El bosque en llamas

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

En el área metropolitana de Guadalajara hay dos sucesos que se repiten cada año y que, sin embargo, siempre toman “por sorpresa” a las autoridades: las inundaciones por las típicas lluvias atípicas y los incendios en el bosque La Primavera. Como ahorita no hay agua ni siquiera en las tuberías por los tand… perdón, por los suministros rotatorios, entonces significa que es temporada de humo. Así pues, toda esta semana hemos visto cómo se nubla el cielo por la columna de humo que se alza desde el poniente de la mancha urbana.

Desde hace mucho tiempo, abril arde en los ojos y pica en la garganta. Las y los ciudadanos vemos pasar administraciones, cambian los gobernadores, cambian los colores del partido en el poder. Las promesas de los políticos apestan tanto o más que el humo que llena la ciudad impregnando todo con olor a quemado.

En la semana vimos en las redes sociales una publicación de Enrique Alfaro, el candidato poetuitero, enviándole un mensaje a Enrique Alfaro, el gobernador influencer: “La Primavera nos manda señales de humo, se queja por la ineptitud y la irresponsabilidad de los gobiernos”, escribió en abril de 2012. Obvia decir que no, el mensaje no era para él: en ese entonces Alfaro Ramírez estaba en campaña y el gobierno inepto e irresponsable era el del panista Emilio González Márquez. Ese año Enrique Alfaro perdió la elección con el priísta Aristóteles Sandoval y los incendios siguieron. Ahora que el autonombrado refundador por fin está en el poder, La Primavera sigue quejándose por las mismas ineptitud e irresponsabilidad del gobierno. Poetuitear es fácil, pero gobernar…

Mientras transcurría el primer incendio de este año, la organización Anillo Primavera publicó un video en el que se pueden apreciar los diferentes incendios que ha sufrido el bosque desde 1998. Casi al final, se superponen todos los incendios y la imagen es desoladora: prácticamente se ha quemado todo el bosque. ¿Cuántas promesas de cuidar el bosque se han realizado en 23 años? ¿Cuántas investigaciones “hasta las últimas consecuencias” para dar con los responsables? ¿A cuántas personas se ha castigado “con todo el peso de la ley” por las hectáreas incendiadas? Si usted conoce las respuestas, le agradecería que me las haga saber.

Ahora bien, con cada incendio las miradas se dirigen invariablemente al desarrollo inmobiliario. No es para menos: en el incendio de 2012 pudimos ver en los videos que circularon por redes sociales cómo las llamas llegaban prácticamente hasta unas casas. Lujosas casas. Lujosas casas que, vamos, no tendrían por qué estar ahí, invadiendo el bosque. La voracidad de las llamas es apenas comparable con la voracidad de los desarrolladores, que ofrecen la posibilidad de vivir en el bosque aunque para ello sea necesario destruir el bosque mismo.

Sin embargo, esta es apenas la mitad del problema: no todos los incendios provocados en la zona del bosque tienen que ver con desarrollo inmobiliario. Muchos de los incendios provocados también tienen que ver con la ambición de cambiar el uso de suelo del bosque y volver la tierra “productiva”, es decir, cultivable. Algo que pasa, por ejemplo, con la deforestación para crear campos de cultivo de aguacate o de berries o de agave. Atribuir todos los incendios al desarrollo inmobiliario no sólo nos deja con la foto incompleta, sino que hace que otros queden impunes mientras volteamos a otro lado. Y el bosque sigue ardiendo.

También hay que considerar a aquellos que no quieren construir una casa lujosa ni cosechar berries, sino los que solamente quieren ir a disfrutar del bosque, pero no se hacen responsables de sus desechos y dejan un basurero; aquellos que disfrutan del ciclismo de montaña a costa de erosionar los terrenos por donde pasan las rutas. “Oye, no mames, no vas comparar mi ciclismo sanísimo con la tala clandestina”, me van a decir. Y la respuesta es obvia: no, no es comparable. Pero cobrar conciencia de nuestras acciones y su impacto, por pequeño que sea, debería ser el primer paso para relacionarnos de otra manera con el bosque.

Eso nos toca como ciudadanos, pero también toca que los tomadores de decisiones y de la iniciativa privada hagan lo suyo, porque de muy poco sirve que nosotros estemos reciclando pendejaditas cuando las industrias siguen haciendo pendejadotas, como si los recursos de la tierra no se agotaran. Se les olvida que no se puede crecer infinitamente por una simple razón: los recursos de la tierra son finitos.

Es muy fácil —y lógico, pues es su trabajo— responsabilizar al gobierno por su negligencia y sus omisiones en lo que respecta a La Primavera, pero también es necesario un ejercicio de introspección para saber cómo debemos participar todos en la conservación y urgente restauración del bosque. Porque si se sigue quemando vamos a seguir en la misma espiral viciosa: menos bosque, menos lluvias, menos captación de agua subterránea (y con esto, más inundaciones), menos agua en las presas, menos agua en las tuberías. Y la espiral es cada vez más profunda.

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La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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