Por el legítimo derecho de parar

La Hilandera

Por Rosario Ramírez / @la_hilandera

 

Mientras escribo esto, suena en mi cabeza una frase de la canción “Bombay” de El Guincho* que dice “Hace 200 días que no me sale una línea y, además, no parece que va a cambiar aunque me escuches”. Y así me siento ahora.

El año pasado, además de la pandemia, vi llegar una ola de trabajo, de proyectos, de pendientes que parecían nunca terminar. Me pasó muchas veces que al apretar el botón “enviar” parecía que mandaba una señal para que llegaran más y más cosas que consumieron mis días y mis múltiples noches sumando a mi insomnio y a la ansiedad de saber que un bicho estaba afuera haciendo de las suyas, cambiando el encierro voluntario a uno casi obligado porque de otro modo no terminaba, no enviaba a tiempo, no cumplía con lo prometido.

La preocupación inicial de marzo de 2020 que se fincaba en “qué haremos ahora con tanto tiempo en casa”, rápidamente se convirtió en la añoranza del tiempo libre, de los domingos en la vía recreactiva, en el deseo de una noche tranquila donde pudiera dormir plácidamente a horas recomendadas, en un correo limpio sin mensajes no leídos, y en el silencio de las notificaciones de WhatsApp. De esto sólo sucedía la vía y no siempre, porque llegaba al domingo por la mañana cansada, agotada de todo.

Todo esto me hizo pensar en la precariedad laboral por la que muchas y muchos transitamos (momentánea y no tan momentáneamente) y lo interiorizado que tenemos el poner nuestro tiempo, trabajo y habilidades al servicio y de manera gratuita cuando no debería ser así. Ser freelance implica que no siempre tenemos proyectos activos remunerados, pero como leía hace no mucho en el tuit de un colega, algun@s vivimos en ese lugar extraño que se define como “tengo mucho trabajo y a la vez ninguno”. Esto también me hizo sentir una tremenda decepción y construir múltiples cuestionamientos sobre mi profesión y mis apuestas a futuro y en presente. La academia, como muchos otros campos, no es necesariamente un espacio abierto y amable, y muchas veces me repetí, incluso en forma de canción y hasta de meme “¿y todo para qué?”.

Y como muchos de los efectos inesperados (o quizá previstos) de dinámicas donde la productividad “te hace”, el cuerpo me pasó factura por partida doble: enfermándome y haciéndome pasar por estudios, medicina y muchas renuncias, y poniendo mi creatividad en modo avión: de no ser un correo, cosas automáticas o muy puntuales que resolver, me fue imposible articular las ideas y volver a escribir.

Eso me hizo sentir culpable y también abrió la puerta a un desencanto todavía mayor. El síndrome de la impostora me ganó, pensé, pero lo que en realidad tenía (y todavía tengo) es un profundo cansancio. Enfermar fue mi forma legítima de parar y decir “ahorita no” porque de verdad no podía y a ratos todavía no puedo. No puedo pensar mientras el dolor me cruza el cuerpo. Me volví a cuestionar todo y trato de escribir de nuevo pensando en que todo esto pasará, pero también sintiendo la imperiosa necesidad de encontrar el equilibrio. Y bueno, aquí estoy, intentándolo otra vez.

***

https://open.spotify.com/track/60aWOhenofxdFViDXn3lfp?si=d711eb69e9e5491f

Comparte

La Hilandera
Rosario Ramírez Morales Antropóloga conversa. Leo, aprendo y escribo sobre prácticas espirituales y religiosas, feminismo y corporalidad.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Quizás también te interese leer