Tres de lengua con todes

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Ilustración por Zehsar

Desde hace ya algunos años, muches de quienes trabajamos en el ámbito de la comunicación hemos seguido con mayor o menor interés —me cuento entre los primeros— el debate en torno al llamado “lenguaje incluyente”. 

Cada tanto, desde diferentes trincheras, surgen impulsores y detractores de esta forma de comunicarse y, como suele ocurrir en este tipo de discusiones, cada bando se declara poseedor de la razón mientras el común de las personas sólo vemos cómo los argumentos cruzan de un lado a otro.

Quizá todavía hay algún despistado que se pregunta, ¿y qué es el lenguaje incluyente? Grosso modo, es una iniciativa impulsada por diferentes grupos, sobre todo feministas y de las comunidades LGBTQ+, que pugnan por hacer cambios en la manera de comunicarnos pues, afirman, la lengua española como se ha venido usando es excluyente y machista, es decir, sirve para perpetuar una estructura social que en buena medida beneficia al hombre.

Más concretamente, lo que propone el lenguaje incluyente —y en este punto prefiero referirme a él como “lenguaje igualitario”, tal y como propone la lingüista Paulina Chavira es abandonar en la medida de lo posible el uso del genérico masculino para englobar un grupo mixto de personas. ¿Por ejemplo? Se propone buscar otras fórmulas comunicativas para no caer en el lugar común de llegar a una aula de clases llena de alumnas y alumnos y saludar diciendo “Buen día a todos”. (Piénselo un poco: si la audiencia tiene 15 hombres y tres mujeres, esas tres mujeres han de darse por incluidas en el “todos”; si la cifra se invierte y la mayoría son mujeres, si quien saluda dice “Buen día a todas” los tres hombres van a respingar sí o sí. ¿Por qué ellos no habrían de incluirse y sí piden que ellas lo hagan cuando es al revés?).

¿Qué se puede hacer? Ha habido diferentes propuestas: desde la que sugiere desdoblar las oraciones por género —es decir, referirse a todas y todos— hasta la que propone la creación de nuevas palabras a partir del uso de la ahora llamada “e neutra” —para decir “Buen día a todes”—, que incluye por igual a hombres, mujeres y aquellos que no se identifican con el esquema binario. 

La búsqueda, ciertamente, ha pasado por muchos despropósitos. Por ejemplo, hubo un tiempo en el que a unes les dio por usar @ y x para referirse a “tod@s” y “todxs”. Sin embargo, pronto estas soluciones ganaron muchos detractores porque no sólo son imposibles pronunciar, sino que tampoco son reconocidos por los softwares de lectura que ayudan a personas débiles visuales, lo que terminaba haciendo excluyente algo que, por el contrario, buscaba incluir de otras maneras a las personas.

En su colaboración publicada en Grupo Reforma el pasado 25 de abril, Paulina Chavira pregunta y responde:

“¿Por qué nos cuesta tanto trabajo aceptar nuevas palabras relacionadas con el género o que hay personas que no nos vemos representadas en el masculino genérico? Sí, sé que hay muchas mujeres —incluso filólogas y lingüistas— que se sienten incluidas en el masculino genérico; pero sé también que somos muchas otras personas que no: tan válida es una postura como la otra. Para esta nueva realidad también necesitamos alternativas”.

Y añade el que, para mí, es uno de los mejores argumentos a favor de la búsqueda de un lenguaje igualitario: “Cuando comprendamos que la lengua se modifica porque la realidad que nombra cambia, quienes la hablamos nos adueñaremos verdaderamente de ella”.

Entre quienes se oponen al uso del lenguaje igualitario se cuentan muchos defensores de la lengua, quienes la presentan como un agente ajeno a la discusión o como algo inamovible que ha de respetarse sí o sí. En una entrevista para El País a propósito de su nuevo libro, Álex Grijelmo hace una especie de #NotAllMen y fundamenta su argumentación al decir que los usos de la lengua “no son del español, son de los hablantes del español”. 

Y luego recurre a una metáfora en la que compara a la lengua con un cuchillo. Afirma Grijelmo: “No culpemos a la lengua, es decir, no culpemos al cuchillo de un asesinato. El cuchillo sirve para cortar el pan y para matar a alguien, pero la culpa no es del cuchillo. La culpa es de cómo utilizamos el cuchillo”. Me parece que el periodista español, una figura influyente en buena parte de los usos y costumbres en materia de estilo del periodismo iberoamericano gracias a la influencia de El País, se equivoca: lo que están proponiendo los impulsores del lenguaje igualitario es, precisamente, pugnar para cambiar los usos que se le vienen dando al cuchillo. En cambio él prefiere defender al cuchillo porque, pobrecillo, ¿qué culpa tiene de que la gente sea así? Pone, de algún modo, al cuchillo por encima del asesinado.

Hace poco vi un experimento: alguien introdujo una serie de virtudes en el traductor de Google y las acompañó del pronombre ő, que en noruego tiene género neutro, es decir, aplica para hombres y mujeres por igual. Ante la disyuntiva, el algoritmo de traducción asignó el género: ellas son bonitas, lavan los trastes, cocinan, cuidan a los niños; ellos, son inteligentes, leen, son políticos, hacen dinero, son profesores. 

Tengo la impresión de que muchos de los detractores no se han dado la oportunidad de reflexionar por qué les causa tanto repelús el lenguaje igualitario y simplemente prefieren denostarlo porque es lo más cómodo. Me parece sintomático, por ejemplo, que en sus lamentos por el lenguaje incluyente no sepan distinguir entre personas y objetos, y terminen quejándose porque ahora tendrán que decir “la mesa y el meso” o “la zapata y el zapato”. Un tontería, pues.

Sin embargo, nada está escrito en piedra. Aunque se mantiene en su dicho sobre que la discusión sobre el lenguaje igualitario puede ser usada como una cortina de humo para distraer la atención de temas más importantes, la lingüista Concepción Company reconoció hace poco que su posición respecto de los usos del lenguaje igualitario “ha evolucionado en parte porque he platicado con algunas minorías y porque lo he reflexionado”.

Y bueno, si hasta Concepción Company está cambiando de opinión, ¿por qué no abrimos la mente y exploramos las posibilidades que nos dan estos nuevos usos del español que compartimos?

 

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Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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