La ciudad que se cuida…nos cuida

Oxímoron

Por Andy Hernández Camacho/ @andybrauni

Habitar la ciudad a partir de la llegada de Nicolás, me ha permitido tomar conciencia de lo inadecuados que pueden ser los entornos urbanos para la crianza. La ciudad que ya de por sí representaba una atmósfera insegura como mujer, ahora con mi pequeño en los brazos se ha convertido violentamente en una amalgama de ruidos, contaminación y espacios inaccesibles. Este cambio ha generado un giro rádical en mi forma de observar lo que sucede en la ciudad, de cómo los espacios urbanos acogen o contienen el desarrollo de la vida humana y sus vínculos fundamentales. Cuidar se ha transformado entonces en un proceso de reconocimiento de mi experiencia urbana y, a la vez, en una apertura hacia los y las otras excluidas que sufren en silencio. Me ha llevado a darme cuenta de la experiencia de quienes la ciudad excluye, a los y las invisibilizadas.

Sentirse excluido de la ciudad es una realidad que a todas y todos nos tocará comprobar en algún momento de nuestras vidas. Puede que sea en la convalecencia de un accidente o al quedarnos sin trabajo, puede que nos toque cuidar a nuestros padres, abuelos o abuelas, criar a nuestras hijas e hijos o, en el peor de los casos, descubrirlo lentamente en el proceso de hacernos mayores, cuando fallen nuestros sentidos y necesitemos de la ayuda de un otro u otra. Pareciera a veces que olvidamos que todas las personas hemos sido cuidadas desde pequeñas. Tomar conciencia de nuestras propias vulnerabilidades, podría ser el primer paso para cambiar el lente con el que miramos las experiencias urbanas y poder concebir a la urbe tapatía como una ciudad que cuida.

Pensar en una ciudad que cuida implica primero imaginar una ciudad que escucha, desarrollando una delicada capacidad de reconocimiento de la diversidad. Se descubriría así, la existencia de personas de distintas edades y estadios de conciencia, diferentes motricidades, múltiples formas corporales, sería una ciudad maravillada por la infinidad de relaciones vitales que contiene. En esta ciudad que escucha, aparecerían infinitas voces que nos contarían cómo es esta ciudad, y no otra, para poder desde allí, pensarnos como una ciudad que también se cuida.

Esta ciudad que se cuida, al observarse a sí misma, nos revelaría rápidamente la importancia de las relaciones entre las diversas personas que la habitan, su absoluta dependencia. Se detendría a observar nuestra precariedad en todo sentido, nuestra necesidad de dar y recibir afecto. Convertiría quizás las calles en corredores de afectos y nos abriría puertas entre nuestras actuales casas unifamiliares para poder cuidar en tribu. Transformaría nuestras jornadas laborales en trabajos mancomunados que nos permitieran turnarnos en los cuidados, sin hacer diferencias de género, responsabilizando a todos y todas. Otorgaría valor a estas labores y les daría centralidad para la toma de decisiones democráticas.

Lograr avanzar hacia la ciudad que se cuida empieza también por reconocer el aporte de los feminismos a los estudios urbanos, que han otorgado voz a las personas silenciadas. Reconocer la lucha política histórica de estas pensadoras y activistas, que han venido denunciando el ocultamiento de las labores de cuidado desempeñadas principalmente por mujeres de manera no remunerada.

Una dolorosa alarma que se ha encendido en nuestras actuales ciudades neoliberales es la llamada crisis de los cuidados, que se ha disparado con la incorporación masiva de la mujer al trabajo externo. La ausencia de la mujer en el hogar ha visibilizado la importancia de las labores de cuidado para el desarrollo de la vida en las ciudades, exhibiendo la carga horaria y el desgaste emocional que conlleva y, ante todo, la importancia que tiene para la salud mental de la sociedad en general como base afectiva. Lamentablemente, el coste emocional que conlleva esta crisis la hemos sufrido las personas al vernos obligadas a dejar a nuestro pequeño de tres meses en una guardería o a nuestra madre o padre en un asilo.

Hace algunas semanas pude reflexionar y compartir en distintos espacios cómo ha sido mi experiencia navegando la ciudad desde mi maternidad. Definitivamente se volvió mucho más compleja, pero también me permitió comenzar a disfrutarla, acariciarla y caminarla desde la perspectiva de un pequeño que no deja de asombrarse y que afortunadamente me recuerda lo valioso de poner la mirada en espacios que cuiden a quienes cuidamos.

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Oxímoron
Andy Hernández Camacho es maternofeminista, profesora de literatura, comunicóloca pública, sentipensante, gestora de procesos comunitarios en distintos espacios, siempre en deconstrucción. Actualmente, reflexionando en tribu sobre maternidades desobedientes y las distintas narrativas para nombrar el trabajo de cuidados a través del proyecto La Mamá Cósmica. También es maestrante en gestión y desarrollo social.

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