El espectáculo de Enrique

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Cada vez que veo una campaña publicitaria pendeja —pienso por ejemplo, en los comerciales de Old Spice, o los de Cheetos, o los de La Ganga Mueblería, o los de…, bueno, ya me entendieron— no puedo evitar imaginarme la junta ejecutiva en la que el “creativo” presentó su idea a los clientes:

—Y entonces, aquí el negro comienza a gritar: “Bloqueo, bloqueo, bloqueo, bloqueo”.

—Ah, no mames, genial. Buenísimo, se aprueba, denle los millones a la agencia.

No sé. Fantaseo. Creo que pagaría un boleto por ver en vivo ese momento de iluminación en el que “creativo” y cliente se fusionan en un grito de triunfo.

Algo parecido me pasó el miércoles cuando vi el video de Enrique Alfaro afuera de la prepa de Juanacatlán. Al día de hoy el tema ya fue y vino: el gobernador fue a la escuela para entregársela al rector de la UdeG y se encontró con que la reja estaba cerrada ¡y con candado! Indignado, el mandatario influencer grabó un video en el que decía cosas como tapar bocas y el apoyo a la universidad y más que un grupo y la letanía que ya conocen.

Lo que no esperaba Alfaro… o sí, es que Ricardo Villanueva, rector de la UdeG, respondiera vía Twitter que era lógico que no iba a haber nadie porque él ya había avisado que estaría ocupado recibiendo a la crema y nata del periodismo nacional —nocierto— para hablar de la libertad de expresión y los peligros que al menos ese grupo de periodistas nunca ha sufrido. El caso es que Villanueva aplicó un “el que avisa no es traidor” y dejó en evidencia las terquedad y obstinación con las que Enrique Alfaro se conduce por la vida.

Me imagino la junta de la mañana:

—¿Ya subieron las cosas a la camioneta?

—¿Las qué?

—Las cosas para la entrega de la prepa.

—¿Sí vamos a ir?

—¿Perdón?

—Señor, es que dijo el rector que no iba a estar. Pidió que reprogramáramos.

—Hasta donde recuerdo, es Alfaro y no Villanueva quien manda en Casa Jalisco.

—Sí, pero…

—También tráiganse la cámara. Tengo una idea para darle un cachetadón al Richard.

—Pero…

—Una GRAN idea.

—Señor…

—CACHETADÓN TAPABOCAS.

—Sí, señor.

—Ándele, qué le cuesta.

No sé. Creo que debería alarmarnos el grado de necedad que puede alcanzar el gobernador y no sólo eso: que no haya una sola voz en todo su equipo que sea capaz de contradecirlo. ¿De verdad le tienen tanto miedo? ¿Por qué? Debería haber alguien con la consigna de evitar que se vaya de bruces como cuando, un día antes, se volvió a lavar las manos de uno de los temas en los que su fracaso se vuelve cada vez más estrepitoso: el de la seguridad.

A media semana, el gobernador salió a quejarse de que la gente “señala con dedo flamígero al gobierno”, algo que calificó como facilísimo —olvidándose, claro está, de los días en los que el que tenía encendido el dedo señalador era él—, y descargó la responsabilidad de los problemas de inseguridad que padece el estado nada más y nada menos que en las familias. Según la miope lectura de Enrique Alfaro “nos olvidamos que esa violencia se está generando, se está alentando muchas veces desde el seno familiar, desde el núcleo más básico de la sociedad, cuando no nos hacemos responsables de lo que hacen nuestros hijos luego lamentamos lo que les pueda suceder”. El remate de la frase es lamentable por donde se le vea: es otra versión del indolente “pues en qué andaba su hijo, señora” que con frecuencia escuchan las familias asesinades y desaparecides.

Urgido de lavarse las manos y deslindarse de cualquier cosa que huela a responsabilidad, Enrique Alfaro ¿olvida? que el problema de la inseguridad es multifactorial. De entrada, vivimos en una de las zonas metropolitanas más desiguales del país, que lo mismo concentra a familias millonarias que a personas en pobreza extrema; vivimos en un estado en el que el crimen organizado campea a sus anchas; vivimos en un estado en el que la especulación inmobiliaria es cobijada y alentada por los gobiernos, dejando fuera de la posibilidad de tener una vivienda digna y con servicios al grueso de la población; vivimos en un estado en el que la impunidad es ley y la corrupción es norma. Obviar todo estoy echarle en cara a las familias por la inseguridad que es incapaz de contener es una de las cosa más cobardes que pudo haber dicho alguien que hizo todo lo que pudo por llegar a donde hoy está y que ahora parece rehuir la responsabilidad a la menor crítica.

Pareciera que lo único que motivaba a Enrique Alfaro para alcanzar la gubernatura era cortar listones, disfrazarse de futbolista para tirar penales y tomarse fotos con gente famosa. Porque cuando tiene que hacer cosas como conciliar, negociar, ceder, escuchar, aguantar, solucionar, afrontar, vamos: gobernar, lo único que hace es ponerse de malas y hacer espectáculo. Uno muy malo, por cierto.

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La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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