Los lazos que se tejen

Escribiéndonos Resistimos

Por Beatriz G. Valdez Valencia

Han pasado poco más de dos semanas desde que se llevó a cabo el #8M tanto en la Zona Metropolitana de Guadalajara como en México —y en otros países. Debido a lo anterior, y en un ejercicio de reflexión e introspección, es importante resaltar que no solo asistieron alrededor de 15 mil personas a la marcha en Guadalajara y más de 75 mil en la Ciudad de México, según datos de Protección Civil de ambos lugares, sino todo lo que implicó social y anímicamente en este momento, no solo para las mujeres.

Si bien en este año, dadas todavía las condiciones de salud, la asistencia a la marcha no fue como la monumental de 2019, es cierto que se sigue luchando no sólo por visibilizar las violencias que se viven en cuestión de género, sino que también se busca dar voz a más y más mujeres en aspectos y sentidos en los que aún siguen siendo silenciadas. En cada marcha, es notorio encontrar una mayor cantidad de niñas y mujeres mayores exigiendo tanto el respeto a sus derechos como la reparación del daño.

Es un clamor colectivo y es imposible no escuchar la exigencia de justicia no sólo de los familiares, sino de las víctimas. No, no se trata de estratagemas publicitarias, sino de una búsqueda por reparar lo que se arrebató, la paz y la tranquilidad de las mujeres que todos los días vivimos con el miedo, además de la incertidumbre de que pasen o vuelvan a pasar esas violencias que hieren hasta lo más hondo.

Lo cierto es que, también, justo a partir del dolor colectivo se tejen lazos de sororidad, que ojalá no hubieran tenido que abrirse en esas circunstancias; sin embargo, la empatía y el acompañamiento posibilitan el cuidado que se da entre muchas mujeres que se colocan y acuerpan a quienes aún no pueden articular aquello que vivieron o viven.

Aunque es cierto que aún faltan muchas aristas por llenar en la lucha por la justicia y la erradicación de las violencias hacia las mujeres, también es cierto que cada vez son más las voces que se alzan, que gritan, que no callan. Cada vez son más las voces que acompañan y cada vez son más las voces que claman “hermana, no estás sola”. Gritos tan estruendosos que ya no van a silenciarse, que no piden permiso, que no esperan. Gritos que están tirando por todo aquello que se les arrebató.

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