Más allá del “darse cuenta”

La Hilandera

Por Rosario Ramírez / @La_Hilandera

Hace unos días visité la casa familiar después de casi 23 meses, y dentro de las muchas historias que contamos colectivamente la violencia figuró como parte central de nuestras conversaciones y encuentros.

Mucho se ha escrito ya sobre cómo la violencia de género es considerada como la otra pandemia, aquella que también encontramos en casa y en espacios que, en el terreno de lo ideal, serían nuestro refugio ante un contexto hostil como el que habitamos. También mucho -y a veces en voz bajita- hablamos de las formas y estrategias que movilizamos para el autocuidado, para asegurarnos de llegar a casa con bien y seguras. Para muchas de nosotras el gas pimienta, una cuña, las llaves entre los dedos, el taser y hasta unas simples tijeras de bordado, se han vuelto objetos que nos pueden salvar de una potencial agresión ¿Pero cómo hacemos para evitar realmente un acto de violencia? ¿Qué tenemos que movilizar para vivir y transitar seguras por el espacio público? ¿Cómo hacemos para darnos cuenta de que estamos siendo agredidas con esas formas sutiles de violencia que nos quedan en la emoción o en la impotencia incluso en nuestra propia casa?

Una de las cosas que más me sorprendió de esa visita fue cómo la violencia -y en parte también la infraestructura de aquella ciudad- hace que los espacios públicos no sean transitables o que lo sean de manera insegura. Trayectos cortos que se pueden realizar a pie resultan una invitación abierta a un asalto en el mejor de los casos. Y a propósito de ello cuento una de esas anécdotas familiares que se ha reproducido ya algunas veces y que llegó a mis oidos con palabras más o palabras menos:

Una prima, para llegar al autobús que la llevaba a la escuela, solía caminar por una calle que conecta la casa familiar con una avenida principal. Un día iba caminando por esa calle y un grupo de jóvenes se le acercaron de forma amenazante, le “empezaron a decir de cosas” mientras ella seguía caminando, hasta que uno de ellos la reconoció como la nieta de “la doña”. Le preguntó si era ella y mi prima afirmó. Se cuenta que este jóven le advirtió que no caminara más por ahí, que no era seguro y que esta vez, por ser “la nieta de” la iban a dejar ir. Al tiempo ella volvió a pasar por ahí, y el mismo joven al verla le recordó aquella advertencia, no sin antes hacer referencia a que él pensaba que ella era “la morra que mató fulanito” -otro miembro de aquel grupo- y que igual le daba gusto verla, pero que no fuera necia, que ya le había dicho que no pasara por ahí, que le iban a hacer algo a la otra…

¿Qué se hace en estos casos cuando la amenaza es abierta y cuando en frases muy simples igual se habla de impunidad que de feminicidio con el tono casual de un saludo? ¿Qué opciones tenemos para movernos por la ciudad en estos contextos cuando por caminar cuatro cuadras para llegar a la escuela o al lugar de trabajo se nos puede ir la vida en ello?

En en pasado 25N, desde la redes sociales muchas mujeres, como cada año, contaron/contamos sobre los tipos de violencia que enfrentamos hoy o en algún momento de nuestra vidas; otras más tuvieron el micrófono disponible para hablar sobre las violencias en instituciones varias -también como cada año y cada fecha en la cual las mujeres para bien o para mal terminamos siendo el centro de las discusiones-. Hubo usuari@s que se quejaron de este tipo de visibilización o abordajes -desde el nivel más académico hasta el más activista- porque hablar una y otra vez sobre la violencia demostrado está que no necesariamente cambia algo de nuestros contextos.

Lo cierto es que los espacios para hablar sobre este tema resultan fundamentales no sólo como espacios de circulación de saberes, sino también como espacios que pueden construir, dependiendo de los foros y propósitos, sitios de contención que son muy necesarios. Acompañar a personas que han vivido violencia, así como a profesionales que hablan sobre ello desde distintas disciplinas y objetivos ha mostrado lo importante que es visibilizar y enfrentar para sí una situación de violencia -cualquiera que esta sea-.

Escuchar una definición como la del gaslighting y descubrir y reconocer que eso es lo que se vive en una relación es un proceso que pasa por lo cognitivo, pero tambien por lo emocional -e idealmente por la agencia-. El poner a circular estos términos, las distintas formas de violencia existentes y formas de transformarlas y sanarlas -en el sentido incluso espiritual, eso sí, nunca justificando una agresión ni por destino ni por aprendizaje- han sido estrategias que sin duda han salvado vidas.

Desgraciadamente la necesidad de contención y acompañamiento para enfrentar distintos tipos de violencia son cosa de cada día, y por ello es importante saber nombrar, saber qué hacer, a quiénes podemos recurrir para pedir apoyo; y más importante aún, seguir generando esas redes horizontales de apoyo que nos sacan a flote incluso cuando las instancias gubernamentales nos fallan, nos revictimizan o simplemente nos ignoran. Quizá no está en nuestras manos transformar la realidad, o al menos no totalmente, pero sí podemos crear espacios seguros para todas, todos y todes, desde las aulas, desde la casa y hasta en los espacios públicos. Estamos en ello.

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La Hilandera
Rosario Ramírez Morales Antropóloga conversa. Leo, aprendo y escribo sobre prácticas espirituales y religiosas, feminismo y corporalidad.

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