¿El fin de las conferencias vespertinas como el fin de la estrategia de comunicación pública frente a la pandemia?

AMEDI Jalisco

Por Juan S. Larrosa-Fuentes / @AmediJalisco

A lo largo de casi año y medio el Gobierno Federal informó sobre la pandemia de COVID-19 a través de conferencias de prensa, las cuales se celebraron a diario, en el mismo salón del Palacio Federal en donde toman lugar las conferencias del presidente López Obrador y que se conocen como las “mañaneras”. Las conferencias vespertinas, encabezadas por López Gatell, fueron un espacio para comunicar el informe técnico diario sobre los avances de la pandemia, así como para que periodistas pudieran conversar con el zar de la pandemia. Además, las conferencias también tuvieron información sobre otros temas de salud no necesariamente relacionados con la pandemia, propaganda de la administración federal, videos educativos, enfrentamientos con la prensa y otras cosas más. En estos meses, López Gatell pasó de ser un rockstar a una de las figuras públicas más vilipendiadas en la esfera pública mexicana.

Están por cumplirse tres meses de que las conferencias de prensa vespertinas dejaron de ocurrir. Públicamente López Gatell señaló que la epidemia iba a la baja y que ya no era necesario ese formato de comunicación. Al revisar lo ocurrido a lo largo de todas las conferencias, era claro que las conferencias se habían convertido en una estrategia con poca efectividad para comunicar temas relevantes de la pandemia, que los presentadores habían sufrido el desgaste de una sobreexposición pública pocas veces vista y que además habían sido torpes y omisos para corregir el rumbo de las conferencias. Además, fue cierto que, cuando dejaron de transmitirse, la epidemia había ido a la baja durante varias semanas y parecía que estábamos por regresar a la normalidad, cosa que, meses después, descubrimos que no era cierto mientras observábamos con horror la crecida funesta de la tercera ola.

A la distancia, me parce que las conferencias de prensa fueron una estrategia medianamente funcional en términos de comunicación pública. Estas conferencias sirvieron para dar un informe técnico diario y para explicar, con detalle, precisamente cuestiones técnicas que como públicos generales desconocemos. También fueron útiles en términos pedagógicos para periodistas y ciudadanos, pues ahí se diseminó información útil para entender qué estaba haciendo el Gobierno Federal para enfrentar la pandemia y cómo había que cuidarnos, colectivamente, frente al virus. Sin duda, el gobierno cometió muchos errores técnicos y algunos se corrigieron con el tiempo, como el tipo de presentaciones que se hacían o como liberar las bases de datos abiertos. Sin embargo, el error más grave fue la politización de estas conferencias. López Gatell comenzó a tener una mala relación con la prensa, se enganchó en pleitos políticos y ahí la estrategia comenzó a hacer agua. La prensa por su parte no hizo un trabajo ejemplar, pero eso es algo que habrá que hablar en un artículo aparte.

Ahora bien, pasaron las semanas, llegó un repunte de la pandemia, así como una nueva versión del semáforo epidemiológico. La Secretaría de Salud siguió emitiendo, diariamente, su reporte técnico diario y funcionarios de la Secretaría aparecen en los martes de salud de la conferencia mañanera del presidente. Sin embargo, pareciera que a partir de la clausura de las conferencias vespertinas, el Gobierno Federal soltó los últimos hilos que le permitían seguir informando masivamente a los mexicanos sobre la pandemia. El Gobierno perdió el control de la agenda y que en su lugar dejó un vacío que se llena de una cacofonía de funcionarios de distintos órdenes de gobierno y de los médicos especialistas que han decidido entrar a la discusiones públicas.

Los meses que hemos vivido la pandemia han dejado muchas enseñanzas y una de ellas es que resulta de vital importancia una estrategia clara de comunicación pública. Habría que repensar las conferencias y volver a ponerlas en acción. Podrían ser conferencias diarias, pero muy cortas, de diez o quince minutos, alternadas con una conferencia semanal en donde se pueda atender las preguntas de los periodistas, no nada más en el Palacio Federal, sino de todo el país. Tendrían que ser conferencias en las que haya un grupo de especialistas y que los reflectores no caigan ni los acapare ninguna persona en particular. El contenido de las conferencias tendría que ser completamente técnico y tendría que evitarse, a toda costa, la politización del espacio. En términos de su periodicidad, las conferencias podrían modularse según la situación de la pandemia: en momentos de alta transmisión comunitaria tendrían que ser frecuentes y cuando baje, igualmente tendría que disminuir su periodicidad.

Muchos elementos del entorno indican que el COVID-19 no abandonará a los homo sapiens en el futuro inmediato. Eso nos hace pensar que inevitablemente viviremos en periodos de contingencia sanitaria y después regresaremos a mesetas de tranquilidad. En esta dinámica, la convergencia frente a futuras contingencias sanitarias no debe ser nada más hospitalaria, sino también comunicativa. Dicho de otra forma, ante el alza de una contingencia sanitaria deberían de despertar los sistemas de comunicación adormecidos durante las mesetas de tranquilidad. Por todo ello, ya sea con las conferencias de prensa o con otra estrategia, el Gobierno Federal tendría que planear su comunicación pública ante los retos que nos depara el futuro de la pandemia.

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