Las cuatro

La Hilandera

Rosario Ramírez / @la_hilandera

Una vez al mes, cuando el enorme reloj de la sala marca las cuatro, las amigas se reunen. Una mesa elegante, bocadillos muy bien acomodados, y las vidas presentes y pasadas contadas al son de más de una canción, son el marco de una historia bellísimamente contada en el documental “La once”.

Sin spoilers mayores, Maite Alberdi cuenta la historia de su abuela y de su grupo de amigas, quienes aun con sus ajetreadas vidas, sus pérdidas y la lucidez que dan los años, se procuran una tarde al mes para charlar, beber té y recrear su mundo desde fotos amarillas, cartas de amor y reflexiones desde el lugar social y político que habitaron en Chile. Estas reuniones periódicas donde la viudez, la soledad y la compañía se tejen entre sorbo y sorbo, son un calendario colectivo que cuenta esta historia que comienza hace más de sesenta y pico de años…

No puedo ni imaginar vivir esa cantidad de años, y si llego, tampoco es que me vea sacando de una cajita escondida alguna carta de amor ahora inexistente escrita en un papel amarilo. Quizá esto de la virtualidad nos ha quitado un poco de vínculos con los objetos. Quizá lo que termine haciendo sea poniéndole play a alguna canción de Drexler, si es que hay algo a que ponerle play en unos treinta años, y a partir de ahí contar una historia sobre Chile, sobre un viaje que no fue, o sobre una que otra cosa que tenía que admitir después de algunas tardes de café, y después de ello y con seguridad, espero darle un sorbo a un té de jazmín recién hecho.

Ver ese documental me hizo imaginar e ir de ida y vuelta. Recordé las tardes de café al terminar la universidad y donde las cuatro de las que formaba parte nos juntábamos a beber café barato y compartir un postre para contar nuestras historias, los desamores, los planes y para acomodarnos un poquito. Pero también me permitió ver hacia el futuro, con todo lo incierto y pandémico que se mira desde aquí y desde ahora. Vi que no somos más esas cuatro, que las dos que no nos soltamos seguimos recreando el mundo en nuestros cuartos propios que abrimos cada que la distancia se acorta y que quizá en un futuro seamos más, seamos otras, cantemos otras canciones, y abramos nuestras reuniones con otras oraciones.

Sin duda todas necesitamos ese cuarto propio, ese espacio para deshacernos y rearmarnos en el gozo o desde la tristeza, pero también necesitamos ese espejo o ese caleidoscopio que nos da la otredad. Al final se trata de eso, de un ejercicio de crear y recrearnos a través de lo que somos y de cómo somos mirados por el otro o la otra. Y a veces esa mirada nos devuelve hasta nuestros secretos, a veces es la dulzura que necesitamos, y con frecuencia puede ser también una opinión que no nos falta.

El caso es que para muchos la amistad es un tipo de lazo que nos sostiene, que nos acuna, que nos destruye. A través de las vivencias compartidas nos hacemos historia. Como bien decía Andy Hernández (quien también me hizo pensar en estos temas a partir de su columna “Amistad(es)”) la amistad tiene que ser deseada y elegida, y los momentos vividos, aún cuando las amistades cambien, “quedan como son”. Y les comparto acá un fragmento de una de las despedidas más hermosas que haya escuchado, leído o visto hasta hoy. Para quienes hemos perdido a un amigo o amiga o para quienes nos hemos convertido en esos amigos que ya no lo son más:

Mencionenme como siempre, hablen de mi como siempre y no de forma diferente. No se pongan tristes ni solemnes, ríanse de las cosas que siempre nos hicieron reir. ¿Acaso voy a desaparecer de tu vida porque no me ves?

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La Hilandera
Rosario Ramírez Morales Antropóloga conversa. Leo, aprendo y escribo sobre prácticas espirituales y religiosas, feminismo y corporalidad.

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