La commedia è finita

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Hace algunos años, al final de una semana o un mes o ya no sé cuánto tiempo particularmente difícil, estando en la vieja casa de mi infancia exclamé: “¡Estoy harto, ya quiero que se acabe el año!”. Madre, que siempre ha sido pragmática hasta el extremo, sólo me respondió: “¿Y qué te ganas? Al otro día va a comenzar otro”.

Pienso en esa frase cada que llegamos a la recta final de cada año. ¿Cómo no hacerlo? El final del año civil activa en casi todos una sensación de cierre, de fin de ciclo, de corte de caja y de nuevos comienzos. Por aquí, algunos se apuran a hacer un balance de su año, de las cosas que hicieron bien y aquellas que salieron mal; por allá, otros tantos hacen listas de cosas que quieren hacer el próximo año, las famosas listas de propósitos que difícilmente serán cumplidos. Es la ley de la vida: la compulsión por imaginar un futuro ideal sólo es superada por la imposibilidad de conseguirlo. Quizá por eso hay un dicho que sentencia: “Si quieres ver reír a dios, cuéntale tus planes”. (El dicho pone dios, pero ya sabemos a qué se refiere: a la vida misma, que avanza inexorablemente sin importarle mucho nuestros esfuerzos febriles por salir vivos de ella. Spoiler: nadie lo logra).

Una cosa tienen en común los balances y recuentos de los últimos dos años: las despedidas. En el final del segundo año de la pandemia seguimos viendo cómo ésta ha trastocado todos los planes de las personas, forzado despedidas, cancelado empleos con sus respectivas repercusiones en los bolsillos de las familias. Cuando la pandemia comenzó los optimistas se veían en el umbral de una nueva humanidad que, luego de la sacudida, aprendería a valorar las cosas que no tienen precio y surgiría una sociedad solidaria y preocupada por los demás. Dos años después, lo único que permanece es la desigualdad social, en la que unos tienen los recursos para salir adelante mientras el resto hace lo mismo de siempre: sobrevivir. Y ya se sabe: nadie sobrevive entero. Nunca.

Se me puede acusar de pesimismo. Acepto el cargo.

Me resulta complicado ver con optimismo y alivio el final del año porque, como sentenció Madre aquella vez, inmediatamente comenzará un año que de nuevo sólo tendrá la cuenta y en el que habremos de seguir enfrentando las mismas condiciones en las que hemos venido viviendo no sólo en los últimos dos años, sino desde hace mucho tiempo.

Cuando la nueva cuenta comience seguirán faltándonos les desaparecides y las autoridades seguirán ahí, inoperantes en el “mejor” de los casos o cómplices indolentes en el peor de los escenarios. Seguiremos soportando la megalomanía de un gobernador que, incapaz de digerir su incompetencia, seguirá rumiando sus delirios de grandeza, paseándose desnudo con el traje que le han diseñado sus “estrategas” de la comunicación, esos engañabobos.

Allá, en la capital, el presidente seguirá montado en su delirio transformador, negándose a ver la apabullante realidad de un país que avanza a la deriva y en la que cualquier crítica es un ataque, mientras se parapeta en un Estado cada vez más militarizado, poniéndole la alfombra al primer neofascista que sepa aprovechar la ocasión. Por su parte, la mal llamada oposición —los partidos de siempre integrados por los nombres de siempre, veletas sin convicciones políticas que sólo obedecen a los intereses de sus bolsillos o de los bolsillos de sus mandamases— seguirá picándose la nariz, sacándose los mocos y persiguiendo sus rabos.

Se cierra el año y sólo nos queda mirar qué tanto hemos crecido, cuánto hemos perdido, cuáles alegrías nos han desbordado—saludos, atlistas y cruzazuleros— y el nivel de dolor que hemos soportado. Otra sentencia popular dice que cuando uno cree que las cosas no se pueden poner peor, se equivoca: siempre se pueden poner peor.

Ya se verá.

Esta calle baja la cortina hoy y la levantará ya entrado el nuevo conteo de los días. Les deseo paz mental y sosiego de espíritu. Que los últimos días de este año que termina sean lo más llevaderos posible. Y que el nuevo, que irremediablemente habrá de comenzar, les traiga cosas buenas. Lo que sea que esto signifique.

Ojalá que sus dioses sean misericordiosos y sus demonios, implacables.

Mientras tanto, la commedia è finita!

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La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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