La compañera

Oxímoron

Por Andy Hernández Camacho coordinadora de La Mamá Cósmica

@andybrauni/@lamamacosmica

Una de las tantas sorpresas que llega de “regalo” con la maternidad es la sensación constante de culpa. Una emoción que habita entre el anhelo del ideal de madre y la madre que se es en realidad. Esta compañera se vuelve íntima e inseparables y empieza desde el primer día, por no haber logrado el parto pachamámico que traería a ese ser en armonía con el universo pasando por el sentimiento de fracaso al no poder dar la teta, por dejar a bebé en una guardería para volver a trabajar y por supuesto por ponerle pantallas para tener un momento de paz. Y no, no termina ahí, la culpa va mutando, se transforma y vuelve a aparecer una y otra vez, en cada fase de la crianza, alcanzando con el tiempo más y más aristas.

Si les niñes hacen el temido berrinche, si le pegan a otres en el colegio, si son hiperactives, si comen mucha azúcar, o se llegan a perder en un supermercado, se mira siempre a la madre en busca de explicaciones. Ante estos constantes cuestionamientos, las madres terminamos preguntándonos qué hicimos mal, analizando cada paso en falso para encontrar dónde fallamos. Y no se trata, como se suele pensar, solo de una inseguridad personal o de tener una personalidad demasiado “autoexigente”; esa culpa materna es un síntoma evidente ante la presión de lo que todo un sistema espera de una “buena madre”.

La culpa se asocia a la maternidad de manera consciente o inconsciente, es triste, pero es real y urgente visibilizarla. Esto tiene su origen en que socialmente se espera que seamos “buenas madres”. Se nos responsabiliza de la crianza siempre más a nosotras, porque se supone que somos las principales cuidadoras. Parece que el hecho de que los hijos e hijas se gesten en nuestro útero nos diera una responsabilidad mayor, pero no es así.

El apuntar a la madre con el dedo por cada decisión que toma potencia la culpa desde distintos lugares. Por una parte se juzga a la mujer por su forma de vivir y ejercer la maternidad, con experiencias tan personales como el parto, la lactancia o la forma de criar. Pero luego, a medida en que las hijas e hijos crecen, se deposita también en las madres la responsabilidad de todo lo que le acontece a ese niño o niña, desde su comportamiento social hasta cuando les sucede algo malo.

El cuidado y la crianza deben entenderse como una responsabilidad de todos, femenina y masculina, y maternar no se debe entender como una tarea individual, sino como una tarea colectiva, que debería ser responsabilidad de la sociedad. Nosotros les podemos entregar valores, transmitir creencias, experiencias pero finalmente les hijes van conformando su propio camino. Creo que tenemos cierta responsabilidad, pero no un control completo.

Para poder emprender un camino hacia la liberación de la culpa materna es importante entender qué es lo que origina este sentimiento, y que parte fundamental de su raíz tiene que ver con un sistema que lo propensa y perpetúa. La culpa es patriarcal. Cuando yo siento culpa como madre es porque me miro en un espejo de la maternidad donde se me dice que tengo que ser una madre perfecta, una madre abnegada, una madre que llega a todo, una madre que nunca se equivoca. Este ideal nos pone frente una maternidad tóxica, romantizada, inasumible e indeseable que hay que erradicar. Y aunque este proceso es sinuoso, voy entendiendo que el problema no es mi maternidad, sino este espejo en el cual yo me miro, que no representa la experiencia real, sino la expectativa.

Esta culpa construye la idea no solo de buena madre, sino de buena esposa, pareja, hija o profesional. Por esto es necesario liberarnos de esas ideas, sacarnos el “qué dirán”, es la única manera de vivir tranquila, no solo como madre sino también como mujer y como persona. Incluso me atrevo a ir más allá y pensar en la erradicación de la culpa materna y transformarla en una causa política. Cuando yo politizo esta realidad, entonces soy consciente de que la culpa no es mía, la culpa es del sistema. Cuando entiendo las causas que provocan esa culpa, se pone en evidencia el hecho de que maternamos en un contexto que es hostil a la propia experiencia materna y que dificulta tener una experiencia satisfactoria. Acabar con la culpa materna implica hacer una lectura política de esta culpa, y entender que tiene mucho que ver con este sistema patriarcal y es inherente al mismo.

Alguna vez leí en una cuenta de redes sociales que una asesora de crianza respetuosa afirmaba que la culpa no era mala porque nos hacía reencauzar el camino cuando estábamos haciendo algo mal. En otras palabras, la culpa es necesaria porque sin ella quién sabe qué madres seríamos. Ante esto, me pregunto: ¿por qué se glorifica la culpa como una forma adecuada de orientar nuestras acciones? ¿La culpa es la única manera de hacernos responsables de nuestra forma de criar y vivir?

Ante estos cuestionamiento quizás lo mejor que podemos hacer es aceptar que la culpa existe, que no deberíamos evadirla y que hay que transitarla. Por lo menos esto me ha servido a mí. En lo personal, no me gusta el mandato de “maternidad libre de culpas” porque, por un lado, no la siento posible, y, por el otro, me ha generado, paradójicamente, más sensación de culpa: la de no estar lo suficientemente deconstruida para evitar que aparezca. Prefiero aceptar que está aquí, y que no la puedo, ni quiero evadir. Enfrentarla es duro, pero cada vez logro dejarla ir con más facilidad. Me sirve preguntarme ¿por qué siento culpa? y ¿cuál es su origen? Y es entonces cuando me doy cuenta que nace de una serie de ideas preestablecidas por la sociedad de lo que hace una buena madre o una buena mujer. Aquí es donde entiendo que la culpa es patriarcal y que no me pertenece.

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Oxímoron
Andy Hernández Camacho es maternofeminista, profesora de literatura, comunicóloca pública, sentipensante, gestora de procesos comunitarios en distintos espacios, siempre en deconstrucción. Actualmente, reflexionando en tribu sobre maternidades desobedientes y las distintas narrativas para nombrar el trabajo de cuidados a través del proyecto La Mamá Cósmica. También es maestrante en gestión y desarrollo social.

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