Novelistas y Cuentistas

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @TurcoViejo

La semana pasada escribía acá que cada uno habla de la feria según le haya ido en ella. Me voy a tomar la libertad de contarles cómo me ha ido en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara —la FIL, pues:

Una mañana del último fin de semana de noviembre de no recuerdo cuál año me tocó cubrir la inauguración. En el interminable presídium estaba sentado Alonso Lujambio, entonces secretario de Educación y que asistió a la ceremonia inaugural en representación del impresentable Felipe Calderón. No recuerdo por qué, pero yo necesitaba una declaración del funcionario por lo que me había propuesto cazarlo al final del recorrido oficial por los pasillos de la feria.

No recuerdo qué pasó —me detuve a tomar otra declaración, o algo de las cosas en los pasillos me llamó la atención, no lo sé— pero cuando me di cuenta Lujambio ya iba a la salida. Salí corriendo tras él. Me escabullí por una puerta por la que se suponía que ya no podía pasar y cuando estaba a punto de alcanzarlo, dos manos me sujetaron por la espalda, agarrándome de los tirantes de la mochila. Como acto reflejo, brinqué hacia atrás y con mi cuerpo aplasté contra una mampara al sujeto que me había jaloneado. Cuando volteé, vi el pin que portaba en la solapa del saco. «Estado Mayor Presidencial», decía. Todavía lleno de furia, le grité al milico: “¡No me toques, cabrón! ¡No me toques!”. Sin enterarse de nada, Lujambio se subió a una Suburban y se fue.

Otra mañana, la FIL —y cuando escribo la FIL me refiero a sus organizadores, a les autores pero, sobre todo, a les lectores— se conmovió con una noticia muy triste: José Emilio Pacheco había muerto. Coincidió que ese día estaban en la feria sus dos grandes amigos: Sergio Pitol y Carlos Monsiváis. Recibí el encargo de recabar su testimonio. Primero me encontré con Sergio Pitol en el lobby del Hilton, que ya para entonces estaba muy afectado en su salud. Con mucho, mucho esfuerzo, hiló dos o tres frases. En sus ojos se notaba la angustia de quien sabe lo que quiere decir pero no encuentra las palabras para hacerlo y busca y busca y busca en su cabeza.

Ese día me juré a mi mismo que no lo buscaría nunca más para nada y todavía vi con tristeza cómo lo seguían invitando a actividades a pesar de que su cuerpo y su mente iban por caminos cada vez más separados. A Monsiváis lo pesqué en unas mesitas del hotel. Le hice la pregunta, guardó silencio… el silencio continuó y cuando estaba a punto de preguntarle si necesitaba que le repitiera, se soltó a hablar sin detenerse y, cuando acabó, me dio por despachado. Ese día descubrí que Monsiváis olía muy mal.

Cuando la feria cumplió 30 años, me invitaron a colaborar en su libro conmemorativo. Me tocó armar el capítulo dedicado a les autores que han venido a la FIL. Recuerdo con mucho aprecio lo que en esa ocasión me dijo Sergio González Rodríguez: «Los libros van a sobrevivir a los autores. Eso es importantísimo. Todo lo que estamos haciendo ahora es un trabajo para el futuro. El tema de la inmortalidad no ha desaparecido en la especie humana y este principio de inmortalidad, válido y que nos articula y expresa el deseo de permanencia, nos va a sobrevivir. Ahí van a estar los libros siempre, aunque no estemos ya para honrarlos con nuestra presencia. Nos van a seguir guiando. Esto me conmueve de la propia feria: el libro va a estar ahí una y otra vez, más allá de nuestras propias vidas». González Rodríguez murió; en la feria todavía están sus libros.

Un día anunciaron que iba a estar Silvio Rodríguez en la explanada de la Expo —no existía el Foro FIL— y estuve ahí muchas horas antes de que la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba subiera al escenario para un concierto al que después se sumaría el cantautor a cuya música regreso —cada vez menos— para recordar otros tiempos. Otro día regresó a la feria Salman Rushdie, ya sin fatwa de por medio, y desde ese domingo, gracias a las buenas artes de Karla Bañuelos, mi ejemplar de Los versos satánicos reposa en el librero con la firma de su autor.

En la FIL vi leer en vivo a Rubem Fonseca y por la FIL pude entrevistar a Fernando del Paso. Gracias a esta cita anual pude armar casi completa mi colección de Ibargüengoitia a un precio inmejorable y en sus pasillos he conseguido ejemplares de Boris Vian que de otro modo no estarían en la repisa. Una vez metimos al compadre Víctor hasta la parte trasera del auditorio Juan Rulfo con todo y silla de ruedas para que Enrique Vila-Matas le diera su firma. Afuera de la FIL vi a la policía abusar de su fuerza y disolver a golpes una manifestación y realizar detenciones arbitrarias.

He cruzado el umbral de Expo Guadalajara como estudiante, como reportero, como corresponsal, para presentar un libro ajeno y para presentar un libro propio. Desde hace unos años tengo el privilegio de colaborar tras bambalinas y conocer una muy pequeña parte de la feria desde sus entrañas.

Para mí, eso es la FIL: lo que ocurre entre las calles Novelistas y Cuentistas, en los salones, en el área Internacional, en los pasillos, en el Foro FIL que antes era una explanada. Cada tanto ocurre que la feria queda en medio de los dimes y diretes, en la politiquería. Es inevitable, pero eso no es la feria, creo. La feria es una fiesta que permite a las personas conocer autores, hacerse de libros, encontrarse en los pasillos, tomarse fotos, muchas fotos, bailar en el Foro.

Lo escrito aquí es apenas un apunte al vuelo de las cosas que me han pasado en esta feria, a la que le quedan tres días, y que hacen que sea una de las cosas que espero que lleguen cada año.

¿A ti cómo te ha ido en la FIL?

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La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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