La posverdad autoritaria del alfarismo

Zona Cero

Por Jonathan Ávila /@JonathanAvilaG

Las respuestas estatales frente a la crítica siempre han evidenciado las formas en las que se construyen cierto tipo de gobiernos desde las subjetividades que los conforman. No hay duda de que el actual gobierno de Enrique Alfaro Ramírez –en Jalisco– muestra claros signos de un neo autoritarismo, al estilo de lo que ya han evidenciado otros personajes de talla internacional como Jair Bolsonaro o Donald Trump, pero que además es una característica latente del momento neoliberal que vivimos.

El impulso de la iniciativa privada, la promoción de la “gobernanza”, el rechazo de las manifestaciones políticas críticas, el uso desmedido de las redes, la centralidad de su figura como plenipotenciaria, la justificación de la represión y la construcción mañosa de una forma de participación ciudadana en los gobierno son solo algunos signos de ese neo autoritarismo.

Sin embargo, en las últimas semanas asistimos a un escenario en donde se remarcó aquella tipología, donde no sólo las formas autoritarias clásicas se hicieron presentes, sino que quedó claro que este gobierno no solo rechazará cualquier forma de escrutinio por parte de la prensa crítica sino que atacará con desprecio cualquier signo de verdad enmarcada en los hechos expuestos por “sus adversarios”.

Este desprecio por la verdad ha sido conceptualizado en los últimos años como posverdad, una construcción teórica reciente que trata de contraponer la mentira con la charlatanería y el desprecio de algunos medios y figuras políticas. Contrario al mentiroso, el charlatán que ejerce la posverdad produce un discurso de desprecio por la verdad desde una ignorancia arrogante.

Algo de eso recuerda la escena que el pasado 26 de julio tuvo lugar en Casa Jalisco, cuando el periodista Lauro Rodríguez –de NTR Guadalajara– trató de cuestionar al gobernador sobre el gasto excesivo en comunicación que realizó el Gobierno de Jalisco con motivo de la pandemia por la COVID-19. Enrique Alfaro utilizó expresiones como “no pierdas tu tiempo” y “no vengan aquí a hacernos perder el tiempo a todos”, “si te pones a hacer tu trabajo”, “dile a tu periódico que no pierda su tiempo, estamos en paz y que pueden hacer lo que quieran”, para tratar de minimizar el impacto local de la noticia.

Dichas respuestas no solo evidenciaron cómo la retórica del emecísta se nutre bajo una perspectiva en donde cualquier crítico de su gestión es un adversario controlado o que sigue órdenes. Además, algo más peligroso es que permite crear un discurso público en donde el periodista es un adversario de la sociedad o un mentiroso, más allá de los hechos.

Cabe destacar que estas declaraciones son expuestas desde su nueva conferencia “semanera” que busca generar un discurso desde el alfarismo, una característica que además es importante para una construcción de la posverdad. “El charlatán menosprecia la verdad, ignorándola, pasando por encima de ella. Habla sin cesar, produce discursos”, señala el filósofo español Agustín Arrieta .

Durante la conferencia, el gobernador trató de desmentir la información periodística –producto de una revisión en el portal oficial de transparencia sobre comunicación social– con una supuesta información propia de la que el propio gobernador no señaló en dónde podría encontrarse y que fue proporcionada con datos incompletos a NTR Guadalajara.

No es la primera vez que Enrique Alfaro recurre a la estrategia de “los otros datos”, como se conoce ahora coloquialmente en México. En agosto de 2020, a través de un video en redes sociales, trató de señalar “datos propios” referentes al nivel de contagios y defunciones por la COVID-19, en contraste con el Semáforo Rojo del gobierno federal. Otro episodio similar fue en julio de 2021, cuando Alfaro se refirió sobre “el reporte oficial que tenemos”, para supuestamente desmentir una nota publicada en Mural con referencia al bajo nivel de la Presa Calderón, luego de ser una fuente de abastecimiento de agua para la Zona Metropolitana de Guadalajara por su condición deficitaria.

Construir esta posverdad requiere de la localización de un enemigo, que en el alfarismo han sido los medios de comunicación y periodistas críticos. El excesivo y favoritista gasto en redes sociales ha sido aderezado con agresiones latentes a este enemigo, un patrón ya marcado de la creación de la posverdad alfarista.

Hablar de un patrón de agresiones latentes no es una expresión al aire. Desde 2020 realizó una sistematización periódica de las agresiones y confrontaciones que ha tenido Enrique Alfaro con la prensa a lo largo de su trayectoria. De 2009 a lo que va de 2021 se registran alrededor de 36 agresiones contra medios de comunicación y periodistas en el plano público o que salieron a la luz, un rasgo distintivo de la forma de gobernar del emecísta que ha ido escalando en su frecuencia, ya que 6 de cada 10 agresiones se llevaron a cabo durante su actual administración como gobernador.

Las agresiones más frecuentes han sido aquellas tipificadas como intimidación y hostigamiento, y que refieren a las acciones de desprestigio de las investigaciones para la censura o autocensura; 33% fueron agresiones de ese tipo. En segunda posición aparecen los bloqueos o alteraciones de contenido –con 31%–, que refieren al intento por no dar información al medio o periodista y además se adereza con intento por desprestigiar la información en lugar de desmentirla con datos duros o verídicos.

20% de las agresiones se realizaron desde un uso ilegítimo del poder público, donde Enrique Alfaro ha utilizado su posición como gobernador y la palestra que esto involucra para desprestigiar a los medios o incluso presionar por las vías administrativas, como ocurrió durante 2018, cuando su partido interpuso una queja contra el reportaje de Anabel Hernández en Aristegui Noticias sobre presuntos nexos del emecísta con un grupo delictivo y cuya determinación fue bajar el contenido, de acuerdo al fallo del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Jalisco.

Algo interesante de esta sistematización ha sido encontrar que más de 50% de las agresiones son del tipo plural, o lo que denominamos como aquella agresión que involucra a múltiples medios o se realiza desde un discurso que busca desprestigiar a los medios de comunicación en general. En contraste, 39% de esas agresiones han sido “singulares” o aquellas que van directamente hacia un medio o periodista, y que principalmente va acompañada de una intimidación hacia el reportero de la fuente, en su mayoría mujeres.

Como ha dicho Arrieta, el menosprecio en la posverdad está afectando lo que se denomina como “repositorios de la verdad”: el sistema judicial, la universidad y el sistema educativo en general, la ciencia y el periodismo. Confrontar los hechos periodísticos, pero más aún la crítica sustentada a un gobierno con tintes autoritarios, desde el desprecio es un signo peligroso para la democracia que se pretende construir desde abajo. La posverdad es prefascismo, dijo hace unos meses el catedrático de historia estadounidense, Timothy Snyder, en The New York Times.

La trampa de la evasión y la mentira han sido siempre juegos de complejas estrategias para el ejercicio de la política estatal, pero ¿qué pasa cuando dejamos que el discurso político se impregne de retóricas que llevan a la posverdad? ¿Qué pasa cuando dejamos que los ideales que nutren la construcción de “la verdad” sean minados por las emociones a las que apela el papel autoritario y el desprecio neoliberal? ¿Qué le puede deparar a un gobierno cuando sus acciones públicas se sustentan en la creación de un discurso unívoco y que busca formar en los periodistas a un enemigo? Sin dudas, algo muy peligroso.

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Jonathan Avila
Autor de Zona Cero. Periodista, miembro de CONNECTAS Hub, aspirante a sociólogo e investigador de desaparición de personas en el estado de Jalisco.

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