Palmas y glorietas

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

En Ciudad de México se secó una palma. Bueno, allá en la capital así le decían, palma, a una palmera que estaba en el centro de una glorieta en pleno paseo de la Reforma, una de las avenidas más emblemáticas de la capital.

El árbol en la glorieta de la avenida era tan famoso que esa coordenada es conocida como la glorieta De la Palma. No es para menos: la palmera tenía más de cien años. Estaba ahí cuando muchos ni siquiera habían nacido y murió a causa de un hongo que terminó por secarla. Para los capitalinos fue una noticia muy triste. Tan triste que el gobierno de la ciudad organizó una verbena dominical para homenajear a la palmera, que incluyó, claro que sí, “un minuto de palmas para la palma”.

Como una glorieta debe tener algo en el centro, inmediatamente las autoridades encabezadas por Claudia Sheinbaum tomaron cartas en el asunto: decidieron consultar a la ciudadanía sobre qué especie podría ocupar el lugar de la palmera en la glorieta De la Palma. En un tuit, la titular del gobierno capitalino informó que la ciudadanía podría escoger entre “una jacaranda, ceiba, fresno, ahuehuete, grevilia o alguna otra especie”. Además, remataba el tuit, también habría de elegir “el nombre de la glorieta”. Y es que, vamos, iba a ser muy extraño que se siguiera llamando glorieta De la Palma si en medio tenía un ahuehuete, que resultó ser la especie elegida, luego de la ciudadana votación, para sustituir a la palma-palmera.

Hasta ahí todo era felicidad para la señora Sheinbaum, que gobierna una ciudad tan aburrida que el tema de una palma seca se volvió una prioridad que había que atender de inmediato. Vamos, no es como que el año pasado se le haya caído un tramo de la línea 12 del metro o algo que pueda siquiera insinuarse como más importante que atender el tema de la glorieta y su palmahuehuete.

Pero llegó el domingo 8 de mayo. Ese día, colectivos de familiares que buscan a sus desaparecidos se dieron cita en la glorieta para apropiársela. Decidieron que la memoria era más importante que una palma seca o un ahuehuete y colocaron fotos de sus seres queridos. Y le cambiaron el nombre a la glorieta: la renombraron como Glorieta de las y los Desaparecidos.

Y entonces pasó lo impensable: un día después, el lunes 9 de mayo, las lonas y fotografías que las familias colocaron a manera de antimonumento habían desaparecido. Fueron retiradas por orden del gobierno capitalino. Al ser cuestionada al respecto, Claudia Sheinbaum declaró que se habían retirado las cosas porque “ya votó la ciudadanía”, como si “la ciudadanía” —y aquí supongo que para Sheinbaum ese ente es como “el pueblo” que tanto menciona su padrino político, Andrés Manuel López Obrador, para respaldar sus caprichos— hubiera tenido entre las opciones una que les permitiera dedicar la glorieta a las y los desaparecidos. En el colmo de la aberración, Sheinbaum remató: “No puede ser que un grupo de personas esté por encima de la votación de la gente”. Vaya manera tan miserable que tienen los políticos de hoy, sean de izquierda o de derecha, para cuadrar la voluntad de “la gente” a su conveniencia.

No conforme con la muestra de insensibilidad y para superar todavía más su torpe declaración, la jefa de gobierno fue más lejos: mandó colocar vallas en la glorieta para que las familias no fueran a cometer la osadía de apropiársela de nuevo.

La actitud de Claudia Sheinbaum frente a la acción de las familias es, me parece, una muestra de la actitud que, en general, tiene la sociedad frente al tema de las desapariciones en el país. A casi nadie, fuera de las familias afectadas, parece escandalizarle los casi 100 mil desaparecidos de los que hay registro en México. Pareciera que para muchos el problema sigue pasando en otro lugar, lejos, y que nunca los va a tocar —la investigadora Rossana Reguillo llama a este razonamiento “dispositivo de lejanía”— y muchos todavía se consuelan pensando que las y los desaparecidos “seguramente en algo andaban y, como yo no ando en eso, no me va a pasar”, argumento falaz alimentado una y otra vez por los ministerios públicos y reforzado por la impunidad rampante que cobija a las desapariciones.

En Jalisco las desapariciones son un problema que no deja de proyectar su dolorosa sombra sobre las cuentas alegres y maquilladas de Enrique Alfaro en materia de seguridad. En la capital del estado hubo una vez una glorieta dedicada a los Niños Héroes, esos figurines nacidos en la febril imaginación nacionalista, pero desde hace años ya es conocida como la Glorieta de las y los Desaparecidos. Las familias se la apropiaron, la intervinieron, le hicieron un jardín y poco a poco han ido cambiando las lonas y los carteles por losetas con los rostros de sus seres queridos.

Para Claudia Sheinbaum debería ser una vergüenza que sujetos como Aristóteles Sandoval y Enrique Alfaro, gobernador y alcalde, respectivamente, en los tiempos en que las familias se apropiaron del espacio luego de la desaparición de tres estudiantes de cine, hayan mostrado más sensibilidad para respetar la iniciativa ciudadana que decidió poner un recordatorio de la tragedia en un punto neurálgico de la ciudad. Comparado con la insensibilidad exhibida por la morenista, la pareja de pelmazos pudieran hasta pasar por demócratas, si no fuera porque su inoperancia y su falta de atención han contribuido a que la desaparición siga siendo un flagelo que no deja de azotar a las y los jaliscienses.

Mientras redacto estas líneas me topo con un comunicado de las familias de las y los desaparecidos que piden un diálogo público con Claudia Sheinbaum. Quieren poner sobre la mesa su propuesta de renombrar la glorieta y, sobre todo, exigen que les regresen las fotos de sus seres queridos, esas que la gente del gobierno de Ciudad de México se robó. Además, ofrecen una garantía: puede plantarse el ahuehuete que será, dice el comunicado, “un digno guardián de las fotografías de nuestros desaparecidos y nuestras desaparecidas”.

En un país con un índice de más del 90 de impunidad, las familias de las y los desaparecidos no buscan, en primera instancia, culpables. Lo único que quieren es tener a sus seres queridos de vuelta. Y que, en tanto esto no ocurra, su memoria permanezca viva. Es lo menos que les deben ofrecer los gobiernos hasta que no puedan poner un alto a la tragedia.

Lo menos que podemos hacer el resto es no dejarles solos y exigir que se renombren cuantas glorietas sean necesarias para que la memoria se imponga por encima de palmas, ahuhuetes y gobernantes obtusos.

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La calle del Turco
La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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