Elvira Camacho Bautista: la misión de buscar justicia para encontrar paz

Conoce la historia de Elvira Camacho Bautista en Aliadas: Historias de vida de MujeresPeriodistas y Defensoras un proyecto de Cimacnoticias

Por Anayeli García Martínez

La fe sostiene a Elvira Camacho Bautista. Creció y se educó con la iglesia, por eso en 2013, cuando su hija fue asesinada y sintió desmoronarse, la religión la sostuvo y le enseñó a vivir el duelo con serenidad. En su ir de un lado a otro para recopilar pruebas y desenmascarar al asesino de su hija, conoció a otras mujeres que, como ella, estaban de luto. Juntas tejieron una alianza para recuperar la paz que les fue robada.

Toda su vida ha sido católica, pero desde hace ocho años se aferra a sus creencias para continuar con la búsqueda de justicia para su hija, Ivón Jiménez Camacho, desaparecida el 4 de agosto de 2013 y encontrada asesinada dos días después, en el estado de Oaxaca. El profundo amor por Ivón y descubrir que existían decenas de casos similares al suyo la convenció de formar un colectivo de mujeres víctimas de la violencia, una red integrada por madres, cuyas hijas fueron asesinadas o violentadas.

Cada historia de las mujeres que se sumaron a aquel colectivo, popularmente conocido como “Las 300 madres” o Unión de Mujeres Víctimas de Violencia en Oaxaca, era como una hoja de papel arrojada al viento, pero Elvira y otras defensoras las encontraron y las juntaron. Así crearon una comunidad en defensa del derecho a la verdad y a la justicia. Sin embargo, de tanto repasar aquellas historias de vida ante distintas autoridades, aquella red se desarticuló.

Esa red ya no existe como tal, pero fue un ejemplo de cohesión social. Constituida formalmente como asociación civil en 2016, la alianza de mujeres trabajó de forma intensa durante dos años. “Es que no se necesitan buenos abogados, no se necesita dinero; se necesitan agallas, ganas de justicia, de que se haga justicia”, afirma Elvira, una mujer de 52 años de edad, madre de dos hijas y dos hijos, quien nos recibió en la sala de su casa, en la capital de Oaxaca para hablar de una lucha que emprendió hace ocho años.

Una vida espiritual

Elvira Camacho es originaria del municipio de Acatzingo, en el estado de Puebla, pero desde hace 18 años vive en la capital oaxaqueña, al suroeste de México. Se mudó con sus cuatro hijos para mantener a su familia unida porque de lunes a viernes su esposo pasaba la semana trabajando en Oaxaca y solo los visitaba los fines de semana. “La idea era fortalecer los lazos”, rememora.

No es expresiva, pero habla con naturalidad. Así cuenta que sus convicciones siempre fueron claras: alimentar su fe, educar a sus hijos para ser personas de bien y hacer crecer su negocio, la venta de flores y distribución de arreglos florales. “Mi vida era un triángulo: la familia, el negocio y la iglesia”, explica. Hoy admite con serenidad que imaginó vivir en un mundo donde toda la gente era buena y se dice a sí misma: “La vida no es como tu te la pintas”. Esa frase no significa que ya no sea solidaria, sino que pone límites a la confianza que entrega.

Sus padres la educaron en la religión, siempre escuchaba misa. En 2012, cuando conoció una escuela donde se enseñan las bases del catolicismo para entrar a la iglesia de forma consciente, se entusiasmó por aprender, pero sobre todo por reforzar su espiritualidad y la de su familia. Elvira se inscribió en un proceso de formación que dura 16 años, de los cuales apenas lleva nueve.

Desde entonces cada domingo asiste a clases y después de repasar la doctrina católica se queda en una banca de la iglesia a escuchar misa. La fe es parte fundamental de su vida. Todas sus alegrías y tristezas pasan por una ceremonia religiosa: desde su matrimonio y el bautizo de sus hijos, hasta el funeral de su hija Ivón, quien fue asesinada a los 20 años de edad.

Sus convicciones cambiaron la mañana del domingo 4 de agosto de 2013. Ese día Elvira y su hija fueron al templo de Santa María del Ex Marquesado, ubicado en el centro de la ciudad de Oaxaca. Allí se despidieron con la promesa de encontrarse más tarde para escuchar misa y después ir a comprar artesanías. La próxima vez que estuvieron juntas fue dos días después, en el velorio de Ivón. Después de esa mañana Elvira se dedicó a pedir justicia terrenal y no solo justicia divina.

Una de las amigas más cercanas de Elvira, Esther Santaella Cruz, asegura que hace 18 años Elvira parecía ser una persona que no tenía “el don de la palabra” porque siempre estaba callada y seria. Sin embargo, a lo largo de los últimos ocho años que la ha acompañado a marchas y reuniones ha visto su transformación. Ahora, dice, parece abogada. Si se trata de hablar de la injusticia en el crimen de su hija, ella es la que mejor se desenvuelve, en cualquier lugar. Encuentra las palabras exactas y es clara en sus explicaciones.

Desde hace ocho años Elvira Camacho Bautista busca justicia para su hija Ivón.

48 horas de búsqueda

El domingo que desapareció Ivón el plan era que, mientras Elvira tomaba clase, su hija se quedaría afuera del recinto para platicar con Kevin N., su ex novio, quien la noche anterior le envió mensajes de texto para insistirle en la necesidad de hablar en persona.

“Ella me dijo: es que me mandó muchos mensajes toda la noche. Y pues solo quiere que hablemos y quedemos como amigos”.

Ivón no llegó a la misa y aunque su madre trató de localizarla, nunca respondió el teléfono. Elvira llamó a Kevin N., la última persona que la vio. Él dijo que la dejó en la iglesia y aunque ella insistió en que la joven no aparecía, él respondió que estaba ocupado porque tenía un partido de fútbol. Elvira se comunicó con los padres del joven, ambos trabajadores del Tribunal Superior de Justicia. Ellos también negaron tener noticias de Ivón. El desprecio de Kevin por lo que sucedía le hizo sospechar de él.

Elvira cree que la familia del exnovio de su hija lo ayudó a escapar porque, aunque ellos no tienen un cargo de poder en el Tribunal, su padre trabajó en la biblioteca y su madre fue secretaria y ambos conocen gente de esta institución.

Así comenzó una incesante búsqueda de alrededor de 48 horas. Ser una mujer de fe no la hizo resguardarse en un templo, al contrario, en esas horas llamó a sus conocidos para preguntar por el paradero de su hija, fue a denunciar la desaparición al Ministerio Público, imprimió volantes de búsqueda para pegarlos repartirlos afuera de las iglesias, y, por supuesto, organizó una jornada de oración para suplicar por la localización de la joven.

El martes de esa semana una llamada telefónica concluyó con la búsqueda.

“Me llaman por teléfono el día martes 6 de agosto, a eso de las 5:30 de la tarde, ese día tembló. Justo pasa el temblor y yo recibo una llamada. Me estaba hablando un comandante y me dice que yo acudiera hacía una dirección que era por Etla, Santiago Etla; que ya habían localizado a mi hija”.

El cuerpo de Ivón, con marcas de golpes, fue localizado a unos 20 kilómetros de su casa.

Al hablar de su hija recuerda que cuando Ivón era niña quería ser médica, pero después decidió ser abogada. Al elegir una carrera universitaria estaba decidida a estudiar leyes para trabajar en una organización defensora de Derechos Humanos de las mujeres. Sin embargo, su novio en aquel momento, Kevin N., la alentó a cambiar de idea y estudiar Diseño de Modas, carrera que no pudo concluir.

Un monstruo de tres cabezas

Sus convicciones cambiaron la mañana del domingo 4 de agosto de 2013. Ese día Elvira y su hija fueron al templo de Santa María del Ex Marquesado, ubicado en el centro de la ciudad de Oaxaca. Allí se despidieron con la promesa de encontrarse más tarde para escuchar misa y después ir a comprar artesanías. La próxima vez que estuvieron juntas fue dos días después, en el velorio de Ivón. Después de esa mañana Elvira se dedicó a pedir justicia terrenal y no solo justicia divina.

Después de enterrar a su hija y rezar por ella, siguió la lucha por localizar a su asesino. Elvira peleó por conseguir los videos de las cámaras de seguridad cercanas a la iglesia de El Ex Marquesado –donde se veía a la joven con su exnovio ir en auto–, por obtener el registro de llamadas del número celular de su hija y pidió estudios genéticos de las uñas, porque allí había rastros de que se defendió. Esos estudios no se realizaron y el teléfono no se encontró.

En sus indagatorias, realizadas a base de insistencia, consiguió el testimonio de un primo de Kevin, quien para ella es el principal sospechoso. El joven le dijo que Kevin N. le pidió ayuda para deshacerse de Ivón. La investigación penal se abrió por el delito de feminicidio, pero el Ministerio Público alegó que no tenía pruebas en contra del exnovio. La madre de la joven peleó para que no cerraran el caso.

Legalmente Elvira también ha sido apoyada por el clero. Es representada por abogados de la Comisión Diocesana de Justicia, pero a la fecha Kevin N. no ha sido detenido.

“Estoy luchando para que este tipo llegue a pagar su castigo. Finalmente, la cosa no acaba ahí, sino que la cosa empieza ahí. Digo, son ocho años. Yo he ido a México, he ido a marchas, he estado con las demás compañeras de dolor y he acompañado, pero de verdad que es una gran decepción al ver que las malas somos nosotras”.

Sin su espiritualidad y sin el aliento de otras mujeres no se hubiera levantado del golpe que significó el feminicidio de su hija. “Definitivamente acaba contigo, acaba con tu armonía, acaba con tu paz, con tu tranquilidad y te das cuenta que te tienes que enfrentar con cosas terribles”. Tras el crimen se fue a un retiro espiritual y tuvo constantes conversaciones con sacerdotes. Nunca ha sido una mujer de miedo, pero esos detalles le dieron fuerza para seguir adelante.

Elvira ha logrado enfrentar lo que considera es un monstruo de tres cabezas: de la corrupción, de la impunidad y del silencio. Encontró esas manifestaciones en funcionarios públicos, en instituciones de Estado y en personas. El silencio, sostiene, es lo que hace más daño. Le afectó que personas, incluso familiares, la escucharan y la compadecieron, pero se alejaran creyendo y murmurando que algo hizo para vivir el dolor que le atraviesa.

Elvira aportó evidencias a la investigación penal, por ejemplo, los mensajes de texto que Kevin N. le mandó a Ivón y las imágenes donde se vio a los jóvenes dentro de un auto, detenidos en un semáforo. Aún así pasaron nueve meses hasta que el 29 de abril de 2014 un juez liberó una orden de aprehensión para localizar y detener al presunto responsable del crimen. Ocho años después él sigue prófugo.

Ivón Jiménez Camacho desapareció el 4 de agosto de 2013 y dos días después fue encontrada asesinada.

“Las 300 madres”

La tumba de Ivón está en Puebla, de donde es su familia. Elvira tiene la tranquilidad de poder rezarle y conocer el nombre de quien, no tiene dudas, la asesinó. En cada aniversario luctuoso se celebra una ceremonia religiosa en su honor. Sin embargo, no todas las madres tienen esas certezas y otras no pueden retomar sus vidas hasta no saber que los responsables han sido sancionados.

Una de esas mujeres era Zoila Bengochea Espitia, madre de Dafne Denisse Carreño Bengoechea, joven asesinada por su expareja Alejandro Enrique N., el 9 de abril del 2013, también en la ciudad de Oaxaca. La señora Zoila buscó a Elvira para caminar juntas en busca de justicia. Se conocieron gracias a la intervención de Esther Santaella Cruz, la amiga de Elvira, de la red pastoral y quien las conocía a ambas.

Ellas se encontraron una mañana en la que Elvira repartía volantes afuera de la iglesia para invitar a las personas a unirse a la escuela de formación católica. Ese día Elvira se veía fresca, fuerte, sin los ojos hinchados. No parecía una mujer en duelo, aunque lo era, su hija había sido asesinada apenas ocho días antes.

“Yo siento que el estar cerca de Dios también me ha fortalecido mucho”, dice.

Era agosto de 2013, Zoila llebava cuatro meses de luto desde el asesinato de su hija. Cuando se conocieron la serenidad de Elvira se tambaleó, fue como abrir una puerta y asomarse de reojo para ver una larga fila de madres, cargando expedientes, tratando de encontrar a los feminicidas de sus hijas, y de mujeres que sobrevivieron a la violencia de sus parejas pidiendo protección para no ser las siguientes.

Días después de mostrarle este mar de impunidad, Zoila Bengochea le presentó a la abogada Ana María Robles, madre de Viridiana Monserrat García Robles, asesinada por su expareja, Édgar Fabián N, en la misma capital oaxaqueña, pero más de un año antes, el 19 de octubre de 2012.

En ese momento las tres conocían a los asesinos de sus hijas, pero ninguno había sido sentenciado. El caso de Viridiana llevaba un año de impunidad y fue el primero en ser investigado como feminicidio en Oaxaca, porque días después de lo ocurrido, en octubre de 2012, entró en vigor el tipo penal en esa entidad. Después de años de persistencia de la señora Zoila, en octubre de 2017 el asesino de Dafne fue condenado a 74 años de prisión.

Por varios meses ellas compartieron experiencias sobre juicios, amparos y diligencias judiciales. En sus andares conocieron a otras madres que buscaban justicia para sus hijas. Al paso de tres años ya eran diez mujeres. En sus reuniones se dieron cuenta de que a cada caso de feminicidio le seguía otro y otro, sin tener fin.

Su primera idea fue hacer un documental para mostrar la realidad en la que estaban inmersas, pero después cambiaron de estrategia y decidieron crear una asociación civil. Contactaron a todas las mujeres que conocieron y fundaron la Unión de mujeres víctimas en Oaxaca, mejor conocida como “Las 300 madres”.

Aunque Ana María Robles es abogada, las víctimas eran tantas que no pudieron asesorar legalmente a todas. A pesar de todo hacían lo que podían, las impulsaron a no parar. Marcharon juntas, pidieron reuniones con el fiscal y organizaron conferencias de prensa.

“Cuando la persona, la víctima, se deja apoyar, yo la ayudo con lo que puedo. Sabemos muy bien que por fe, algún día las vamos a ver (a nuestras hijas). La muerte pues es un paso a la vida. No la entendemos cuando tenemos más de humano que de espíritu, entonces no la podemos entender y yo no la entendía”, explica Elvira.

La muestra más fehaciente de la violencia feminicida en Oaxaca se dió cinco años después del asesinato de Ivón. Ante la constante violencia contra las mujeres y la omisión de las autoridades ante estos crímenes, en agosto de 2018 la Secretaría de Gobernación decretó la Alerta de Violencia de Género en 40 municipios de la entidad, incluyendo la capital del estado, donde desapareció la joven.

El Estado debe investigar

Elvira es muy atenta a las palabras de otras. Una vez escuchó de una madre una afirmación que le pareció muy cierta.

“Siempre que hacemos una marcha llevamos la foto de nuestra hija, pidiendo justicia ¿y a los individuos, a los asesinos, quien los toca? Nadie, porque hasta es delito tocarlos, es delito poner la foto (de ellos) porque ya estamos violando sus derechos”, reclama. Por eso apoyó a la compañera que propuso poner los reflectores sobre los agresores.

El 10 de mayo de 2016, en la celebración del Día de las Madres, el colectivo de “Las 300 madres” hizo una acción poco conocida: exhibir a los asesinos de sus hijas. No todas pudieron participar en esta protesta. Algunas tenían amenazas de las familias de los feminicidas y otras temían entorpecer los procesos judiciales si señalaban públicamente a los presuntos agresores. Sin embargo, las que salieron a marchar en la ciudad de Oaxaca, portaron mantas con los nombres de los asesinos de sus hijas.

En la plaza, Elvira mostró el nombre de Kevin N., como responsable de matar a su hija. Recuerda que los transeúntes abrazaron su lucha. Hasta hubo quien les dijo “ustedes sí tienen puestos los pantalones”. Pero en aquel momento ella no buscaba aplausos, sólo quería encontrar justicia y ayudar a otras a tener paz y conocer la verdad de lo que les sucedió a sus familiares. Algunas veces ha logrado ayudar.

Por ejemplo, una joven que escuchó de “Las 300 madres” se acercó a ella. Le pidió asesoría porque su hermano estaba desaparecido. Elvira y otras compañeras fueron a entrevistarse con la madre de la joven. Se desplazaron a Teotitlán Del Valle, un pueblo a 30 kilómetros de la capital de Oaxaca. Elvira no entendió cuando la joven le dijo que buscaban ayuda porque su madre no sabía hablar.

En Teotitlán, una población oaxaqueña mayormente indígena y famosa por la producción de tapetes de lana, Elvira conoció a la mujer, quien no es que no supiera hablar, sino que su lengua no era el español, sino el zapoteco. Ella les contó, con la traducción de su hija, que secuestraron y mataron a su hijo, pero estaba angustiada porque no sabía dónde quedó el cuerpo, ni quién lo mató. La señora tenía miedo y rogó por ayuda.

Indignada y aún desconociendo muchos procesos, Elvira le recomendó a la mujer escalar su denuncia. “Le dije, tiene que ponerse de acuerdo, ponerse de acuerdo con todo el pueblo, el maestro, el doctor, el presidente (municipal), pida ayuda y tienen que ayudarle”. Después de esa visita, a la capital del estado llegaron tres autobuses con personas de aquel poblado para exigir justicia para el joven asesinado. La presión obligó a las autoridades a buscar y encontrar el cuerpo.

En otra acción simbólica, las mujeres que buscan justicia juntaron los zapatos de sus hijas e hijos y los colocaron en el atrio de la Catedral de Oaxaca. “Esto fue muy valiente de ella y todas las madres, pero Elvira ha dado fortaleza y confianza a todas”, nos dijo Inés Sandoval, una amiga de la familia desde hace 16 años y quien se enteró del significado del feminicidio por voz de Elvira.

“Las 300 madres” hicieron ese tipo de intervenciones durante dos años de intenso trabajo. Con ellas Elvira ha tomado el altavoz en marchas y el micrófono en conferencias de prensa:

“Yo como víctima solo estoy pidiendo que nos reciba el gobernador para darle los avances (de exigencias), para (pedir) respuestas, pero yo no se las voy a dar, porque no es mi trabajo. Es trabajo del fiscal, del presidente del Tribunal, de la Secretaría de la Mujer, de ellos es el trabajo”, advierte.

Elvira Camacho y otras mujeres crearon una red de madres que buscan justicia para sus hijas

“Me voy a ir, pero luchando”

Elvira se dio cuenta de que hay hombres que asesinan a las mujeres de formas brutales sin que nadie ponga un alto. Sostiene que esas personas “definitivamente son seres que ya no merecen que se les tenga consideración, simplemente que se aplique la justicia”.

En el primer aniversario luctuoso de Ivón, Elvira Camacho organizó una misa. La ceremonia la celebró un arzobispo. A él le confesó su odio y su dolor. Más que una disertación, el sacerdote le habló del perdón. Después de escucharlo asegura,

“perdonar significa que tú vas a quitarte todo eso que tienes y vas a volver a ser tu, pero perdonar no significa que ese hombre ya ande como si nada, no. Él tiene que pagar el delito que hizo y si verdaderamente está arrepentido que se entregue solo, pero no está arrepentido, entonces, la justicia tiene que seguir”.

Ella tiene una idea clara del perdón, por eso no sabe qué pasa por la mente de fiscales y jueces que ven a las madres que protestan o llegan a las audiencias con dos o tres o más defensoras como “mujeres que les van a dar problemas”, que solo exigen y piden.

“Pero llegamos a exigirles que hagan justicia, eso es lo único que les decidimos: que hagan bien su trabajo”.

A la par de lidiar con el desinterés de los funcionarios tiene que sortear las amenazas. Antes de que saliera la orden de aprehensión para capturar a Kevin, arrojaron un cartón a su casa. En el mensaje le dijeron que se fuera o alguien de su familia pagaría las consecuencias. En otra ocasión recibió una llamada diciendo que tenían una orden de aprehensión contra ella, su esposo y sus hijos. Sus abogados verificaron y nunca existió un documento de arresto.

Sabe que sus demandas son incómodas pero no ceja. “Todo lo que nos ha pasado a mí no me da miedo. Mis hijos me han dicho: mamá, ya no hagas nada, ya no vayas a marchas, ya no vayas a nada de eso, deja eso, piensa en nosotros”. Pero ella no tiene miedo porque sabe que no tiene la vida comprada.

“Me voy a ir, pero luchando, porque si nos encerramos entre cuatro paredes, o me muero de hambre, o me muero de tristeza, o de depresión, pero me voy a morir, aquí, encerrada, de cobarde, si luchar, sin salir a gritar que queremos justicia”.

Ha sido capaz de plantar cara al gobernador Alejandor Murat Hinojosa y a los fiscales del estado que han ocupado el cargo desde el feminicidio de su hija: Manuel de Jesús López López (2010-2013) y Rubén Vasconcelos Méndez (2017-2021). Ahora le falta ir a ver al actual fiscal Arturo de Jesús Peimbert Calvo, quien llegó al cargo en marzo de 2021. A ellos va a reclamar, pero también a exigir que trabajen. Imagina que si se castiga al feminicida de su hija, sus nietos no tengan que pelear por un crimen similar.

Hinojosa asumió el poder el 1 de diciembre de 2016 y gracias a “Las 300 madres” y otros colectivos de mujeres un año después se comprometió a atender los casos de feminicidio y presentar información mensual de los avances. A pesar de la palabra empeñada la impunidad permanece.

“Creo que para este gobierno el tiempo es como los tiempos de Dios, porque dicen que para Dios mil años es un día y este gobierno ya se siente como como Dios porque no ha hecho nada, de verdad, nada”.

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Esta investigación fue publicada originalmente por Cimacnoticias en https://cimacnoticias.com.mx/historias-de-vida-de-periodistas-y-defensoras

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