Gabriela Wiener: la piel de la resistencia anticolonialista y antirracista

#AlianzaDeMedios

Huaco retrato es un libro de demolición del patriarca familiar, de desmontaje de esa historia impuesta, siempre masculina, blanca, heterosexual, que por consiguiente ha dejado un vacío en el otro lado. El lado de la matriarca está borrado. “Durante toda mi infancia, mi adolescencia, de quien se hablaba y se habló siempre fue de él

Texto: Irma Gallo / Pie de Página

Fotos: María Ruiz

CIUDAD DE MÉXICO.- Huaco retrato, el libro más reciente de Gabriela Wiener (Lima, 1975), es el relato de la reconstrucción de la identidad de la protagonista (que se llama como la autora y también es periodista y escritora) a partir de la investigación de la vida de su tatarabuelo, Charles Wiener, quien saqueó piezas arqueológicas de Perú y junto con un niño al que secuestró, las llevó a exhibir a Europa. Es la necesidad de entender por qué su familia siempre negó la herencia mestiza de la tatarabuela, haciéndose nombrar sólo por el apellido Wiener, como si la otra rama fuera una vergüenza. Pero también, Huaco retrato es el intento de la protagonista-autora de hurgar en por qué la han lastimado tanto a causa de su identidad chola, por su piel oscura, y por qué ella misma ha reproducido los estereotipos impuestos por el colonialismo racista en sus búsquedas de parejas sexuales.

Gabriela Wiener es lo que se podría calificar como una mujer exitosa; está siempre ocupada: va de feria en feria a presentar Huaco retrato, y de foro en foro a actuar sus obras de teatro y performances. Pero además, es la madre de dos niñes, la esposa de un hombre y de una mujer, la periodista que colabora en medios de distintos países, la narradora que escribe ficción, la dramaturga y performancera, y una activista incansable en aquellos temas que más le duelen: la violencia de género, por supuesto, pero también el racismo, la xenofobia, el colonialismo.

Dadas sus múltiples ocupaciones, esta entrevista para Pie de Página comenzó por medio de mensajes de WhatsApp, a principios de enero de este 2022.

¿Situarías Huaco Retrato como una novela de autoficción? ¿Estás de acuerdo con que existe ese género?

— No propiamente o no exclusivamente, creo que Huaco juega con los géneros, intenta divertirse con ellos, hace todo lo posible por no encajar en ninguno o por atravesarlos todos, por degenerarse. Y eso va muy bien con lo de descolonizarse, que es uno de los propósitos de la protagonista. Yo quería que la forma del libro fuera expresión y reflejo de su fondo. También en el sentido de lo que se entiende por construir un libro, por cuestionar lo que hemos entendido estructuralmente como géneros y mandatos literarios. Así que por momentos parece encajar como memoria familiar, otras como literatura de duelo, otras como ensayo, otras como autoficción, pero se escurre de todas ellas.

¿Vivir en carne propia la discriminación racial en España te hizo tomar la decisión de escribir Huaco retrato?

—La historia de Charles Wiener, el viajero europeo explotador, necesitaba conectar con algo más personal y encarnado y contemporáneo. Así que vivir el racismo en Perú y en España me permitió tomar la decisión narrativa de trabajar con cierta experiencia vivida y trazar esa línea del pasado al presente para construir las historias paralelas y cruzadas de Charles y la protagonista.

—¿La mirada colonial con la que hemos crecido en América Latina ha determinado también a quién amamos y por cuáles cuerpos nos sentimos atraídos?

—Yo creo en esa tesis. Así como la violencia de género ha condicionado la vida de muchas y se ha ido transmitiendo de generación en generación, la violencia racista también. Y nuestras realidades, incluso las más íntimas, son la consecuencia de una historia colonial que es la historia del poder y los poderosos. Hay un mandato heredado de esa violencia fundacional que dividió el mundo en castas y que hoy sigue determinando qué es lo bello, lo deseable, lo que merece amor y oportunidades. Y qué es «lo otro». Tan intensa y dañina ha sido esa mirada de fuera y de arriba a abajo que acabamos por mirarnos así entre nosotras y a nosotras mismas. Subproducto de esas relaciones de poder es por ejemplo el racismo internalizado, que sigamos hablando de blanquearnos o mejorar la raza por aspirar a un lugar seguro sin discriminación.

Intento imaginar a la niña Gabriela Wiener, acosada en la escuela por el color de su piel y sus rasgos. Su cara de huaco retrato, como dice ella misma. No estoy inventando nada; ella lo narró en la mesa que compartió con Robert Juan Cantavella y Guadalupe Nettel en la Fiesta del Libro y la Rosa, y luego me lo volvió a contar en esta entrevista, cuando la continuamos en persona, en una casa en San Ángel, en la Ciudad de México:

“Estaba en un foro sobre lo anticolonial y el racismo, con el tema de la Comisión de la Verdad, que era la que lo había organizado en FILBO (Feria Internacional del Libro de Bogotá), y estaba hablando de eso, de la discriminación que yo y tantas niñas peruanas, cholas, sufrimos en nuestros colegios, y desde compañeros que no son ni siquiera blancos, sino que son casi como nosotros. Ya sabes que, aquí en México también, cada gotita más marrón de tu piel te hunde cada vez más en el escalafón de la respetabilidad. Y hablaba de eso, del acoso infantil, cuando te llaman “cara de huaco” por ejemplo, y te cholean sin parar, como se dice en Perú. Y de repente cuando estaba firmando libros aparece un chico, le pregunto su nombre y me dice el nombre de mi bully del colegio, de la primaria. Y lo miro, y era él. Y nos abrazamos muy fuerte; él se puso a llorar. Me pidió perdón; me dijo que me había tenido en su cabeza tantas veces. Y yo también necesitaba sus palabras. Fue un día muy importante para mí y tiene mucho que ver con mi libro, con Huaco retrato, y lo considero también como un cierre de ciclo”.

Irma Gallo y Gabriela Wiener, durante la entrevista en la Ciudad de México. Foro: María Ruíz

Hoy en día Gabriela, la mujer adulta, trabaja todavía por deconstruirse. Por dejar atrás (y luchar en contra de) esos parámetros racistas impuestos por el heteropatriarcado blanco y colonial, que están tan introyectados en muches de nosotres, y que aún sin hacerlo consciente, seguimos reproduciendo. Sobre todo cuando se trata de juzgarnos a nosotres mismes:

“Esta cuestión de la identidad, tan quebrada, dañada. Esos espejos rotos que llevamos encima, tienen que ver con violencias duras contra nuestros cuerpos. Eso es algo con lo que vamos a convivir siempre; nuestra subjetividad, nuestra auto percepción, se forma en esos años de vulnerabilidad, de inocencia, y quedan marcados. Como cuando abusan de ti cuando eres una niña, una joven: siempre tus relaciones van a estar afectadas por eso. Hay muchas mujeres contándose sus testimonios de violencia y eso cambia algo en ellas y ha hecho también un movimiento en el mundo, pero sabes perfectamente que esas heridas quedan y que se sigue lidiando con eso todo el tiempo. Entonces, yo creo que toda la literatura, convertirme en escritora, hacer Huaco retrato, tiene que ver con sanar eso. Pero hay algo triste ahí también; es como todo lo que hay que hacer para tener la mirada que tanto buscaste, la mirada que te reconoce, que te valora. Mi libro habla de esa contradicción. No cura, no sé si es terapéutico en sí, pero sí que promueve el encuentro, sí que busca comunidad en estos sentimientos, y que la gente que venga me abrace y me diga que eso les ha removido, que es la historia de sus vidas, que están en esas búsquedas porque han leído Huaco retrato”.

Le pregunto entonces por su tatarabuela, la mestiza, aquella que su familia se empeñó en borrar para regodearse en el apellido Wiener del tatarabuelo.

¿Huaco retrato es una suerte de reivindicación de ella?

—Sí, en parte sí. Desde luego es un libro de demolición del patriarca familiar, de desmontaje de esa historia impuesta, siempre masculina, blanca, heterosexual, que por consiguiente ha dejado un vacío en el otro lado. Claramente del lado de la matriarca, está borrada. Me di cuenta de eso porque durante toda mi infancia, mi adolescencia, de quien se hablaba y se habló siempre fue de él. Y suele pasar que un familiar con este perfil ilustrado eclipsa completamente otros perfiles, como el de ella. Desentierro su memoria, pero no solamente la de María, sino también la de otras mujeres que aparecen en el libro, como las abuelas, como la madre, y también les niñes. Son como presencias fantasmales recuperadas de alguna manera.

En la edición del poderoso grupo editorial Penguin Random House, Huaco retrato se ha vendido en casi toda América Latina y en España. Además, la editorial boliviana independiente Dum Dum editora, que fundaron los escritores Liliana Colanzi y Edmundo Paz Soldán, acaba de publicar su propia edición. Le comento a Gabriela Wiener que el tema del racismo y la xenofobia parecería estar en boga en la literatura latinoamericana: la escritora mexicana avecindada en Madrid, Brenda Navarro, acaba de publicar Ceniza en la boca, novela en la que explora este tema a través de la ficción realista, si cabe la etiqueta. Lo mismo sucede con María Fernanda Ampuero, ecuatoriana también emigrada a España y su libro de cuentos fantásticos de terror Sacrificios humanos.

¿Crees que la mirada decolonial está ganando poco a poco terreno en el mundo?

—Ojalá que ya haya salido de las aulas universitarias, de lo académico. Quizá como reflexión teórica, que es muy importante también porque esto genera acción en muchos casos —no quiero que se perciba como animadversión, todo lo contrario—, pero es que es triste que a veces esto no esté accionando en la realidad, mientras estamos instalados sólo en el discurso. Los discursos anticoloniales están hace décadas estudiándose, trabajándose, su influjo sale también de algunos libros, pero no ocupaban ninguna centralidad tampoco. Entonces, que menciones a escritoras referentes como Brenda, que está abordando ese tema, es sin duda una buenísima noticia. Porque si hay algo que señalar en este mundo y que seguir cuestionando es su racismo, es el supremacismo, son todos los rezagos coloniales que todavía nos atraviesan. En el caso de María Fernanda, que escribe de manera muy visceral, claramente su literatura dialoga con las realidades más salvajes y traumáticas de nuestros continentes. Ella como yo sufrimos y compartimos la identidad fronteriza, de estar en la diáspora y desde esos lugares de experiencias emocionales; también eso genera escritura, ya sea de ficción, de no ficción, o la hibridez, que es Huaco retrato. Siempre aparece ahí. De alguna manera siempre están nuestros monstruos ahí. Creo que la literatura que se hace ahora, la que hacen sobre todo las escritoras, es una literatura que tiene un trasfondo social, y cuestionadora políticamente.

Tenemos que terminar la entrevista porque a Gabriela Wiener la espera otra, de una radio colombiana. Mientras María Ruiz la fotografía, compruebo que posa como una mujer segura de la enorme fuerza que proyecta. Y pienso que me encantaría mostrársela a la niña pequeña que fue.

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Este texto se publicó originalmente en Pie de Página en razón de la #AlianzaDeMedios de la Red de Periodistas de A Pie:

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