La otra muerte de Jhosivani

La Calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Jhosivani Guerrero de la Cruz murió una vez en septiembre de 2015.

Antes de esa fecha el joven era considerado víctima de desaparición forzada a manos de la policía de Iguala, Guerrero. Jhosivani era parte del grupo de normalistas de Ayotzinapa que fueron atacados en el municipio guerrerense la noche del 26 y 27 de septiembre de 2014 y de los cuales, dicen las versiones, 43 fueron entregados al crimen organizado sin que desde entonces se conozca con certeza su paradero.

Digo que Jhosivani Guerrero murió una vez en septiembre de 2015 porque la entonces procuradora General de la República, Arely Gómez, anunció la identificación de los restos del joven normalista aun cuando la evidencia en aquel entonces no era concluyente y la coincidencia genética con sus familiares era baja en términos estadísticos, según el Equipo Argentino de Antropólogos Forenses (EAAF), quienes han acompañado a los familiares de los normalistas desde que comenzaron las investigaciones para dar con su paradero, en 2014.

Los restos, atribuidos a Jhosivani hace seis años, fueron encontrados en el río San Juan, ahí donde, según el otro procurador, Jesús Murillo Karam, habían sido desechados los cuerpos de los normalistas luego de haber sido incinerados en el basurero de Cocula. La ruta basurero-río fue la piedra angular de la llamada “verdad histórica” con la que la administración de Enrique Peña Nieto pretendió dar carpetazo a la investigación por los hechos ocurridos en Guerrero.

Pero con el paso de los años la “verdad histórica” se ha venido desmoronando.

Y Jhosivani ha muerto otra vez.

Hace unos días se informó que la Universidad de Innsbruck, en Austria, instancia que ha estado a cargo del análisis de los restos óseos que se han recopilado durante la investigación, había logrado una identificación con un porcentaje de parentesco superior al 99.99 por ciento. La base del análisis es una vértebra lumbar “que no presentaba alteración térmica” y que fue hallada en octubre de 2020.

El problema, o al menos algo que me desconcierta, es el lugar del hallazgo: la barranca de La Carnicería, que no tiene relación con la narrativa de la primera versión oficial ya que, además de que ni siquiera se mencionó entonces, no colinda ni con el basurero de Cocula ni con el río San Juan.

En ese lugar fueron encontrados también los restos de Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, cuya identificación fue dada a conocer en julio de 2020. Christian, Jhosivani y Alexander Mora Venancio son hasta ahora los tres normalistas identificados. De los otros 40 sigue sin conocerse el paradero.

A diferencia de la identificación de 2015, que no contó con el respaldo del EAAF por lo débil de las pruebas, en esta ocasión el grupo de científicos ha validado los resultados enviados desde Innsbruck. En un comunicado bastante puntual, informan que “estos resultados son extremadamente dolorosos para los familiares del joven Jhosivani Guerrero de la Cruz. Le expusimos a la familia por qué estos resultados son concluyentes. A la familia de Christian Alfonso Rodríguez Telumbre le informamos lo que significa una ‘reasociación’, cuando luego de una coincidencia genética aparece un nuevo resto, como este caso. Como EAAF, apoyamos los resultados enviados desde la Universidad de Innsbruck para ambas coincidencias genéticas”. El comunicado del EAAF también explica las diferencias científicas respecto de la primera identificación de Jhosivani.

Seguir el curso de la investigación desde la información que se va dando a conocer es desolador. En lo personal, la nueva identificación de Jhosivani plantea más preguntas que respuestas:

¿Por qué la primera muestra apareció en una bolsa junto al río San Juan, la bolsa que nadie sabe cómo llegó ahí ni cómo se encontró porque el hallazgo y levantamiento se hizo sin seguir los protocolos?

¿Por qué el nuevo resto óseo apareció en la barranca de La Carnicería?

¿Por qué La Carnicería no figuraba en la primera investigación?

Quizá es una pregunta muy pendeja pero, si la vértebra lumbral analizada no tenía alteración térmica, ¿cómo se sustenta la teoría de que los normalistas fueron incinerados luego de ser asesinados?

¿Por qué la entonces PGR se apresuró a informar la identificación de Jhosivani en 2015, cuando tanto Innsbruck como el EEAF habían informado que el resultado no era concluyente?

Si los hallazgos de La Carnicería ya condujeron a la identificación de dos de los muchachos, ¿cuántos indicios más hay en ese sitio y, de haberlos, a cuántos normalistas más permitirán identificar?

¿Cuándo se va juzgar a Jesús Murillo Karam por alterar evidencia, falsear información y entorpecer la investigación? ¿Cuándo a Arely Gómez?

Y la pregunta que nos hacemos y nos repetimos desde septiembre de 2014: ¿dónde están los normalistas de Ayotzinapa?

* * *

Cuando planteé algunas de estas preguntas en mis redes sociales, algunas respuestas vinieron a cuestionar el uso político que pueda estar dando la administración de López Obrador al caso Ayotzinapa. Por supuesto, no se descarta. En este caso, prefiero poner mi confianza en el Equipo Argentino de Antropología Forense, cuya seriedad y trayectoria está por encima de cualquier cuestionamiento. Si alguien desea conocer más sobre este grupo, les recomiendo leer El rastro en los huesos, una impecable pieza periodística de la cronista argentina Leila Guerriero.

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La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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