Nobel necio que premiáis al desconocido sin razón

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Cada octubre la Academia Suiza concede sus premios Nobel y cada año el mundo se mantiene al tanto para conocer quiénes serán las personas que serán distinguidas con la presea en los campos de la Física, la Química, la Medicina, la Literatura y esa abstracción que conocemos como la Paz. Después se añadió a la lista la Economía.

La historia dice que el premio nació como una iniciativa de Alfred Nobel quien, luego de amasar una fortuna como fabricante de armas y después de inventar la dinamita, tuvo una suerte de cargo de conciencia y quiso limpiar su nombre reconociendo a las más importantes figuras de las disciplinas arriba enlistadas. Y es que, agobiado por el daño que sus inventos habrían de ocasionar, decidió premiar a aquellas personas que trabajaran buscando “el mayor beneficio a la humanidad”. Algo habrá logrado.

Cada año sigo con curiosidad infantil el anuncio del premio Nobel de Literatura y cada año me quedo igual: cuando leo el nombre del ganador sólo concluyo que me falta mucho por conocer. Así me pasó ayer, cuando al despertar y revisar las noticias di con el nombre de Abdulrazak Gurnah, escritor tanzano radicado en Reino Unido y que fue elegido, dijo el jurado, “por su discernimiento inflexible y compasivo de los efectos del colonialismo”. Amén, aleluya, hermanos.

Obviamente jamás he leído algo de Gurnah; vamos, ni siquiera conocía su existencia. Me pasó lo mismo el año pasado y el año pasado y el año pasado. Bueno, resulta que una vez sí había oído nombrar al ganador: cuando Vargas Llosa ganó, hubiera preferido no conocerlo ni saber de su existencia. Pero bueno, no siempre puede uno escoger sus desgracias. (Exagero: también conocía a Bob Dylan y me divirtió sobremanera la reacción de los puristas que se rasgaron las vestiduras cuando le concedieron el premio.)

A la curiosidad de conocer a la persona ganadora de cada año se suma mi morbo por ver las reacciones de la gente del mundo de la literatura. Oh, perdón: quise decir La Literatura, con mayúsculas. Hay quien se manifiesta desencantado por el fallo porque no conocía al ganador, o jamás lo había oído nombrar —como si fuera posible abarcar en su totalidad la literatura mundial; hay quien pronto se lanza a decir no tienen que ver los méritos literarios, sino que la Academia manda un mensaje político al mundo con cada designación; nunca falta el que dice que no entiende por qué habríamos de estar atentos a lo que decide un puñado de viejos caprichosos —por lo general este ejemplar de opinante suele ser otro viejo caprichoso que de nueva cuenta azotó el teléfono indignado porque no le llamaron para decirle que era el ganador.

Me pregunto si entre los físicos, los químicos y los médicos también se quejan porque ganaron tales o cuales personas “desconocidas” o porque les parecen poco relevantes sus investigaciones. O será, quizá, que en el caso del Nobel de Literatura lo que pasa es que a todos nos gusta asumirnos como voz autorizada. Jorge Ibargüengoitia —¿quién, si no? — lo sintetizó de manera impecable: “Usar para expresarse un medio que todos conocen a la perfección desde primero de primaria hace que los escritores tengamos una cantidad de críticos exactamente igual al número de personas que saben leer y escribir”.

Alguna vez Chesterton escribió que “el periodismo consiste esencialmente en decir ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”. Creo que ese es, si acaso, el mérito mayor del premio Nobel de Literatura y prácticamente cualquier premio de esa envergadura: abrirnos los ojos y la mente a otras escrituras cuya existencia ni siquiera nos pasa por la cabeza. Decirnos que no importa cuán surtido y diverso sea nuestro librero: siempre hay un nuevo universo literario por conocer. Y seguro eso pasa en todas partes del mundo: supongo que en 1990 en más de un lugar del mundo alguien alzó la ceja para decir “¿Octavio Paz? ¿Quién es ese?”.

Un premio es una ventana, y nada más. Establecerlo como un parámetro de calidad es ingenuo. Si así fuera, lo habrían ganado Jorge Luis Borges y Philip Roth y Dostoievski y Virginia Wolf; yo creo que también ya debería haberlo ganado Salman Rushdie y seguramente cada quien tendrá su favorito. Y seguramente el favorito de cada quien no va a ganar nunca (*cries in Murakami*).

Cada año sigo con curiosidad y morbo el anuncio del Nobel de Literatura, y cada año recuerdo las sabias palabras del argentino Roberto Fontanarrosa, que decía: “De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro”.

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La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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