas parejas subían al segundo nivel, donde estaban los cuartos de alquiler para darle rienda suelta al deseo nacido en la pista, alimentado en los baños y reprimido en los pasillos, Tizcareño se iba a su casa donde, en la soledad de su habitación, se masturbaba con furia recordando la danza de cuerpos y vientres y roces y sudores que acababa de presenciar.

Una noche, mientras bebía en la barra, sintió que un muslo se frotaba contra el suyo. No se había dado cuenta en qué momento llegó ese hombre a sentarse a su lado. Era bien parecido, aun con el sobrepeso y su olor a perfume barato, de esos que ofertan en el centro y no son más que malas imitaciones de las fragancias caras. Quiso retirarse, evitar otro contacto, pero el hombre lo sujetó fuerte del brazo.

—¿A dónde, a dónde? —, dijo el hombre gritándole al oído. —Vas a venir conmigo porque el jefe quiere verte.

Tizcareño no pudo reaccionar. Cuando menos se dio cuenta, estaba subiendo las escaleras rumbo a los cuartos. Cada tanto podía escuchar los gemidos que los amantes se arrancaban detrás de las puertas: si era placer o dolor, o una inseparable mezcla de ambos, era imposible saberlo.

El gordo se detuvo y abrió una puerta y le dio un empujón a Tizcareño, que entró trompicándose a la que, iluminada con un foco rojo de baja intensidad, tenía en el centro una cama y sobre ella el cuerpo desnudo de un hombre a gatas.

—Hasta que llegaste, novato.

Tizcareño sintió un hueco en el estómago y una punzada en el miembro.

—¿Te vas a quedar nomás viendo? ¡Órale a coger!—, volvió a decir el hombre desnudo sobre la cama mientras contoneaba las nalgas ofreciéndoselas al novato que, en pleno desconcierto, no pudo contener la erección que comenzó a crecer debajo de su ropa.

Si la primera vez había dudado, ahora Tizcareño estaba completamente seguro: el hombre que veía entre la penumbra, ofreciéndole las nalgas y ordenándole que se lo cogiera, era Heriberto Frausto Martínez. El mismísimo León.

Cuando dos días después volvieron a toparse en la Academia, el novato todavía no lograba convencerse de que en realidad había pasado lo de la otra noche. Sin embargo ahí estaban las mordidas, los rasguños, los moretes, ocultos a la vista pero todavía frescos. Y sabía que el cuerpo de Frausto cargaba sus propias marcas.

Bien dicen que el León no es como lo pintan, pensó mientras el León pasaba de largo, sin verlo siquiera.

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La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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