Re(cargadas)

Oxímoron

Por Andy Hernández Camacho coordinadora de La Mamá Cósmica / @andybrauni/@lamamacosmica

Hace algunos años cuando empezó a aplicarse el concepto de carga mental al ámbito del trabajo de cuidados, las mujeres, en general, suspiramos y experimentamos un cierto momento de alivio. ¡Por fin alguien reconocía y hacía visible, mediante un sintagma, eso que muchas de nosotras sentimos y padecemos! ¡Eso que nos era tan difícil de expresar, de nombrar, o de explicar! ¿Por qué ciertas cosas nos irritan con tanta facilidad?, ¿por qué tenemos esa sensación de sobrecarga, incluso con agotamiento físico?

La mayoría de las mujeres (yo incluida) aún sufren bajo la intensa presión de que su cerebro explotará en cualquier momento por las interminables listas de tareas pendientes; pero, visibilizarla, poder nombrarla y el saber lo qué es, nos brinda la posibilidad, no sólo de exigir a la pareja que se involucre de manera activa en las labores reproductivas, sino a la sociedad en general, y por supuesto de cuestionar las razones por las que cómo mujeres convivimos con esta condición constantemente.

Para quienes no están familiarizados con este término, la carga mental hace referencia a la cantidad de esfuerzos deliberados, no físicos, necesarios para culminar una tarea. En otras palabras, el nivel de recursos atencionales, y de planificación, necesarios para llevar a cabo ciertos cometidos. En realidad, se trata de un concepto que puede ser aplicado a cualquier situación, pero que, cuando se aplica el concepto de carga mental en el ámbito de los trabajos de cuidado, se entiende como una labor feminizada, haciendo referencia, por un lado, a la planificación, organización y toma de decisiones dentro del hogar, y, por otro, al cuidado emocional de las relaciones significativas para ambos miembros de la pareja y de la familia en general (recordar fechas de cumpleaños, comprar regalos por fechas señaladas, estar pendiente de hacer ciertas llamadas o visitas, cuidar los vínculos, etc.).

En este sentido, la lista de tareas y preocupaciones, que suele ocupar la mente de muchas mujeres, respecto al funcionamiento del hogar es interminable. Suele ser, además, una actividad silenciada, por lo tanto, poco o nada reconocida.

Desde el mismo momento del embarazo, las listas mentales de las mujeres se engrosan a niveles estratosféricos: desde programar las visitas con la/el ginecóloga/o teniendo en cuenta los horarios de disponibilidad de la pareja, a la elección del hospital, el tipo de parto que desean tener, las clases de preparación para el parto, etc…Todas estas son cuestiones de las que, por lo general, se suele ocupar sólo la mujer, y de las que luego informa a la pareja. Alguien podría objetar: “bueno, pero es que el bebé está dentro de ella”; y sí, efectivamente así es, pero hay muchas maneras en las que esa carga, esa responsabilidad, podría compartirse.

Sigamos nombrando: el plan de parto, la preparación de la ropa para el bebé (preocupándose de la estación del año en la que nacerá la criatura), planificar y ejecutar la compra de aquello que el bebé necesita: cunas, cochecitos, silla para el coche, ¿Queremos portear? ¿Quién se preocupa por saber cuál es la manera más adecuada para el porteo? ¿Cómo se alimentará el bebé? ¿Necesitamos sacaleches, chupones, biberones? ¿Quién se entera de las marcas, los modelos, las diferencias? ¿Quién prepara la bolsa del bebé para el hospital? ¿Quién se encarga de cuadrar la logística del cuidado de los otros/as hijos/as, si los hay? ¿Quién lee? ¿Quién consulta? ¿Quién se informa?

Y una vez que ha nacido el bebé, ¡se abre todo un mundo! Los despertares por la noche para alimentar y cambiar al bebé suelen recaer sobre la madre (sobre todo si se elige amamantar). Algunas veces, durante el tiempo que dura el permiso por paternidad, los padres se despiertan para hacer los cambios de pañal o pasear un poco al bebé hasta que se duerma. Pero, más tarde, al incorporarse al trabajo, esta responsabilidad suele recaer sobre la madre, porque la pareja “tiene que descansar para poder responder a las exigencias laborales”.

Conforme van creciendo y empieza la etapa escolar, la carga sigue presente: la investigación de los centros educativos por su zona o más convenientes por los traslados, estar al tanto de las fechas para la formalización de la inscripción, enterarse de los materiales necesarios para el inicio del curso escolar, comprarlos y llevarlos, hacer el seguimiento de los temidos grupos de WhatsApp de madres (y padres), estar al tanto de las cosas que los/as niños/as tienen que llevar a la escuela para hacer actividades especiales y de los eventos importantes de la escuela, preparar la bolsa cada mañana, ayudar con las tareas..

Podría seguir haciendo listas por el estilo con otros elementos que tienen que ver con la vida familiar, como las actividades extraescolares, la presencia y participación de la familia extendida, la gestión de qué van a hacer los/as hijos/as durante las vacaciones escolares, el tiempo y la calidad de la exposición a las pantallas, entre muchos otros…

¿Y qué problema hay con esto? A las madres nos gusta hacernos cargo de estas cuestiones… ¿sí?, ¿a todas?, ¿de todas estas cuestiones, de manera exclusiva?

La consecuencia evidente es la sobrecarga que sentimos en el día a día: pensar, organizar, planificar, recordar, comprobar, ordenar, comprar, investigar, delegar, encargarse y preocuparse. Todo ello, además de requerir de muchísima energía y capacidad mental, acaba siendo abrumador y este sentimiento se agudiza y agrava mucho más si no se cuenta con una pareja y/o tribu de apoyo que equilibre las labores. Y es posible que muchas veces nadie perciba las señales de agobio o sobrecarga y, cuando la mujer/madre tiene una explosión porque no puede más, la pareja, la familia y la sociedad en general parecen no entender de dónde viene ese agobio.

Además esta descarga genera tristeza y culpa que, a su vez, aumenta el sentimiento de frustración y malestar. Y todo este círculo vicioso coloca a las madres en una posición muy límite, emocional y psicológicamente hablando.

Compartir la carga mental es una necesidad básica cuando hablamos de salud mental y física en las mujeres, sin embargo esto no es exclusivo de la pareja, la realidad es que asumir las labores de cuidado competen a todas, todos y todes, más allá de quienes ejercen la crianza. Como sociedad debemos entender que la carga mental es un esfuerzo permanente en nuestros pensamientos. Por lo tanto, es un trabajo invisible que no se reconoce, ni valora. Además, por lo general recae en las mujeres. Cuando pensamos en repartir las labores de cuidados de manera justa tenemos que incluir el tiempo y la energía que implica la carga mental. Si ésta no se pondera, la división de tareas será injusta y difícilmente podremos hablar de políticas conciliatorias o de corresponsabilidad.

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Andy Hernández Camacho es maternofeminista, profesora de literatura, comunicóloca pública, sentipensante, gestora de procesos comunitarios en distintos espacios, siempre en deconstrucción. Actualmente, reflexionando en tribu sobre maternidades desobedientes y las distintas narrativas para nombrar el trabajo de cuidados a través del proyecto La Mamá Cósmica. También es maestrante en gestión y desarrollo social.

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