Lo que el mundo (no) espera que hagamos

La Hilandera

Por Rosario Ramírez / @La_Hilandera

La semana pasada Simone Biles dio una gran lección de autocuidado y nos dejó una frase potentísima:

“Tenemos que proteger nuestra mente y nuestro cuerpo y no limitarnos a hacer lo que el mundo quiere que hagamos”.

Su renuncia a continuar en las competencias aludiendo a su salud física y mental abrió la puerta a reconocer los casos de otr@s deportistas a lo largo de la historia olímpica que habrían sido sometid@s a grandes cantidades de estrés y a condiciones que privilegiaban la competencia y los buenos resultados mientras se dejaba en segundo plano su salud y bienestar. Pero también permitió que se hablara en muchos niveles sobre la salud mental y la necesidad de poner límites, y de una cosa que a muchas nos cuesta: decir que no (o por lo menos ahorita no, intente más tarde o en unos días).

La postura de Biles fue aplaudida y también criticada por la prensa internacional y personajes como Novak Djokovic, quien en una vuelta inesperada del destino y después de decir que “la presión es un privilegio” hizo una tremenda rabieta producto de su privilegiada frustración.

Sin embargo, aún cuando much@s estamos lejos de competencias internacionales (o quizá no, pero al menos no en gimnasia o en atletismo) ¿cuántas veces tenemos posibilidades reales de decir que no y de privilegiar nuestra salud por encima de cualquier otra exigencia?

Y corrieron los post, las preguntas y las historias: “¿Conoces a algún estudiante que se haya dado de baja de algún posgrado por salud mental?”, preguntaban en algunos grupos en Facebook, y me revivieron al menos dos memorias: la de la estudiante de doctorado que falleció de un paro cardiaco después de un semestre donde fue sometida a lo que elegantemente se ha llamado “terrorismo académico”, y a dos prestigiadas colegas, una que justificaba abiertamente la violencia como método pedagógico, y otra que entre burlas y ante la crisis de una estudiante gritó que si no podía con el estrés, que se fuera (muy al estilo de Djokovic, si se me permite una ilustración de la esena).

En un escenario de precariedad laboral ¿quién tiene la posibilidad de parar para sanarse por completo de una enfermedad física o mental? ¿Nos hemos preguntado lo que se espera de nosotros y nos hemos puesto en pausa para privilegiar nuestra salud o a la familia sin que se nos cuestione el compromiso, interés o la famosa “camiseta”?

Intuyo que la mayoría de nosotros no ha podido hacerlo, porque habitamos un sistema que privilegia los resultados y la productividad por encima de cualquier otra cosa y valora el sacrificio como algo positivo aún cuando sea en detrimento de la salud. Es más, en muchos casos la enfermedad (mental o física) es vista como una especie de resultado perverso de una lógica que no respeta tiempos, días y noches, horas de sueño(s), y vuelven irónicos los deseos de descanso o divertimento que resultan a veces tan necesarios.

Y situando todo esto, much@s llevamos más de dieciocho meses -o quizá más- sin parar, pasando por duelos, por enfermedades, por las consecuencias propias de vivir una pandemia, con un hartazgo y un cansancio tal que nos ha llevado al relajamiento de las medidas de distanciamiento y a romper momentáneamente nuestro encierro porque ya merecíamos al menos unos días de no saber nada, de apagar notificaciones de nuestros dispositivos o de cerrar finalmente la computadora por más de algunas horas.

Evidentemente no tengo una clave mágica para aliviar los males, para impulsar la comprensión de quienes esperan resultados a la llegada de una idea o para seguir navegando por una pandemia como si nada terrible estuviera pasando, pero sí tengo una recomendación no pedida reconociendo que trae consigo varios grados de privilegio: el autocuidado y los límites nos pueden salvar la vida. Poner delante nuestro bienestar, nuestra salud, bajar el ritmo si lo necesitamos, siempre será una buena inversión. Tomando en cuenta que nuestro cuerpo y mente son nuestras principales herramientas, no hay como mantenerlos en buenas condiciones, y no sólo para seguir produciendo de manera autómata, sino para nuestro bienestar.

Dar espacio a sanar, al descanso, al silencio, quizá sean cosas que el mundo no espera que hagamos, pero hacerlo seguramente nos traiga muchos beneficios que a la larga vamos a agradecer.

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La Hilandera
Rosario Ramírez Morales Antropóloga conversa. Leo, aprendo y escribo sobre prácticas espirituales y religiosas, feminismo y corporalidad.

1 COMENTARIO

  1. Muy cierto creo que es de valientes y de amor propio quienes tiene el valor de enfrentarse a las preciones sociales, laborales, y de competencia academica. Por desgracia algunos han llegado al sucido por no saber decir que no.

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