El encuentro anual de los migrantes de la montaña de Guerrero con sus muertos

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Habitantes de la comunidad de Ayotzinapa, en la montaña de Guerrero, que se dedican principalmente a trabajar los campos en el norte del país, vuelven a su pueblo cada año para recibir a sus muertos

Texto y fotos: Isabel Briseño / Pie de Página

TLAPA DE COMONFORT, GUERRERO.- Ayotzinapa es una comunidad de la montaña de Guerrero perteneciente a Tlapa de Comonfort. La mayoría de sus habitantes migran al norte del país para emplearse como jornaleros en los campos agrícolas. PEro cada noviembre la comunidad que queda prácticamente vacía durante largas temporadas se colma de los vivos que retornan para recibir a sus muertos.

Hace seis meses que cargaron con costales llenos de ropa, cobijas y hasta con las pantallas; todo lo que los haga sentir como “en casa”, pues permanecen la mitad del año en una tierra ajena.

Los niños y niñas que regresan de los campos jornaleros participan en las celebraciones de Día de muertos llevando cada uno su bolsa naila con pan de muñecos, dulces, flores y velas.

Por las calles que conducen al cementerio se ve desfilar a las jóvenes madres con sus pequeñitos, algunos van caminando en hilera otros van en el rebozo.

Es 31 de octubre, Julia y su hijito Aurelio visitan al hermanito de Aurelia que como muchos otros, fallecieron al nacer. En las comunidades de la región, la falta de atención oportuna y las condiciones de accesibilidad son factores que provocan la muerte materna.

Julia tiene 18 años, cuenta que desde chiquita conoció los campos agrícolas, lleva tantos años yendo que ya olvidó qué edad tenía cuando fue por primera vez con sus padres. Ahora ella también viaja con su pequeño y en el campo Buen año, en Sinaloa, para cortar verduras junto a su esposo.

La mayoría de los jornaleros de Ayotzinapa permanecen 6 meses en los campos y otros 6 meses en su comunidad.

El profesor Victorino Martínez platica que se han ido perdiendo elementos de la tradición como el rezo frente a la cruz, debido a la migración o la comida que se les prepara.

“Antes se les hacía su mole con carne o pollo pero ahora ya nos les gusta preparar, pero aún así es bonito”, dice.

Para las comunidades na savi (gente de la lluvia), el día Viko Ndí (fiesta de los muertos) es de los más esperados cada año, pues la vida no termina con la muerte.

En la mayoría de las comunidades de la Montaña de Guerrero, la celebración por el Día de muertos inicia los últimos días de octubre y finaliza en los primeros días de noviembre.

Con rezos, canastos con comida, velas, flores amarillas, cohetes y música de banda son recibidas las almas que desde el pueblo de los muertos vuelven para ayudar a los vivos del (Ñuu Yivi) pueblo de la gente, el mundo.

La alegría de los pueblos y de sus habitantes es grande, sus familiares ya están entre ellos y conviven como les enseñaron sus abuelos.

En San Lucas viven 500 habitantes pero la comunidad real es de 3000 personas, también cuentan a quienes están radicando en Estados Unidos.

Los cerros sagrados

San Lucas es el país de las nubes dice el antropólogo Manuel. Es la comunidad más alta en la región de la montaña “están parados a 3 mil metros sobre el nivel del mar eh”, muestra Manuel, originario de aquí, San Lucas, municipio de Cochoapa Guerrero.

Son las cuatro de la tarde y la fiesta no se escucha, no truenan los cohetes, ni suena la banda. Los pobladores cuentan que desde hace unos cinco años las tradiciones también se han ido modificando.

La quema de las velas se cuida, si queman “bien” significa que los difuntos estuvieron contentos.

Desde el camposanto se mira el cerro de la lucerna, el Pico de Orizaba, la Malinche, el cerro de la Garza y el cerro del Pelón que, según cuentan, es uno de los más sagrados, Los Na savi platican que el cerro ha sido ha sido visitado hasta por políticos importantes que acudieron a él para “pedir favores”, para la gente de la lluvia representa un espacio sagrado en donde se limpia el alma.

Sobre las altas montañas se mira la avalancha de nubes que bajan a escuchar las pláticas de las pocas personas que quedan ofrendando comida y bebida, quemando las velas y platicando con sus difuntos en la celebración que, dicen, inició desde el 20 de octubre en esta comunidad.

“Las nubes están bien pero bien cargadas, mire”, señala Amador al cielo mientras destapa una cerveza. El agua ahuyentó a las personas y solo quedan algunos niños jugando entre las tumbas y algunos principales que comparten la oralidad.

Mientras vigilan que las velas se sigan quemando platican de esto y de aquello, un poco sobre Regino Aguilar de San Martín Peras que amenizarán el baile en San Miguel, la comunidad vecina, y otros escuchan atentos en la fría noche sobre la leyenda del tlacuache, que es el animal más sagrado y poderoso porque fue capaz de robarle el fuego a Dios.

A cada difunto se le coloca un arco con flores de cempasúchil, cada arco representa la visita de un hijo o un familiar que lo visitó.

Los rezos en Tu’un Savi (tercera lengua indígena más hablada en México) se intercalan con las notas de la banda de viento.

Las mujeres van y vienen, cargan en ayates cartones de cerveza que compartirán con sus abuelos o padres, las bolsas de mandado, nailas, van repletas de comida que se prepararon especialmente para ese día.

Manuel Gálvez Martínez visita a su papá Rutilio Gálvez Bacilio. Llegó desde mediodía junto a su esposa y a su familia, “no importa que esté lloviendo o que el frío cale los huesos, acá estamos bebiendo con mi padre y nadie se debería rajar porque es cada año”, comenta el maestro de educación primaria al señalar que los jóvenes ya no quieren continuar con la tradición de velar. El profesor estuvo trabajando durante 15 años en la comunidad de Río Hamaca, de Cochoapa el Grande, hasta hace apenas un año está dando clase en el municipio que está considerado como uno de los más pobres de la región de la región de la montaña.

Los habitantes de esta región recuerdan que a los muertos se les ama y se les recuerda toda la vida, generación tras generación porque son las semillas que dieron frutos. La memoria ancestral de la montaña de Guerrero se preserva con la celebración que reúne a vivos y muertos.

Tras el correr de las horas, el camposanto permanece en silencio. El día 2 de noviembre se van a dejar las flores que se llevaron a las casas y que representan a los difuntos que retornan.

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Este texto se publicó originalmente en Pie de Página:

El encuentro anual de los migrantes de la montaña de Guerrero con sus muertos

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