El Refugio

Oxímoron

Por Andy Hernández Camacho coordinadora de La Mamá Cósmica

@andybrauni/@lamamacosmica

Siempre pensé que yo sería una madre de las que deja abiertas las puertas del baño, que en mi casa se viviría el desnudo con naturalidad y también los procesos fisiológicos. Eso pensaba antes de saber que tendría que hacer del cuarto de baño mi refugio. Un lugar para decir: “mamá ahora no puede, está ocupada”. Y tardar un ratito más, aunque haya un niño esperando detrás la puerta diciendo: “¿amá?”.

Cuando he hablado con otras madres sobre esto, la respuesta no me sorprende, no realmente: “¿Pero tú vas al baño sola? ¡Qué privilegio!”. Entiendo entonces que no he sido la única que ha estado sentada en el baño con un bebé y una teta fuera, que muchas nos hemos bañado con la puerta abierta y todos los sentidos de alarma activados por si bebé despierta, hemos puesto una toalla con juguetes en el baño para poder bañarnos con más “tranquilidad”, nos hemos lavado los dientes con un bebé en brazos etc. Porque, aunque al bebé de la “vecina” le encanta estar en el corralito, resulta que a muchas más no nos tocó esa suerte. Esta metáfora de la “vecina” (que es un espejismo de lo que dictan muchos modelos de crianza) se convierte en un detonante más de la culpa cuando sentimos que estamos haciendo algo mal si no podemos cumplir las reglas del “manual de maternidad”.

Pero la realidad es que, si la crianza en general cumpliese con nuestras expectativas culturales, no se venderían tantísimos libros de puericultura. Sí, esos libros que “la vecina” también compra.

La crianza temprana no se puede poner al mismo nivel que el resto de etapas de la vida de una persona. Bebé es totalmente dependiente de su primera figura de apego. Expresa la ausencia de la madre a través del llanto y cuando está con ella es difícil separarse. A veces me pregunto si las crías humanas echarán de menos que las madres no tengamos un fuerte vello corporal al que agarrarse mientras hacemos otras cosas, para permanecer a salvo en el cuerpo materno y poder tomar pecho a demanda…

Esta etapa está llena de maravillas, cada día es un descubrimiento. Pero al mismo tiempo sientes que los días se hacen eternos y repetitivos, sientes que no haces nada aunque hagas mucho, que no llegas a nada. Pruebas mil cosas por pura supervivencia: darle chupón aunque lxs diosxs expertoxs de la crianza te dicen que no es lo mejor, poner el dispositivo más cercano sabiendo que tampoco es “lo recomendable”, soltar al bebé aunque llore un momento para hacer cualquier cosa o incluso para meterte en otro cuarto y gritar. Y cuando llega tu pareja (si es que ejerces la mapaternidad) se lo das rápidamente: “Ahora te toca a ti”. Necesitas irte a ese refugio donde puedes decir (bien alto, porque realmente le hablas a la persona adulta, no al bebé): “Amá está ocupada”. Y créanme lo peor que le pueden decir a una madre en estos momentos es: “Tú lo elegiste”.

Sí, hemos elegido ser madres, hemos elegido un determinado estilo de crianza, hemos elegido presencia y, quizás, lactancia materna, y no queremos que nos separen de nuestra criatura. Pero no, no hemos elegido estar solas, terriblemente solas. No hemos elegido encargarnos en exclusiva de las tareas del hogar. No hemos elegido la invisibilidad, ni sentir que nuestro trabajo no importa. No hemos elegido una sociedad que es incapaz de incorporar una parada de al menos uno o dos años para la crianza. No hemos elegido quedarnos atrás. No hemos elegido depender económicamente de otra persona porque el trabajo de crianza no está remunerado.

No se nos permite la queja. Por un lado, se nos sigue educando como mujeres “luchonas” que pueden con todo, que solucionan sus problemas solas, en privado y de preferencia sin hacer mucho ruido. Mientras tanto el ideal de la “madre perfecta” está cada vez menos vigente porque no es compatible con la imagen de mujer moderna e independiente. Por otro lado, se nos culpa por haber elegido maternidades “intensivas” y nos dicen que no delegamos lo suficiente en los padres o en los servicios públicos. Nos explican, de una forma muy paternalista, qué deberíamos hacer para poder alcanzar el ideal de madre progre, es decir, una madre a la que no se le note demasiado su maternidad ¿?. De esta forma, nos hacen responsables de nuestras contradicciones, somos incluso las sospechosas principales de estar sosteniendo (criando) al sistema patriarcal.

Querer parar un tiempo para maternar no significa que muchas madres no disfruten de sus empleos (cuando son, como la maternidad, libremente elegidos y tienen condiciones dignas). Por eso cada madre debe decidir libremente si quiere hacer una pausa para la crianza, si quiere trabajar al mismo tiempo que materna o si quiere delegar de manera externa los cuidados. Pero con alternativas reales. Si una madre quiere parar, que tenga un permiso digno, recursos y derechos. Si quiere trabajar al mismo tiempo, no nos sirve el llamado “home office” pues, aunque ha beneficiado a madres que querían seguir con la lactancia materna, también se ha convertido en una doble jornada simultánea: crianza y empleo. Y si puedes delegar los cuidados, hay que tener en cuenta las necesidades de les hijes, no nos sirven espacios que la niñez no sienta seguros.

Cuando hablamos de maternidad nos encontramos con un montón de voces que no dudan en decirnos a las madres qué es lo que necesitamos. Si pides más tiempo para maternar: te dicen que se ocupe el padre, si llevas al bebé: te preguntan si no tiene papá, si dices que estás agotada con el bebé: quítale la teta y que el papá le dé un biberón. Debemos tener cuidado de no confundir la corresponsabilidad con los derechos de las madres y de les hijes.

Porque liberarnos del patriarcado, desde los cuidados significa liberar a la madre y hacer del maternaje la base de la vida social y política. Y no puede haber condicionantes. No podemos depender de tener una pareja corresponsable, un buen empleo, recursos suficientes, tener una familia que acompañe y no ser migrante, lesbiana, monomarental, madre joven, discapacitada, etcétera. Con esta desvalorización de las maternidades aumentan todos los tipos de violencia, desde el juicio social hasta el juicio institucional.

Quienes maternamos no deberíamos recurrir a un refugio para tomar un respiro, nuestro lugar seguro debería ser ejercer el rol materno en tribu, con contención y políticas públicas que pongan el centro el cuidado y no el mercado.

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Oxímoron
Andy Hernández Camacho es maternofeminista, profesora de literatura, comunicóloca pública, sentipensante, gestora de procesos comunitarios en distintos espacios, siempre en deconstrucción. Actualmente, reflexionando en tribu sobre maternidades desobedientes y las distintas narrativas para nombrar el trabajo de cuidados a través del proyecto La Mamá Cósmica. También es maestrante en gestión y desarrollo social.

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