De(s)memoria

Todo es lo que parece

Por Igor Israel González Aguirre / @I_gonzaleza

El primer sexenio presidencial del que tengo memoria es el de José López Portillo (1976-1982). Desde luego, en aquellos años yo era apenas un crío y mi interés por la política era prácticamente nulo. Estaba concentrado, más bien, en aprender a leer y a caminar (en ese orden). Pero de algo me acuerdo. Es más, aquella época me resulta significativa porque la crisis de principios de los ochenta le pegó duro a mi familia y se nos vino encima un periodo de estrechez económica muy difícil que se extendió por lo menos durante un par de décadas. Mucho tiempo después, ya adulto y con la intención de contrastar el recuerdo con los hechos —no vayan a creer que por morbo—, me he dedicado a explorar algunas de las puntadas que tuvo López mientras duró su mandato (autoritario y centralista). Pienso, por ejemplo, en el conjunto de frases icónicas que caracterizaron al buen JOLOPO, histrión y verborreico como pocos.

De hecho, una de sus locuciones más conocidas es la que este personaje pronunció un 17 de agosto de 1981. Me refiero a aquella en la que aseguraba que «defendería al peso como un perro». ¿La han escuchado? Apuesto a que sí. Sobre todo porque esta frase se convirtió en la insignia de un sexenio que se pretendía transformador y que terminó —primero— en lágrimas presidenciales y —después— en un dedazo a partir del que el mandatario señaló al que sería su sucesor. Por supuesto, en su momento, la dramática sentencia emitida por López tenía detrás la idea de que algunas personas, «los malos mexicanos», pretendían dañar a su gobierno.

Para lograr este deleznable cometido esos sujetos atentaron contra la economía del país al sacar sus dólares ayudados por los banqueros. Vaya mafia. Para colmo, esa «gente deleznable» —que no estaba a su favor sino en su contra— provocó la caída de los precios del petróleo. Semanas después, en febrero de 1982, el Banco de México tuvo que salir del mercado cambiario y el gobierno se vio forzado a declararse en moratoria de pagos. Por supuesto, esto trajo consigo el despidió a un par de funcionarios. Tengan, para que aprendan. Mientras tanto, nosotras y nosotros nos quedamos con un país en ruinas y un presidente saliente repleto de arrogancia, que tenía por costumbre endilgar sus fracasos a otros y que, además, era incapaz de admitir que se había equivocado. «Soy responsable del timón; pero no de la tormenta» —aseveraba López—. Imagínense ustedes…

Así pues, ¿qué podía esperarse de un personaje que, ante la designación de su hijo José Ramón como subsecretario de Programación y Presupuesto, afirmaba pomposo que éste era «el orgullo de su nepotismo»? ¿A poco les resulta extraño que este mismo personaje amenazara a la prensa porque ésta lo criticaba con dureza? «No les pago para que me peguen», les decía a medios como Proceso, dirigido entonces por Julio Scherer. Por si fuera poco —si mal no recuerdo— esta lacónica sentencia fue dicha por López el mismísimo 7 de junio, fecha en que Miguel Alemán instauró —algunas décadas antes, en 1951— la celebración de la libertad de expresión en México. Vaya cosa.

Como era de esperarse, después de la tragedia, vino la farsa. Luego del despilfarro del «cuerno de la abundancia» vinieron las disculpas y los llantos —transmisión televisiva incluida—. Drama puro. En este sentido, el VI informe de gobierno de López tiene unas joyas que vale la pena citar in extenso:

“No vengo aquí a vender paraísos perdidos, ni a buscar indulgencias históricas. Con toda honestidad intelectual, vengo a cumplir con un compromiso elemental: decir la verdad ¡la mía! Es mi obligación pero también mi derecho.

Ni todo lo ganamos ni todo lo perdimos. Un país como el nuestro es mucha entidad para concentrar su destino en una coyuntura, así sea la creada por los poderosos de este mundo. Seré objetivo. Quiero referirme a todas las cuestiones que están en las conciencias, los intereses o simplemente en la calle. A todos quiero contestar porque con todos estoy obligado. Porque a todos reconozco derecho.

A las preguntas limpias de la gente sencilla; a los gritos de los que hace poco aplaudían; a los reproches de quienes no quieren recoger varas y hace poco tiraban cohetes; a los que quieren seguir lucrando con el riesgo del país amparándose en la desconfianza; a los monólogos de los pontífices críticos.

A los que se me rajaron. A las dudas de los amigos. A las condenas de los enemigos, gratuitos, porque desde el poder no dañé, ni a nadie ofendí.

En fin, basta hacer un poco de memoria —y de repasar algunos apuntes— para darse cuenta de que el gobierno de López estuvo sostenido, en buena medida, sobre un discurso carente de bases robustas, que además, para legitimarse, solía acudir a reinterpretaciones churriguerescas la Historia —las cuales fueron socializadas por una caterva de testaferros al servicio del poder que acomodaban los hechos a conveniencia y, de paso, le aplaudían hasta el más mínimo gesto. Ni hablar. A veces todo es lo que parece. Como quiera que sea, para cerrar la columna de hoy traigo a colación otra cita del informe ya referido. Ésta es, a cual más, ilustrativa:

La voz de la inconformidad salió de la clandestinidad y libre se multiplica, garantizada como derecho a la información, respetada como libertad de expresión, de prensa y sobre todo, como seguridad al uso de medios masivos de comunicación. Las calles están abiertas a las reuniones y manifestaciones públicas de toda idea, cuestión e interés. Se disiente, se discute, se discierne en el respeto y la tolerancia. Esa es la democracia y en ella el pueblo resuelve y vota.

Y votó y aquí estamos

Qué cosas. ¿No?

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Todo es lo que parece
Igor I. González Doctor en ciencias sociales. Se especializa en en el estudio de la juventud, la cultura política y la violencia en Jalisco.

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